VENCIENDO EL MAL, HACIENDO SIEMPRE EL BIEN

Muchos me preguntan ¿cómo llegué a Monterrey?  Mi respuesta normalmente es corta ¡en avión!

Toda mi vida consciente he querido ser sacerdote.  Mi madre era de una familia alemana luterana y mi padre de una familia católica irlandés. Mi tío era un pastor luterano y yo veía que se vestía igual que el sacerdote de mi parroquia solamente que estaba casado con mi tía y era el padre de mis primos. Gracias a las vidas ejemplares de los sacerdotes de mi parroquia natal mi vocación nunca se apagó.  De niño asistimos a once años de catecismo y aquí se quejan de tres.  Desde que podía levantar un azadón trabajaba en nuestra granja no porque era obligatorio sino porque querría participar. Después trabajaba en McDonalds y en una tienda tipo Soriana.

Finalmente trabajaba como traductor del departamento de salud del Gobierno Federal, todo mientras estaba en la prepa (de cuatro años) de mi ciudad natal. Como iba a todos los bailes que organizó la escuela, entre otros, nadie pensaba que iba entrar al seminario. El español era obligatorio en la secundaria y tenía unos amigos que eran de cerca de Piedra Negras y por eso lo aprendí desde los 12 años.

Llegué a Monterrey por una novia que era de Perú. Habíamos ido a un convivio de estudiantes de intercambio y allí mi hice amistad de un regio. La novia regresó a Perú y yo fui a conocer a Monterrey. Aquí de paseo me llevaron a conocer el seminario.   Era estando aquí que me di cuenta de que ya era la hora de entrar al seminario. La familia de mi amigo regio me dijo cuando llegué “aquí está tu casa”, no sabía que era dicho y allí me quedé nueve años. Mi padre intentó sobornarme para que regresara, pero se dio cuenta al final que era la voluntad de Dios. Mi padre que me enseñó a amar a las montañas (vivíamos en las planicies) años después moriría aquí en la ciudad de las montañas conmigo.

En el año 1991 me ordenó presbítero el Cardenal Suarez en la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en Monterrey. Ya había iniciado mi apostolado en el norponiente en la parroquia de San Gerardo que en aquel entonces tenía dos capillas, San Bernabé y Cristo Evangelizador. La primera vez que me quedé en la parroquia degollaron un joven de 17 años por la avenida que cruzaba en frente.  Me di cuenta aquella noche que el enemigo era satanás y la guerra espiritual tenía consecuencias muy reales.  En los meses que seguían mi ministerio empezó a involucrarse cada vez más en los jóvenes de todos los caminos de la vida. Era una época difícil en cuanto a las pandillas y la violencia entre ellas. Más de noventa jóvenes murieron aquel año en el norponiente de Monterrey.

Cuando me cambié a una capilla, que luego sería la parroquia de Cristo Evangelizador, me di cuenta de que era muy diferente andar en un barrio en el día, que dormir allí en la noche. La desintegración familiar alimentado por el alcohol empujaba a los jóvenes a llevar la violencia de sus casas a la calle. La pobreza de aquel entonces mantenía esta violencia en los mismos barrios. Con la mayor prosperidad de nuestra ciudad ya no eran jóvenes a pie con piedras y cuchillos, sino jóvenes en carros con ametralladoras.

Mi ministerio sacerdotal se enfocaba a trabajar con las familias y con los mismos pandilleros. Para muchos era un escándalo que andaba con los asaltantes y los que se drogaban.  Pero en el fondo siempre me preguntaba qué haría Jesús y eso siempre era mi criterio, no lo “qué pensarán”.

En el año 2001 me cambié a la Capilla de Santa Teresa de Jesús, hoy la parroquia de Santa Teresa de Ávila. La eucaristía, es decir, la celebración del momento de la victoria de Cristo sobre la muerte a través de la pasión y cruz, junto con la Palabra de Dios en la Biblia siempre han sido el centro de mi vida y ministerio. Es por eso que al crecer la comunidad siempre buscaba que todos pudieran participar de una manera u otra en ambos. Con el auge del Crimen buscamos responder con un auge de evangelización. En el 2010 levantaron y ejecutaron a dos miembros de nuestro coro, una pareja comprometida en la obra de la evangelización.

Nuestra venganza fue fortalecer los encuentros con los jóvenes y matrimonios.  Antes de la pandemia teníamos 37 encuentros juveniles y 25 de matrimonios al año. Con el apoyo de todos y bienhechores, construimos nuestro centro pastoral con una casa de retiros adentro.  Unos 10,000 venían a nuestros encuentros eucarísticos los fines de semanas en las 18 misas de precepto.

Como dice San Pablo en Romanos 12, 20 “No te dejas vencer por el mal; por el contrario, vence al mal a fuerza del bien”. Hoy tendremos nuevos retos con la pandemia, pero como dice santa Teresa, “solo Dios basta”. He sentido extraordinariamente bendecido por Dios en mi ministerio y a la vez, a pesar de muchas dificultades, ¡súper feliz!


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