Santidad

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Por Pbro. Dr. Juan Pedro Alanís M.

La devoción a los santos es uno de los rasgos que configura la espiritualidad cristiana. El creyente los invoca en la oración y piensa en ellos cuando contempla el arte religioso en los templos. Es un deleite ir descifrando los elementos simbólicos con los que se adorna a los héroes de la fe: la aureola, la palma, el color de la túnica, el objeto que representa la virtud que vivió el santo o la santa o los instrumentos con los cuales fue martirizado(a). A quien esté familiarizado con esta iconografía quizá le llame la atención las imágenes que se pueden ver en internet del más reciente beato de la iglesia: un joven con una playera, su mochila de excursión y lentes de sol. Su nombre es Carlo Acutis, un adolescente italiano que murió a los 15 años de edad.

El caso de Carlo nos puede ayudar a reflexionar cuál es el concepto que tenemos de la santidad. Ser santo no tiene nada que ver con la forma de vestirse ni con la forma de hablar; sino en la profundidad de la amistad con Jesús y con practicar la virtud en grado heroico; en el caso del joven italiano, con el ferviente amor a la eucaristía. En las fotografías Acutis no aparece con aureola pero sí revelan algo acerca de su santidad: siempre se le ve sonriente.

El Papa Francisco ha destacado que experimentar la alegría y el deseo de compartirla con los demás es un signo de santidad. Ha escrito una exhortación apostólica llamada Gaudete et Exsultate; que es la traducción al latín de un mandato de Jesús: «Alégrense y regocíjense» (Mt 5, 12). El Papa explica que el contexto de este mandato son las bienaventuranzas. El motivo de alegría para el cristiano –y el camino hacia la santidad– consiste en cosas que parecen extrañas a nuestro mundo: ser pobre de espíritu, llorar, ser humilde, tener hambre y sed de justicia, ser misericordioso, ser limpio de corazón, trabajar por la paz y ser perseguido a causa de la justicia (Mt 5, 3-12).

A diferencia de los santos de la antigüedad, los nuevos siervos de Cristo pueden utilizar el internet y las redes sociales; sin embargo, es importante subrayar que las virtudes siempre son las mismas, al igual que los peligros a los que deben enfrentarse. En Gaudete et Exsultate, el santo Padre nos ha advertido de cuidarnos de un nuevo gnosticismo, es decir, creer que el santo es aquel que desprecia todo lo material. Ciertamente, no debemos ser esclavos de los bienes materiales, pero esto no significa que sean malos. Dios creó este mundo físico y a través de las cosas podemos servirle; por ejemplo, viviendo las obras de misericordia corporales. Otro peligro que advierte el Papa Francisco es un nuevo pelagianismo, es decir, seguir la actitud de Pelagio, hereje que pensaba que se puede ser santo con sus propias fuerzas sin la ayuda de Dios. En esta línea, nos puede ubicar muy bien una idea atribuída a san Ignacio de Loyola: «Haz las cosas como si todo dependiera de ti y confía en Dios como si todo dependiera de él».

Todos los cristianos estamos llamados a ser santos (1 Pe 1,16; Lc 1, 74-75; Ef 4, 24), es decir, estamos invitados a vivir la alegría que brota de nuestra humildad, pobreza de espíritu, misericordia o nuestro trabajo por implantar la justicia.

Gracias por leer esta reflexión.

Pbro. Dr. Juan Pedro Alanís M.

Director Espiritual Seminario ArquiMty – Casa Allende


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