UNA IGLESIA MISERICORDIOSA QUE NO EXCLUYE A NADIE

Comparto este editorial, subscribiendo uno de los sueños del Arzobispo de Monterrey que ha manifestado en el número 22 de su reciente Octava Carta Pastoral:

 

“Sueño con una Iglesia diocesana que acepta caminar y sentarse a la mesa con todos, no solo en medio de esta pandemia, sino en los retos y desafíos de cada día y de otras circunstancias extraordinarias. Una Iglesia que no excluye a nadie, ya sea por su atracción afectiva, su raza o su conducta moral, sino que incluye a cualquier persona, en especial a quienes pasan alguna necesidad o viven en las periferias geográficas o existenciales. Una Iglesia que se convierta en un lugar abierto a los heridos, lastimados, descartados y desechados…”

 

Al leer este texto, me ponía a pensar cuales son algunas de las razones que nos impiden vivir esta invitación, que no solo nos hace nuestro Arzobispo, sino el mismo Jesús en su Evangelio. Comparto cuatro sencillos puntos que considero nos alejan del sueño de nuestro pastor.

 

1.- No poner a Cristo como el Centro.

El Centro de la fe es Cristo y cuando no lo vivimos de esta manera, quien muchas veces se vuelve el centro, es nuestro criterio. Recuerdo con gran cariño unas palabras de un sacerdote, director espiritual, que constantemente nos decía: “quítate del centro”, esas palabras eran una invitación a dejar que Jesús reinara en nuestra mente y nuestro corazón y que nuestros criterios y nuestros afectos fueran los del Evangelio. Una persona que pone como centro a Jesús deja de ver las diferencias y ve lo que nos une, es capaz de ver más allá de lo superficial y no se deja guiar por apariencias.

 

2.- No tener paz en el interior.

El alcance de la paz interior ha ocupado a lo largo de los siglos a todos los que buscan a Dios con sincero corazón. Solo en Él encontramos nuestra paz, Dante Alighieri resumirá este pensamiento en su célebre verso: “En su voluntad está nuestra paz”. Pero también, encontramos la paz interior cuando sanamos nuestras heridas, cuando llevamos un proceso y perdonamos de corazón. El no sanar, el no perdonar, nos nubla la vista, nos hace ver a medias y dirigir la mirada a lo que nos molesta y nos causa dolor.

 

3.- Dejarnos llevar por el éxito humano.

Los estándares del éxito sociales nos invitan a ser el número uno, los más populares, los más exitosos, los que más alcance tienen en sus proyectos o redes sociales, y un peligro muy grande es llevar estos criterios a nuestra pastoral, perdiendo de vista que lo más importante siempre es Dios en nuestros hermanos, especialmente el que más sufre y más adversidades tiene en su vida. El éxito humano tiene un impulso que es la vanagloria, la cual es capaz de convertir el más grande acto de caridad un acto de orgullo y vanidad.

 

4.- Falta de humildad.

La virtud de la humildad es una batalla de toda la vida, si nos descuidamos un momento, la soberbia se apodera de nuestra manera de vivir. Sin humildad pensaremos que nuestras ideas siempre son las mejores, que nuestro pensamiento se debe de imponer y que nuestras actividades son las mejores. La humildad ayuda a valorar y respetar la historia y los procesos de cada persona, nos acerca con aquel que no piensa igual que nosotros, nos ayuda a reconocer que a pesar de nuestras diferencias todos necesitamos de todos.

 

Que Dios despierte en nuestro corazón, el deseo de ser una iglesia cercana y misericordiosa.


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