VIII CARTA PASTORAL CON MOTIVO DE MIS 25 AÑOS DE OBISPO ¿QUÉ SIENTO?

Cuando el 30 de mayo de 1996 fui consagrado obispo en la Ciudad de Tacámbaro, no sentí que cumpliera con la realización de una meta en mi vida, ni con la culminación de un proyecto anhelado por años. Por el contrario, me sorprendió cuando me dieron la noticia de este llamado de Dios. Sigo siendo consciente de mis limitaciones y falta de méritos para una misión de esa naturaleza, y de que los dones que Dios me dio los debo poner al servicio de su Iglesia y de toda la humanidad. Por esto, después del impacto inicial, al momento de la consagración le agradecí a Dios por la gracia de este servicio específico que me encomendó, y le sigo agradeciendo a diario.

 

Soy consciente también del gran don recibido, tanto cuando Dios me llamó a ser su hijo con el bautismo, como cuando me llamó a ser pastor al confiarme el orden sagrado. Ser hijo de Dios, en esta Iglesia a la que he servido como sacerdote durante casi 42 años y como obispo a lo largo de casi 25, es la mayor bendición en mi vida. Me he entregado siempre sin reservas y, aunque seguramente he cometido errores involuntarios, nunca he querido lastimar a nadie. En palabras de San Pablo, soy como una vasija de barro que lleva dentro un tesoro (cfr. 2 Cor 4, 7)

 

Y así, con la certeza del amor y la gracia de Dios, después de haber vivido una experiencia pastoral muy desafiante pero muy satisfactoria en las diócesis de Tapachula y Tuxtla Gutiérrez, hace siete años llegué a Monterrey con la enorme responsabilidad de pastorear esta Arquidiócesis. Dije, y lo repito, que llegaba a un tren pastoral que iba a toda velocidad y que esperaba poder subirme a él. En estos años he constatado la gran vitalidad de ustedes. Cada día me edifica el esfuerzo de todos por vivir en plenitud la entrega cristiana: laicos, personas consagradas, seminaristas, diáconos permanentes, presbíteros y obispos auxiliares. Todos han sido muy buenos conmigo y de gran ayuda para mis tareas pastorales. Por ello tengo una gran motivación para seguir sirviendo a esta Iglesia local. Ser obispo de Monterrey es mi responsabilidad principal y todos los días le pido a la Virgen del Roble que me ayude a ser un buen pastor. No ceso de intentar nuevos proyectos evangelizadores, de atender las necesidades que día a día brotan en todo el territorio diocesano, de estar al pendiente de los sacerdotes, especialmente de los mayores, y de invitar a saludar y sonreír porque son claves en la pastoral.

 

Me siento con ánimo para enfrentar junto a ustedes esta crisis sin precedentes que la pandemia trae consigo. Si bien ya veníamos hablando los obispos en México de una crisis antropológico cultural (cfr. PGP 20) y de una crisis ecológica, como lo ha adelantado el Papa en Laudato Si’ y Querida Amazonía, nadie imaginaba el tamaño y alcance de esta emergencia sanitaria, con las consecuencias que traerá en todas las áreas de la convivencia humana. Me anima también la presencia, los gestos y la palabra del Papa Francisco, quien nos ha invitado a darnos cuenta de que estamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados, pero al mismo tiempo, importantes y necesarios; llamados a remar juntos y necesitados de confortarnos mutuamente porque en esta barca, remamos todos.

  1. Les confieso finalmente que siento una gran tranquilidad por vivir todos los días la experiencia gratificante del amor de Dios en mi vida y el cobijo protector de la Virgen María. Siento su compañía en cada visita pastoral, en las difíciles decisiones que debo tomar, así como en cada celebración Eucarística; al escuchar las sugerencias de mi Consejo Episcopal y de los demás Consejos de la Arquidiócesis y, sobre todo, experimento la presencia de Dios en la oración y la meditación de su Palabra.

 

Mons. Rogelio Cabrera López

Arzobispo de Monterrey


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