Conecta con nosotros

¿Que estas buscando?

Artículos

VIII CARTA PASTORAL CON MOTIVO DE MIS 25 AÑOS DE OBISPO ¿QUÉ PIENSO?

Mi vida como sacerdote sigue siendo un camino para responder a la llamada de Jesús que exige fe y conversión constante y que, al mismo tiempo, me compromete espiritual, moral, sacerdotal, eclesial y pastoralmente. Es también un camino de maduración, de libertad y de responsabilidad, en el que he podido experimentar la misericordia de Dios. Por la historia de la salvación universal y personal, sabemos que nuestro Padre ha mostrado y continúa mostrando su compasión y misericordia en su paciencia, siendo lento a la cólera y generoso para perdonar (cfr. Sal 103), además de revelar la plenitud de su amor enviando a su Hijo Único, verdadero rostro de la misericordia. Al contemplar a Jesús y buscar imitarlo, he podido emprender un itinerario sacerdotal de aprendizaje para ser misericordioso. Hoy me pregunto: ¿Cuál ha sido el de cada uno según su propia vocación y seguimiento de Jesús?

Pienso, además, que tanto la Iglesia Universal como nuestra Iglesia local tienen que adaptarse deprisa al cambio de época que estamos viviendo, más ahora en medio de la pandemia. Los acontecimientos se suceden a una velocidad vertiginosa y no siempre respondemos con prontitud a lo que ellos nos reclaman (cfr. PGP 23). Hay movimientos como los de las mujeres, de las minorías sexuales, de los migrantes, entre otros, que continuarán avanzando con nosotros o sin nosotros y, ya que la mayor parte de sus integrantes son católicos, es conveniente dirigirles constantemente una palabra de luz y aliento. También estoy convencido de que no podemos renunciar a ofrecer la verdad en la que creemos en medio de estos cambios acelerados. Tenemos la obligación de transmitir la doctrina que se nos ha encomendado, especialmente los mensajes del Papa Francisco que expresan su constante preocupación por alentar una Iglesia sinodal, pobre para los pobres, sin actitudes clericalistas, de puertas abiertas y siempre en salida que se preocupa de cuidar la casa común y de vivir la fe en el encuentro con las demás personas.

Pienso también que la fuerza que nos mueve es la Eucaristía, centro de mi vida sacerdotal. En ella están unidos el Pan de la Palabra y el Pan Eucarístico en la Caridad. Creo que el ayuno del Pan Eucarístico, que muchos han vivido durante esta larga cuarentena, los ha llevado a una comprensión de fe más existencial de la Palabra de Dios como alimento, pudiendo transformar este pan en Caridad operante, ya que el amor de Cristo alimenta y alienta el encuentro con el hermano necesitado como manifestación de la Providencia Divina. De esta manera, al celebrar la Palabra, al comer el Cuerpo y la Sangre de Jesús y al vivir la caridad con los hermanos experimentamos una verdadera vida eucarística, a la cual estamos llamados.

Muchos fieles, al verse impedidos de la participación presencial en la Eucaristía, han sentido también hambre y sed espiritual. Este deseo y amor eucarístico los ha llevado a una vida más libre y fiel, a una fe más madura, animada por el amor de Dios y su llamado a la vida eterna. Dentro de la experiencia de la transmisión de la Eucaristía por medios digitales, algunos sacerdotes me han comentado el carácter extraño de la situación, pues la Eucaristía con el pueblo es un encuentro personal, individual y comunitario que nos abre el corazón, nos consuela y alimenta como comunidad en una experiencia personal completa, en donde estamos física, mental y espiritualmente juntos.

Mons. Rogelio Cabrera López
Arzobispo de Monterrey

 

Relacionado