En el s. V, san Agustín escribió varias obras con la finalidad de explicar que todos, incluso los recién nacidos, necesitaban ser bautizados para ser absueltos del pecado heredado por Adán. El santo tenía claro que, si los niños no nacían con dicho pecado, no serían descendencia de Adán, ni tampoco habrían sido redimidos por Cristo. Pero si los recién nacidos no fueran liberados del pecado, ¿cómo podría llamarse verdaderamente a Cristo, redentor universal? se preguntaba Agustín.
Los escritos de san Agustín fueron una respuesta a las discusiones que se habían suscitado en torno Pelagio. Pelagio era un monje británico que ante la decadencia moral que se vivía en las poblaciones del imperio romano, buscaba promover el ejercicio de las virtudes mediante la práctica de sacrificios y penitencias. Para lograr motivar a los fieles, enseñaba que cuando Dios creó al ser humano, le dio la “gracia” de una “buena voluntad”, con la que, desde entonces, cada cual era capaz de querer y de hacer el bien.
Sin embargo, el razonamiento de Pelagio parecía desconocer que, como afirmaba san Agustín, cada ser humano, desde su nacimiento, necesita de la “gracia Cristo” para que sea redimida esa voluntad que, después de la creación, se hizo esclava de su egoísmo, a causa del pecado de Adán. Por ello, los obispos del norte de África se reunieron en sínodo, al menos tres veces, en la ciudad de Cartago (411, 416 y 418) para declarar como contraria a la fe, la enseñanza de Pelagio.
Pero más allá de lo que san Agustín sostuvo en contra de Pelagio, mil años después, Martín Lutero llegó a sostener, de manera muy radical, que el pecado de Adán no sólo habría lastimado la voluntad humana, sino que la habría destruido absolutamente. Por tanto, la ausencia completa de voluntad, haría que cada sujeto fuera incapaz de decidir nada por sí mismo, a semejanza de un animal de carga que no puede actuar más que bajo las órdenes de su jinete.
La consideración pesimista de Lutero sobre la voluntad no sólo se colocó en el otro extremo del optimismo pelagiano, sino que, como éste, resultó igualmente ajena a la común enseñanza católica sobre el pecado de los orígenes. Por ello, los príncipes de las ciudades alemanas vieron en el pensamiento luterano un pretexto para oponerse y luchar contra el Papado romano y contra las políticas del Emperador Carlos V. Esta crisis político religiosa hizo que, en 1537, el Papa Pablo III convocara, esta vez, no sólo un sínodo, sino un concilio “ecuménico”, es decir, una asamblea de obispos que tuviera una representatividad y un alcance universal.
Pablo III había dispuesto inicialmente, que el concilio se celebrara en la ciudad italiana de Mantua, aunque un año después, la sede fue cambiada a Vicenza. Pero la resistencia de los príncipes alemanes impidió entonces la realización del concilio. Luego, en 1542, el Papa eligió la ciudad de Trento, al Norte de Italia, para llevar a cabo su propósito. La estratégica ubicación geopolítica de Trento logró que, finalmente en 1545, se pusieran en marcha las asambleas conciliares. A partir de esta fecha, la dinámica conciliar se prolongará durante 18 años, hasta 1563, sumando un total de 25 sesiones. En este concilio se definieron trascendentales asuntos doctrinales sobre la Sagrada Escritura, la Tradición, los Sacramentos, y el primado del romano pontífice, además de otras cuestiones disciplinares como el celibato, la fundación de los seminarios y la creación de sínodos diocesanos, por ejemplo.
Entre las materias doctrinales abordadas, destaca la referente al pecado de Adán y la transmisión de éste a toda su descendencia. Las discusiones al respecto iniciaron el 24 de mayo de 1546 y concluyeron con la aprobación de un “decreto” que condenaba varios errores en materia de pecado original. Con apoyo en la Escritura y en los pronunciamientos de los sínodos de Cartago y de Orange (529), el decreto tridentino estableció cinco cánones, precedidos por una introducción y seguidos de una declaración, según la cual, no se tuvo intención de considerar a santa María en las decisiones relativas al pecado original.
En particular, el primero de los cinco cánones definió, como verdad de fe, que el pecado de Adán privó la voluntad humana de aquella rectitud en la que había sido constituida originalmente. Sin embargo, este mismo canon condenó la afirmación radical de que tal pecado no simplemente lastimó, sino que destruyó completamente la voluntad humana.
Rector de la Universidad Pontificia de México