VIII CARTA PASTORAL CON MOTIVO DE MIS 25 AÑOS DE OBISPO ¿QUÉ SUEÑO?

Fortalezas en nuestra Iglesia de Monterrey

En este momento quiero compartir con ustedes algunos sueños que tengo, no sin antes destacar algunas de las fortalezas que encuentro en nuestra Iglesia de Monterrey, sin pretender ser exhaustivo ni mucho menos soberbio ni triunfalista. Las comparto como un reconocimiento de la manifestación de los dones del Espíritu Santo inspirando nuestra mirada contemplativa, discernimiento comunitario y pastoral misericordiosa. Creo que hay un gran interés por el amor de Dios y su misericordia, por ayudarnos unos a otros a encontrarnos con Cristo y no con normas o ideologías; hay cada vez más caridad, servicio y testimonios de cercanía con los necesitados y vulnerables, así como esfuerzos por caminar juntos de la mano del Plan de Pastoral Orgánica.

 

Estamos enfocados en nuestra formación cristiana y hemos avanzado estableciendo procesos e itinerarios con equipos grandes y bien integrados de catequesis y liturgia. Por otro lado, vamos descubriendo, valorando y agradeciendo una gran riqueza de dones y carismas en todo el pueblo de Dios, haciendo un esfuerzo en el diálogo, la colaboración y el enriquecimiento mutuo. Antes de la pandemia habíamos crecido mucho en encuentros, misiones y retiros, solidificando otras expresiones de una Iglesia en salida. 

 

Otra gran riqueza de nuestra Iglesia es la participación de los laicos en las tareas eclesiales, entre ellos quiero señalar y reconocer la gran calidad humana y cristiana de todas las mujeres de nuestras comunidades y de los jóvenes que se manifiestan con alegría en las obras evangelizadoras. Tenemos una extendida espiritualidad mariana como alma de la unión en muchas comunidades. Hay interés creciente por la atención a los necesitados y vulnerables, así como por lo social y comunitario, destacando siempre la libertad, creatividad y emprendimiento de la cultura regiomontana. Cáritas de Monterrey es signo elocuente del amor y cuidado de los más pobres. La comunidad da muestras de apoyo a los migrantes y nuestras casas de acogida mantienen vigente el valor evangélico de la hospitalidad.  Espero que mantengamos estas y otras muchas fortalezas que tenemos, pues el cambio al que estamos llamados no empieza desde la nada, sino del amor de Dios y el esfuerzo humano que existen en nosotros mucho antes de esta emergencia sanitaria.

 

Al reconocer lo que hacemos bien, descubrimos el fruto del amor de Dios en la vida de las instancias eclesiales, de las comunidades parroquiales, de los grupos y movimientos diocesanos. Es verdad que siempre estaremos necesitados de actualizarnos y de adquirir nuevos conocimientos, habilidades, actitudes y propuestas, pero desde lo logrado hasta hoy, pues como discípulos misioneros somos llamados a levantar la mirada hacia el corto, mediano y largo plazo, con una fe cierta y una esperanza firme. Tener presentes nuestras fortalezas nos permite soñar.

 

Sueño con una Iglesia diocesana que acepta caminar y sentarse a la mesa con todos, no solo en medio de esta pandemia, sino en los retos y desafíos de cada día y de otras circunstancias extraordinarias. Una Iglesia que no excluye a nadie, ya sea por su atracción afectiva, su raza o su conducta moral, sino que incluye a cualquier persona, en especial a quienes pasan alguna necesidad o viven en las periferias geográficas o existenciales. Una Iglesia que se convierta en un lugar abierto a los heridos, lastimados, descartados y desechados ante las crisis que vivimos y viviremos en lo que respecta a la salud, la pobreza, la economía, el trabajo, la sociedad, la ecología, la política y otros aspectos de la vida.

 

 

Mons. Rogelio Cabrera López 

Arzobispo de Monterrey


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