Ante cerca de 10 mil jóvenes reunidos en Monterrey para la III Jornada Nacional de la Juventud, el Arzobispo de Monterrey invitó a los participantes a llevar a sus comunidades la experiencia de una Iglesia abierta, acogedora y sin discriminación.
Con un llamado a no cerrar las puertas de la Iglesia y a ensanchar la mesa de Jesús para que nadie quede fuera, el Arzobispo de Monterrey dirigió su mensaje durante la Santa Misa de clausura de la III Jornada Nacional de la Juventud, que reunió a cerca de 10 mil jóvenes provenientes de distintas comunidades y diócesis del país.
Al agradecer la presencia de los jóvenes que durante estos días participaron en esta experiencia de fe, el Arzobispo destacó que la Jornada no debe concluir simplemente con el regreso a casa, sino convertirse en una experiencia que pueda compartirse con otros jóvenes en las comunidades de origen.
“Somos amigos de Jesús, somos sus discípulos, pero también con Él tenemos la misión de llevar la alegría de Dios a todos los hombres y mujeres, de modo especial a los jóvenes”, señaló.
A partir de la Palabra de Dios proclamada en la celebración, el Arzobispo centró su reflexión en la invitación del Señor: “Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos”, subrayando que el deseo de Dios es que todos puedan sentarse a la mesa con Jesús.
“Todos tienen derecho a sentarse a la mesa con Jesús. Nadie puede excluir a nadie”, afirmó.
𝐄𝐧𝐬𝐚𝐧𝐜𝐡𝐚𝐫 𝐥𝐚 𝐦𝐞𝐬𝐚 𝐝𝐞 𝐉𝐞𝐬𝐮́𝐬
Al reflexionar sobre el encuentro de Jesús con la mujer cananea, el Arzobispo explicó que este pasaje del Evangelio muestra cómo una mujer que inicialmente parecía estar fuera de la comunidad termina descubriendo que también ella está llamada a participar del banquete del Señor.
Por ello, planteó a los jóvenes una tarea concreta: ensanchar la mesa y abrir las puertas de la Iglesia para todos.
“Yo podría decir que la misión de ustedes, jóvenes, y de nosotros, los que estamos al servicio de la Iglesia, es ensanchar esa mesa; que a nadie le neguemos el derecho de estar con Jesús”, expresó.
En este sentido, advirtió sobre las distintas formas de discriminación que todavía existen en la sociedad y recordó que también puede presentarse una discriminación espiritual cuando se impide a una persona acercarse a Dios.
El Arzobispo invitó a los jóvenes, religiosas, sacerdotes y obispos a ser quienes presenten al mundo esa puerta abierta que Cristo ha querido para toda la humanidad.
“Nosotros somos simplemente los anfitriones, los que dan el paso, los que acomodan a los hermanos en esta Iglesia, en este salón de fiesta que Cristo ha querido tener para toda la humanidad”, señaló.
“𝐍𝐨 𝐩𝐨𝐧𝐠𝐚𝐧 𝐜𝐨́𝐝𝐢𝐠𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚𝐝𝐚”
De manera especial, pidió a los jóvenes no establecer condiciones que excluyan a otros de sus comunidades.
“Estimados jóvenes, aprendan a no excluir a nadie. Ya no es necesario preguntarnos a quién sí o a quién no vamos a transmitir. En nuestras comunidades juveniles esa pregunta sería totalmente contraria al sueño de Dios”, afirmó.
Subrayó que todos los jóvenes, independientemente de su situación personal o moral, tienen derecho a acercarse a Jesús y a compartir la vida de la Iglesia.
Recordó que el propio Jesús compartió la mesa con publicanos y pecadores y, ante las críticas de los fariseos, enseñó a través de sus parábolas la profundidad de la misericordia de Dios.
“Todos los jóvenes tienen derecho a compartir el banquete de la vida con nosotros. Todos tienen hambre del mismo pan; todos, como ustedes, buscan sentido de la vida”, afirmó.
𝐔𝐧𝐚 𝐈𝐠𝐥𝐞𝐬𝐢𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐚𝐜𝐨𝐠𝐞 𝐜𝐨𝐧 𝐡𝐮𝐦𝐢𝐥𝐝𝐚𝐝
El mensaje también estuvo marcado por una invitación a vivir la fe desde la humildad. Retomando las palabras de san Pablo, el Arzobispo recordó la importancia de mirar al otro como superior a uno mismo y aprender a hacerse pequeños ante Dios y ante los demás.
En la mujer cananea encontró precisamente un ejemplo de esta actitud: ella reconoce que necesita del amor de Dios y se acerca a Jesús desde la humildad, pronunciando una sencilla oración: “Señor, ten compasión de mí” y “Señor, ayúdame”.
Estas expresiones, señaló, forman parte de la oración de la Iglesia y pueden acompañar también el camino espiritual de los jóvenes.
Finalmente, invitó a los participantes a regresar a sus comunidades con la experiencia vivida durante la Jornada y a convertirse en testigos de una Iglesia abierta y acogedora.
“No cierren las puertas de la Iglesia. No pongan códigos de entrada que no deben poner. Todos los jóvenes tienen derecho a compartir el banquete de la vida con nosotros”, insistió.
Al concluir, pidió a los jóvenes llevar consigo esta experiencia de apertura y misericordia, aprendiendo, como la mujer cananea, el camino de la humildad y la confianza en Dios.
“Que Dios los bendiga y regresen a sus comunidades, a sus iglesias, a vivir esta experiencia de gran apertura del Señor y que, como la cananea, hagamos este recorrido de humildad”, concluyó.
