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¿VACUNARSE O NO? HE AHÍ EL DILEMA

Por Pbro. Dr. Alberto Anguiano

El 21 de diciembre del pasado 2020, la Congregación para la doctrina de la fe dio a conocer una Nota sobre «La moralidad del uso de algunas vacunas contra la Covid-19.» Esta nota fue aprobada por el Papa Francisco en la audiencia concedida a Luis F. Ladaria, Cardenal prefecto de la Congregación, el 17 de diciembre del mismo año.

La introducción de la Nota aclara que, en distintos ámbitos, se ha suscitado una polémica en torno al uso de algunas vacunas contra el virus SARS-CoV-2, causante de la Covid-19. El centro del debate se refiere a la licitud o ilicitud del uso de líneas celulares, obtenidas a partir del tejido de fetos abortados, para la investigación y producción de las vacunas.

Sin embargo, ya antes de la presente pandemia, en septiembre de 2008, la misma Congregación para la Doctrina de la Fe, se pronunció respecto al uso de este tipo de vacunas en los números 34 y 35 de la Instrucción Dignitatis Personae. Tres años atrás, el 5 de junio de 2005, la Pontificia Academia para la Vida publicó también todo un texto para proponer algunas «Reflexiones morales acerca de las vacunas preparadas a partir de células procedentes de fetos humanos abortados».

Considerando los criterios que aportan los documentos, anteriormente citados, la Nota del pasado diciembre, resuelve que «es moralmente aceptable utilizar las vacunas contra la Covid-19 que han utilizado líneas celulares de fetos abortados en su proceso de investigación y producción, cuando no estén disponibles vacunas Covid-19 éticamente irreprochables (por ejemplo, en países en los que no se ponen a disposición de médicos y pacientes vacunas sin problemas éticos o en los que su distribución es más difícil debido a las condiciones especiales de almacenamiento y transporte, o cuando se distribuyen varios tipos de vacunas en el mismo país pero, por parte de las autoridades sanitarias, no se permite a los ciudadanos elegir la vacuna que se va a inocular.)»

Según la Dra. Grazie Pozo Cristie, investigadora del Charlotte Lozier Institute, las vacunas producidas por Pfizer y Moderna utilizaron células de fetos abortados, sólo durante la fase de investigación. En cambio, Aztra Zeneca y Johnson and Johnson utilizaron el mismo recurso, pero no sólo para la investigación, sino también para la producción constante de las vacunas. En opinión de la especialista, las vacunas de estas últimas dos firmas representan un mayor problema ético que las de Pfizer y Moderna. En consonancia con lo afirmado por la Nota de la Congregación y poco antes de la publicación de ésta, el 14 de diciembre de 2020, la Conferencia Episcopal de Estados Unidos señaló que, en ausencia de alternativas, es «moralmente lícito vacunarse porque está en juego el bien común».

Resultado de imagen para campaña de vacunacion enfermerosEn México, las autoridades sanitarias y la cancillería acordaron con la farmacéutica Pfizer un paquete de 1.4 millones de dosis, de las cuales, el primer lote de 3000 vacunas llegó al país, el 23 de diciembre. Por lo tanto, el problema moral sobre el uso de tales o cuales marcas de antídotos, apenas ha sido motivo de discusión en nuestro país, y no precisamente porque un sector de la población asuma que el aborto más que un delito, es un derecho de salud reproductiva, sino más bien, porque las opciones de vacunación son prácticamente inexistentes.

En nuestro país, la cuestión moral antes planteada se remite a otro aspecto ético de no menor relevancia; es decir, al derecho universal a la vacunación y a las políticas de su aplicación. La constitución de la OMS afirma que «uno de los derechos fundamentales de todo ser humano es gozar del grado máximo de salud que se pueda lograr». Sin embargo, la presente pandemia nos puede hacer caer en la cuenta que la salud no es sólo un derecho individual, sino también una obligación social.

En la actual emergencia sanitaria, parece claro que vacunarse y ser vacunado no es sólo un asunto personal, sino una cuestión pública, en cuanto que el cuidado de la propia salud tiene una repercusión social, pero también en cuanto que es deber del estado garantizar la salud de cada ciudadano, por el bien de todos. En consecuencia, la exclusión de algunos a la vacunación o la dilación en la aplicación de la misma, no puede no representar un riesgo contra la salud de todos. Implementar una estrategia de vacunación a favor de intereses partidarios y/o económicos es apostar por una fallida política de salud.

En este contexto pandémico, el mandamiento del amor al prójimo, como a uno mismo, se revela ahora no sólo como un imperativo moral, fundado en particulares creencias religiosas, sino como una exigencia ética, basada en la razón de un hecho biológico; es decir, en la evidencia de una realidad vital y fundamental: cuidar-me es realmente cuidar-te

Esta estrecha relación entre individuo y sociedad funciona también en sentido inverso y negativo, pues el mal ajeno es, más tarde o más temprano, pero inevitablemente, un daño en perjuicio propio: descuidar-me es descuidar- te. Hacer de la vida, como del cuerpo, un derecho individual absoluto, es desconocer que la naturaleza del individuo se debe a su especie.

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