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¿HACER “SABROSA” LA VIDA EN MEDIO DE LA INSEGURIDAD?

Por Pbro. Jesús Treviño

¿Hacer “sabrosa” la vida en medio de violencia, delincuencia e inseguridad?

Hace poco, el texto del Evangelio de Mateo (Mt. 5,13 ) en el que Cristo manifestaba, como parte del sermón de la montaña, que estamos llamados a ser “sal de la tierra”, llamó de manera especial mi atención, ya que me ayudó a entender que nuestra misión se equipara a la acción de aderezar y preservar un alimento, es decir, se trata de hacer “sabrosa” y “duradera” la vida en Cristo, aún en condiciones adversas.

Ante la realidad que se vive en nuestros días, el alza de actos delictivos y violentos; que lejos de dar sabor, amargan y corrompen; todos los ciudadanos sufrimos, nos llenamos de indignación y dolor, entramos en una dinámica de crisis y desesperanza. Sin duda son tiempos difíciles para hablar de “dar sabor” a la sociedad en que vivimos, aunado a esto, la gran cantidad de información que encontramos en las redes sociales aumentan el nivel de estrés; ya que de alguna manera quedamos con la sensación de no saber la verdad de la situación, escuchamos una gran cantidad de opiniones, pero con ¿cuál nos quedamos?, ¿cuál es la verdad?, ¿qué actitud debemos asumir?

El Evangelio sigue siendo como una roca firme sobre la cual estamos a salvo, nos proporciona seguridad y consistencia. Así, a partir del sermón de la montaña y de sabernos llamados a ser “sal de la tierra”, quisiera compartir algunas ideas que nos pueden ayudar a ver la situación actual como una oportunidad para ser propositivos y vivir nuestra Fe.

Esta ola de violencia y delincuencia es un síntoma que nos obliga a pensar que algo no está funcionando bien en nuestro sistema social. El tomar distancia de Dios y del fundamento moral de nuestras decisiones, provocaría un desastre social sin precedentes, así lo manifestaban ya los pontífices del siglo pasado.

Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que la Iglesia, desde el pontificado de Benedicto XV y hasta nuestros días, se ha mantenido en constante vigilancia en torno a la promoción de la paz.

Esta promoción ha ido evolucionando, subrayando, en un principio, con Benedicto XV, la labor diplomática que la Iglesia debía realizar en la política internacional, utilizando argumentos más canónicos y teológicos para afirmar su naturaleza como promotora de la unidad y del orden[1]. Después, la propuesta del papa Pío XI, de promover “la Paz de Cristo en el Reino de Cristo[2] buscaba hacer frente a un mundo impregnado de movimientos sociales y regímenes totalitarios; a continuación Pío XII, que siguió el pensamiento de su predecesor, convocó a un jubileo por el año santo (1950), y publicó la Encíclica Anni Sacri[3], la cual, ya se dirigía a un mundo de pluralidad de ideas, y hacía un llamado para unirse en oración a fin de que, en él, resplandecieran la verdad y la paz. Finalmente, siendo Papa Juan XXIII, con ocasión de la solemne apertura del Concilio Vaticano II, se proponía un magisterio “predominantemente pastoral”[4], que buscara “ir al encuentro de las necesidades actuales”[5], sin pretender condenar, sino con la intención de dialogar, en medio de un mundo en el que existen diferentes de puntos de vista. Los pontífices herederos del Vaticano II anteriores a Francisco; Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI; han buscado, quizá con mayor o menor intensidad, y tomando en cuenta sus distintos contextos históricos, mantenerse en esta línea del diálogo y la promoción de la paz.

Esta cultura de paz, que ahora promueve el Papa Francisco, en continuidad con sus predecesores, para responder a nuestra realidad, deberá ser, en primer lugar, dialogante; es decir, que observa, siente y escucha, que es sensible a la realidad que tiene en frente, no busca imponer de manera autorreferencial los propios puntos de vista, sino que percibe la complejidad de lo que sucede, abre las puertas para entrar en relación, no es indiferente, ni crea brechas para estar preparados para el “contra ataque”.

 La cultura de paz , en segundo lugar, ha de ser propositiva; se busca proponer y ofrecer algo, nos dice Cristo, ofrecer la “otra mejilla”, “caminar el doble de pasos” (Mt. 5, 38-42). Después de dialogar, estamos llamados a proponer alternativas solidarias, alternativas llenas de justicia, misericordia y verdad. Esta actitud pone en marcha a la persona, no para huir del problema, ni para quedarse con los brazos cruzados, como si no fuera asunto suyo, o criticando desde la comodidad que da el tomar distancia, sino que busca ofrecer alternativas en el entorno cotidiano, aún que esto comprometa la propia comodidad.

En tercer lugar, apostar por la paz implica ser creativo, dicha cultura nos impulsa a crear y construir, sin importar si la construcción será grande o majestuosa, lo importante es que estará fundamentada en Cristo. Se pueden crear cosas pequeñas pero muy eficientes en el restablecimiento de la salud social. Estas construcciones no buscarán un beneficio personal, ya que la violencia echa raíz en el egoísmo de quien solo piensa en su beneficio, más bien deberá ser diseñada para el bien común.

Dialogar con conciencia profunda, atendiendo a los demás, sin imponer nuestras ideas; ofrecer alternativas de concordia con actitud propositiva, que impliquen un compromiso solidario; y crear realidades nuevas, dirigidas al bien común, fundamentadas en Cristo; son tres aspectos sencillos que nos ayudarán a “dar sabor”, y a “preservar” la vida nueva que se nos ha regalado en Cristo.


[1] Cf. Benedicto XV, Carta Encíclica Pacem Dei Munus, 23 mayo 1920 en AAS 12 (1920) 14.

[2] Cf. Pío XI, Carta Encíclica Ubi Arcano Dei, 23 dic. 1922 en AAS 14 (1922) 30-39.

[3] Cf. Pío XII, Carta Encíclica Anni Sacri, 12 marzo 1950, en AAS 42 (1950) 1-10.

[4] Juan XXIII, Discurso Gaudet Mater Ecclesia,11 oct. 1962 en AAS 54 (1962) 786-795.

[5] Idem.

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Lic. En Comunicación y Desarrollo Organizacional Maestro en Métodos Alternos en Solución de Conflictos.

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