EL PIN PARENTAL

En estos días pasados he estado viendo constantes publicaciones acerca del PIN parental, del debate sobre quién tendrá el derecho a educar a los niños y sobre qué tipo de educación o ideologías se podrían estar colocando en la enseñanza básica; se han presentado diversas posturas, cada una intentando explicar el por qué unos u otros deben tener el derecho a educar.

 

Ante esto, la pregunta que detona mi reflexión es ¿por qué “el derecho a educar” para debatir este tema? La segunda es ¿conviene que sea este el punto de partida para una visión clara de la educación?

 

Podríamos correr el riesgo de estar olvidando que, antes del derecho a educar, existe el derecho a la educación. Son varios los pensadores que en décadas pasadas han reflexionado acerca de este tema. No pretendo enunciar a dichos autores ni sus escritos, sino generar una reflexión que parta de la persona que será educada y no de la búsqueda de intereses de los protagonistas del debate.

 

Existe un derecho a la educación que nace de la persona misma. Es decir, no se trata de que yo papá, yo maestro o tú gobierno tengas el “derecho a educar” sino que el niño tiene derecho a la educación. Tal como el que será adoptado tiene derecho a una familia, y los papás adoptivos se les concede ser los responsables de velar que se cumpla el derecho del niño. Tal como el que ha sido encontrado inocente en un juicio tiene derecho a la libertad, y el celador abrirá la reja para que ejerza su derecho inocente, pero el celador no es el poseedor del “derecho a la libertad”, sino sólo quien abre la reja a quien le corresponde la libertad.

 

La persona (el niño, o el joven) tiene derecho a acceder a la educación, a la ciencia, a la verdad, al conocimiento. Nosotros (papás, docentes, o gobierno) no somos los dueños de nada de esto, como si alguno de nosotros tuviera estos recursos en cajas para distribuirlos y como si el otro no los tuviera; en ese sentido de posesión, tampoco somos los poseedores del derecho a la educación (salvo únicamente porque somos personas y tenemos el mismo derecho a ser educados); nosotros somos los agentes que garantizan que el niño pueda gozar de este derecho que es SUYO. Por otra parte,  estimados papás, maestros y gobierno, educar no es que sea nuestro derecho, es nuestra obligación ante el derecho del otro, que es un humano.

 

Ahora bien, algunos tal vez me dirían: “bueno, lo que estamos debatiendo es sobre quién decide los planes de estudio y sobre lo que dice la Constitución en cuanto a materia de educación” etcétera… a ellos les responderé: primero hay que aclarar los conceptos para todos, porque de fondo debería existir primero una reflexión epistemológica y antropológica que a algunos de nosotros nos ha faltado. De ahí que por eso insisto, ¿estamos partiendo del derecho a educar o del derecho a la educación? Primero respondamos eso. Y si partimos del educando descubriremos que aunque una ley civil incline la balanza hacia el gobierno, los docentes o hacia donde sea, el individuo que será educado tiene derecho a una educación integral, y esto incluye la formación a vivir en la verdad, en la ciencia, en la dignidad de la persona, y podemos seguir la lista si reconocemos que incluye el ser educado como ser humano; eso le corresponde, y nadie se lo debe quitar, y quien lo eduque tiene la obligación de respetar ese derecho.

 

Por último; en mis 15 años de docente he visto muchos papás llorar por las caídas de sus hijos diciendo “no sé en qué me equivoqué como papá al educarlo, en qué momento fallé”. Papá, mamá, quiero decirte que difícilmente alguien más hará lo mismo; la visión de algunas personas o instituciones al hablar de su derecho a educar es pragmática o ideológica, si aciertan o se equivocan en algún momento se irán dejando a nuestros hijos  a su propia suerte si nosotros como papás no los seguimos educando también conforme a su derecho a la verdad.

 

Como papá, yo educaré a mi hija, en todos los temas que necesite para la vida, es mi obligación por ley natural que nadie en este mundo me puede quitar. Tal vez tendré aciertos y errores, pero pase lo que pase, para ella estaré toda mi vida.

 

Claudio Guadalupe Soto Martínez

Docente en el Instituto de la Arquidiócesis de Monterrey


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