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Algunas investigaciones sostienen que, si una persona duerme entre 6 u 8 horas al día, dormirá, en promedio, un total de 25 años durante toda su vida.  De este cuarto de siglo, cuatro años representan proporcionalmente la suma del tiempo que una persona pasa soñando.

Efectivamente, todos soñamos, todos los días, aunque no soñamos todo el tiempo que dormimos y no siempre recordamos lo que soñamos. Aunque cuando dormimos, el centro lógico de nuestro cerebro no funciona, sin embargo, éste sigue trabajando y envía a la médula espinal una serie de señales que inhiben nuestros movimientos y, manteniéndonos en reposo, permite así, la fantástica aventura de los sueños.

Soñar resulta ciertamente una aventura porque, paradójicamente, en este espacio de tiempo las representaciones oníricas no tienen tiempo, ni lógica y, sin embargo, no por ello carecen de significado. De hecho, el significado de lo que soñamos suele siempre intrigarnos.

Descifrar el significado de los sueños ha sido un intento, no solo de las artes adivinatorias, sino incluso de la psicología y recientemente, también de los estudios neurocientíficos.

El inconsciente está conformado por imágenes, percibidas durante la vigilia y asociadas a profundos deseos y arraigados temores que condicionan nuestra cotidiana conducta. Soñar es, pues, un trabajo mental, dedicado a superar nuestros miedos, en el intento de lograr lo que deseamos. Se trata de un ensayo simbólico de la lucha entre lo que deseamos, pero no debemos o no podemos hacer.

Por eso, no extraña que “soñar” sea también un verbo usado para expresar nuestros anhelos; es una manera de imaginar, como real, lo que parece imposible de lograr. En este sentido, algunos famosos personajes han hablado de sus sueños; basta recordar, por ejemplo, uno de los más célebres discursos del siglo XX, titulado “Yo tengo un sueño” de M. Luther King. También, el papa Francisco suele hablar frecuentemente de “sus sueños”. “Sueño con una opción misionera”, ha dicho en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium (n. 27).

Recientemente, en su Carta apostólica, titulada “Patris Corde” (Con corazón de Padre), el Papa nos habla de los cuatro sueños de san José y, sobre todo, de su relevante papel en la historia de nuestra salvación, pues él custodió, desde su nacimiento, la vida de nuestro redentor. Con esta breve carta de apenas 7 numerales, el santo Padre recuerda que hace 150 años, en 1870, el papa Pío IX declaró a san José como patrono de la Iglesia católica.

Esta bellísima Carta tiene un estilo ameno, fluido y, en general, atractivo, pero además tiene un peculiar tono personal y actual, pues el papa la escribe, teniendo en cuenta el presente contexto de la pandemia por el COVID-19 y dedica sus reflexiones sobre la figura de san José, a todos los que, como el padre de Jesús, han ofrecido discretamente su vida, para salvar la vida de otros:

«Mi deseo de compartir algunas reflexiones sobre esta figura extraordinaria [san José], tan cercana a nuestra condición humana, ha crecido durante estos meses de pandemia en los que podemos experimentar, en medio de la crisis que nos está golpeando, que “nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos, pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. […] Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración.” Todos pueden encontrar en san José —el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad. San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en “segunda línea” tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación.»

Y muy a propósito de esta emergencia sanitaria, el vocabulario del sueño reaparece en las conversaciones que el Papa sostuvo con Austen Ivereigh y que han sido publicadas como libro, bajo el título de “Soñemos juntos”. En este texto, Francisco afirma que de una crisis nunca se puede salir igual, pues se sale peor o mejor, pero jamás como antes. Cita, luego al poeta alemán Friedrich Hölderlin quien sugestivamente dice, en su “Himno de Patmos”, que «Donde hay peligro crece también lo que nos salva.»

Cuando el peligro de muerte amenazó la vida de Cristo, san José soñó la salvación que Dios sueña para nosotros. En sus sueños, san José resolvió desafiar al poderoso Herodes y a su hijo Arquelao; su mente se abrió a la sugestión divina de no rehuir, por miedo, a su crisis y se decidió a salvar la honra de su mujer, aceptando a Jesús como su hijo y a formar con María un hogar digno (Mt.1,20); soñó también con garantizarles su seguridad (Mt. 1, 13), además de darles una patria (Mt. 1,19) y un futuro (Mt. 1, 22).

Dios nos conceda, por intercesión de san José, a quien veneramos este 19 de marzo que, liberados del miedo egoísta, “soñemos juntos” todo mortal peligro, como una providencial oportunidad para convertir nuestro tiempo en historia de salvación.

Famoso o no, recuerda que tienes, en promedio, 4 años de sueño, pero tienes también, por inspiración de Dios, cuatro sueños que, con su ayuda, puedes hacer realidad para que todos vivamos con mayor dignidad.


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