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“CONÓCETE, ACÉPTATE, SUPÉRATE”

Aunque parezca mentira, esto no es un discurso de psicología positiva reciente, o el típico mensaje de autoestima de un coach de hoy en día, sino una máxima de San Agustín, que sigue vigente hoy.

Pareciera increíble pensar que alguien pudiera no conocerse, “si todo el tiempo estoy conmigo mismo”, sin embargo esta es una situación muy común. El no conocernos hace que nos perdamos de la verdad y de la realidad, es decir, percibimos lo que nos rodea de manera equivocada y no como realmente es.

Decía Alejandro Magno que “Conocerse a uno mismo es la tarea más difícil porque pone en juego directamente nuestra racionalidad, pero también nuestros miedos y pasiones. Si uno consigue conocerse a fondo a sí mismo, sabrá comprender a los demás y la realidad que lo rodea”.

Muchos problemas de nuestra vida cotidiana es que confundimos la percepción con la realidad: “es que yo entendí esto”, sin embargo muchas veces la realidad no es lo que nosotros entendemos, sino un reflejo de muchas cosas que tenemos en el interior (heridas, miedos, experiencias, expectativas) que no conocemos.

Aquí es donde viene la segunda parte, la importancia de aceptar: nuestra historia, nuestro proceso.

Para un individuo que se acepte a sí mismo no representará ningún problema relacionarse con las demás personas y mostrarse tal y como es, sin temor o miedo a no ser aceptado. Por el contrario, la persona que no goza de una aceptación hacia sí mismo tendrá serios problemas al momento de entablar relaciones con sus semejantes. Muy probablemente se encierre en sí mismo y vea como negativo lo que hacen los demás. Si no se es capaz de aceptar el proceso personal, menos se comprenderá y aceptara los procesos de los demás. 

Finalmente al hablar de la superación, pudiera abarcar muchos y diversos ámbitos: económico, personal, profesional, etc. Sin embargo, como cristianos, la superación “personal”, siempre incluye a los demás. Me supero yo, pero sin olvidarme de mi prójimo, de mi hermano. La superación no es para cumplir con los estándares del mundo de hoy, sino para lograr asemejarnos más a Cristo, en sus actitudes, en sus intenciones, en su santidad.

Como Iglesia, debemos también de luchar por conocernos mejor, profundizar en el mensaje del Evangelio, aceptarnos en nuestros diferentes carismas, procesos y formas de ser; superarnos y ser mejores en la forma en que vivimos la misericordia, la caridad y trabajar con creatividad en lo pastoral.

Como Iglesia de Monterrey, tenemos mucho que conocernos, aceptarnos y superarnos, y gracias al Espíritu Santo, nos está motivando e inspirando a lograrlo. Es una invitación personal y comunitaria que Dios no hace hoy.

Por Juan Pablo Vázquez Rodríguez

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Lic. En Comunicación y Desarrollo Organizacional Maestro en Métodos Alternos en Solución de Conflictos.

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