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UN REMEDIO CONTRA LA TRISTEZA

Se dice que el tercer lunes de enero es el «blue Monday», es decir, el día más triste del año, no sólo por lo gélido del clima, sino por la constatación del rápido quebrantamiento de los propósitos de año nuevo. Por otro lado, una semana antes, el 13 de enero es el día que la Federación Mundial de Psiquiatría estableció para orientar y concientizar sobre la depresión mayor, a fin de prevenirla. La fecha no es, entonces, una conmemoración festiva, sino la ocasión para evitar el riesgo de esta enfermedad mediante un adecuado cuidado de la salud mental. 

Esta fecha cobra especial importancia, si se considera que de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 300 millones de personas, en el mundo, son afectadas por este padecimiento. La necesidad de la prevención se vuelve urgente, teniendo en cuenta que, aunque este trastorno impacta a la población de todas las edades, sin embargo, los niños y los adultos mayores suelen ser los más perjudicados.

Es verdad que la aparición de este trastorno no se debe a una única causa, sino a la combinación de diversos factores genéticos, sociales y psicológicos. Por tanto, su prevención debe enfocarse, más bien, en el cuidado de la salud mental, en general. La salud como la enfermedad, ya sea física o emocional, es una escala continua que progresa de menos a más. Estamos más o menos sanos o enfermos. Y por ejemplo, una gripa ordinaria, pero mal afrontada puede convertirse luego, en una grave neumonía.

Igualmente, en el espectro de las patologías mentales, la «depresión mayor» representa el extremo de una afectación que pudo haber iniciado como una tristeza común. Y entre los polos de la depresión mayor y la tristeza común se encuentra, el caso de la «depresión subclínica» en la que se presentan varios síntomas de la «depresión mayor», aunque no todos. O también, la así llamada «depresión de alta funcionalidad» característica de la persona que se comporta de manera normal y exitosa, a pesar de experimentar un gran vacío interior. Y finalmente, está el caso frecuente, conocido ahora, como el «trastorno depresivo persistente» (TDP) cuya característica principal es un desánimo y un cansancio constante.

Sin ahondar aquí en los rasgos distintivos de cada una de estas formas de la depresión, importa notar que su común denominador es la «tristeza.» La tristeza es una emoción básica, es decir, natural, pero además frecuente en nuestras experiencias de relación interpersonal. Para evitar que ésta se convierta en una enfermedad crónica de la salud mental, su buen cuidado radica en no reprimirla, sino en saber expresarla. La expresión de esta emoción básica implica el saber tolerarla en uno mismo, pero también en los demás. Reprimir la tristeza es un mal aprendizaje, fomentado por esa cultura comercial que la condena, exigiendo una felicidad, expresada por una sonrisa a toda costa y a todo costo.

Sin embargo, santo Tomás de Aquino (1224 – 1274), fraile dominico, patrono de las universidades católicas cuya memoria celebramos este 28 de enero, en su famosa obra, la “Suma Teológica”, hablando de las pasiones, propone cinco remedios contra la tristeza, a saber: el baño, el sueño, el llanto, la lectura y los amigos. La vieja receta del llamado “Doctor Angélico”, formulada en el s. XIII, no ha perdido actualidad. Más aún, sus cinco “remedios” dan cuenta de una visión integral de la salud humana, pues el sueño, el baño y el llanto representan el aspecto biológico, mientras que la lectura se refiere al aspecto psicológico y los amigos, a la dimensión social.

A la distancia del tiempo y de las diferencias entre las perspectivas de estudio de aquella época y la contemporánea, llama la atención la recomendación que el Aquinate hace sobre el beneficio que provoca el llanto. Los actuales estudios neurocientíficos avalan dicha recomendación, pues han comprobado que el llanto es un mecanismo tanto de desintoxicación, como de autorregulación muy eficaz y saludable. Algunos sugieren que la composición bioquímica de las lágrimas contiene endorfinas y oxitocinas. Estas sustancias ayudan a eliminar el exceso de hormonas del estrés, como el cortisol. Así, actúan como un anestésico natural que reduce el dolor físico y emocional.

Aunque puede ser discutible que la oxitocina forme parte del contenido de las lágrimas, lo que no es cuestionable es la liberación de esta hormona en el cerebro, tanto de la persona que llora, como en el de quien observa llorar. La oxitocina juega un papel decisivo en el circuito neuro bioquímico de vinculación social. Por eso, su liberación influye en la reacción de los participantes en el llanto emocional, provocando también el efecto empático de los amigos, el otro remedio propuesto por Tomás.

La función vinculante de la «oxitocina» tiene su mejor expresión en el «parto.» Por eso, etimológicamente, este químico es llamado, literalmente, la hormona del «parto» (oxi- tokos) porque, en griego, «tokos» quiere decir «parto». Y esta raíz griega nos recuerda que, al comienzo de este año, el primero de enero, hemos celebrado la solemnidad de la «Theo-tokos», es decir, la que dio a luz a Dios, la «Madre de Dios.» 

Que, al desearnos, ahora, un “feliz año”, no supongamos ingenuamente que en los días por venir no habrá motivos para llorar. No caigamos en el error de reprimir las lágrimas y expresar nuestra tristeza cuando la sintamos porque reprimir esta emoción puede ser contra producente. Que la Madre que, con gozo, dio a luz al Hijo que “lagrimosa”acompañó al pie de la cruz («Stabat Mater dolorosa, iuxta crucem lacrimosa») nos ayude a saber llorar y a saber gozar las penas y las alegrías que traerá este 2026 que apenas hemos iniciado, en el nombre del Señor.

Rector de la Universidad Pontificia de México

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