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“POR EL PECADO ENTRÓ LA MUERTE EN EL MUNDO»

(Rom. 5,12)

La muerte es una cosa muy seria; sin duda, la más seria de esta vida, o más seria que ella. Tal vez, por eso, un conocido refrán aconseja «no tomarse la vida tan en serio porque, al final, nadie sale vivo de ella.» A este dicho popular se suma el poético verso del “Credo”, escrito por Ricardo López Méndez y que, refiriéndose a México, sentencia sin rodeos: «Tú hueles a tragedia tierra mía y, sin embargo, ríes demasiado, ¿acaso porque sabes que la risa es la envoltura de un dolor callado?»

En un intento por mitigar el duelo, la cultura mexicana ha hecho a la muerte parte de su colorido folclore. La “calaca”, que personifica el fatal deceso, se ha convertido en la simpática catrina de Guadalupe Posada. Pero también se ha vuelto un dulce de caramelo, pan de azúcar, socorrido tatuaje, maquillaje en la cara, alebrije, figura en papel picado y hasta esa jocosa composición llamada “calaverita”. Con estas costumbres coexisten también las viejas prácticas prehispánicas de pueblos indígenas, quienes antes y después de la liturgia cristiana del 2 de noviembre, honran a los difuntos con solemnes danzas y comidas rituales.

Para la tradición católica, la vida es tan seria como la muerte y ésta no acontece simplemente como su natural desenlace, sino como la penosa consecuencia del pecado; es decir, del rechazo del Creador por parte de su creatura. Según el Génesis, Adán y Eva fueron expulsados del jardín del Edén a causa de su desobediencia. Desde entonces, la muerte se ha propagado en su descendencia. La lista de los difuntos la encabeza Abel que no murió por vejez, ni por enfermedad, sino por la envidia de su hermano Caín. La violencia asesina de Caín se multiplicará en el ilimitado deseo de venganza, cantado por Lámec: «Maté a un hombre por herirme y a un muchacho por golpearme. Porque si Caín es vengado siete veces, Lámec será vengado setenta y siete veces» (Gn.4, 23-24).

Por eso, escribiendo a los romanos, san Pablo no titubea en afirmar que «por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte.» (Rom. 5,12). Y es justo este versículo paulino el que sirvió de fundamento para que, primero, el sínodo de Cartago del 411 y luego, el del 418 condenaran la postura de Celestio, discípulo de Pelagio, para quien «la muerte de Adán y de toda la humanidad es un hecho natural y no consecuencia del pecado.» Esta enseñanza sería ratificada más tarde, en 1546, por el concilio de Trento, en su decreto sobre pecado original: «sea anatema aquel que no confiese que el primer hombre, al transgredir el mandamiento de Dios en el paraíso […] incurrió en la muerte […] y con la muerte en el cautiverio […] del diablo.»

Ciertamente, para Celestio, como para muchos de sus contemporáneos, era absurdo pensar, según la filosofía de su tiempo, que la muerte no fuera un hecho natural, sino por el contrario, como afirmaban los obispos africanos, una consecuencia del pecado. Semejante dificultad se mantiene aún en nuestra época y ya no, precisamente, por razones filosóficas, sino por evidencia científica. ¿Cómo entender entonces la verdad de semejante enseñanza de la Iglesia?

Para responder a la anterior pregunta, hay que considerar que la verdad propuesta por la Iglesia se refiere específicamente a nuestra realidad personal, la cual supone sí, el razonamiento lógico y la dimensión biofísica, pero de ninguna manera se reduce a ambos aspectos.  En este sentido, a la asociación bíblica “Adán-pecado-muerte”, la fe cristiana ha opuesto la tríada “Cristo-gracia-resurrección”. De ahí que, según el mismo san Pablo, el bautismo significa, sepultura y muerte al pecado, a la vez que, resurrección y vida en Jesucristo (Rom. 6, 3-4). Este argumento paulino no resulta de una deducción lógica, sino del testimonio de los discípulos quienes constataron que la muerte de Cristo no fue natural, sino un cruel asesinato, obra de la maldad humana. Pero al atestiguar también la resurrección de su Maestro, conocieron, como verdad, que Dios no sólo es Creador de la vida, sino además el Padre que perdona el pecado y rescata de la muerte porque él «no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes, pues todo lo creó para que subsistiera.» (Sab. 1, 13 -14)

La vida y la muerte son cosas muy serias porque remiten al misterio de nuestra realidad personal. Nada sabemos de nuestro origen ni de nuestro destino final, sólo la fe nos hace confiar en que la vida no es un hecho azaroso ni puramente biológico, sino que tiene sentido porque una voluntad de amor la ha querido. A esta amorosa voluntad de vida se opone la voluntad de pecado, como violento deseo de muerte. La guerra entre Ucrania y Rusia, la crueldad en Tierra santa, la narcoviolencia en México, los desastres del provocado cambio climático, en Guerrero y en otras partes del mundo, nos hacer pensar que, aunque por principio, la muerte sea natural, también es consecuencia de nuestro pecado. Al mismo tiempo, nuestra fe en el Resucitado, en el Dios que no quiere la muerte, sino la vida, nos debe animar a luchar con esperanza para que, algún día, a semejanza del tránsito de santa María, nuestra muerte sea sólo un tránsito hacia una vida más plena.

Rector de la Universidad Pontificia de México

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