Gracias por todo tu amor, por
ampararme, por ofrecerme un amor puro e incondicional. Me acogiste en tus
brazos y me educaste de la mejor manera en que Dios te pudo guiar.
Nunca has buscado ser
protagonista, simplemente buscas seguir y cumplir con el plan de Dios. Tu
fortaleza en cada uno de los problemas y enfermedades me llena de orgullo,
nunca te has rendido.
«Te admiro por el esfuerzo y el empeño que le pones a cada una de las adversidades, te admiro por tu positivismo y por la confianza que tienes de que todo está bien, aún y cuando sólo tú sabes el dolor que sientes».
Y es en medio de tu dolor
cuando te pido perdón, por las veces en las que he querido salir corriendo
porque me siento muy inútil al no poder hacer las cosas como se deben; es mucho
mi dolor, mi frustración por la impotencia de no hacerlo bien. Perdón, pero no
me rindo porque sólo sé que quiero ayudarte, y sé que debo hacerlo.
Quiero que sepas que todo vale
la pena cuando te veo feliz, cuando te veo sonreír… ahí confirmo que mi misión
es verte feliz, y hacer que te sientas lo mejor posible.
Gracias mamá, gracias por tu amor, ese maravilloso amor que solo tú y yo entendemos.