El pasado 8 de diciembre, celebramos nuestra fe en la Inmaculada concepción de santa María, con la más alta categoría litúrgica que llamamos “solemnidad” ya que se trata de uno de los cuatro dogmas marianos. Recordemos que, a excepción del dogma de la Virginidad perpetua de María, que no tiene propiamente una fecha en el calendario litúrgico, los otros dos dogmas marianos también son celebrados como solemnidades. Así, el 15 de agosto corresponde al dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo, mientras que el 1 de enero está dedicado a la solemnidad de santa María, Madre de Dios.
Nada de lo que fieles celebramos en los actos litúrgicos es ajeno o contrario a lo que creemos. Más bien, como sostiene el antiguo refrán de Próspero de Aquitania, todo lo que celebramos en nuestras asambleas de oración, lo celebramos así, porque corresponde a aquello que creemos (“lex orandi, lex credendi”). Sin embargo, de esta correspondencia entre lo que se ora y se cree, formulada por el ilustre discípulo de san Agustín, no se puede deducir que todo lo que creemos es un “dogma”.
La palabra “dogma” es origen griego, y literalmente significa “opinión” o “creencia”. En este sentido, la “creencia” o la “opinión” designan el parecer de una persona que nada o poco tiene qué ver con la realidad o la verdad objetiva. Sin embargo, en el lenguaje cristiano, la palabra “dogma” fue usada paulatinamente para referirse precisamente, no a las realidades materiales que son tenidas como verdades objetivas, en cuanto se les puede ver y tocar, sino para referirse a aquellas realidades que son aceptadas o “creídas” como “verdaderas”, tan sólo porque son afirmadas por alguien que es razonable y creíble, aunque éste no tenga una evidencia material de lo que dice.
Será, sobre todo a partir del siglo XVIII, que la palabra “dogma” comenzará a significar todo aquello que el Magisterio de la Iglesia (los Obispos en comunión con el Papa) propone a los fieles para ser creído como una verdad, revelada por Dios para nuestra salvación. En este específico sentido, “dogma” no se refiere simplemente a lo revelado por Dios, sino más propiamente a aquello que el Magisterio “propone” como revelado por Dios.
El Magisterio, en cuanto “Magister”, es decir, en cuanto “maestro” de la fe, ha tenido que intervenir, a lo largo de la historia del cristianismo, para proponer de manera explícita lo que debemos creer como “verdad”, sobre todo, cuando alguna pretendida aclaración de la fe, empezaba a propagarse, causando confusión entre los fieles ya que no era suficientemente claro, si tal explicación era coherente con las enseñanzas de los Apóstoles o del credo católico.
Así, por ejemplo, en el siglo V, el Patriarca Nestorio, cabeza de la comunidad cristiana de Constantinopla, queriendo ilustrar correctamente la fe de sus fieles, llamó la atención de aquellos que invocaban a María como “Theotókos”, palabra griega que significa “Madre de Dios”. Según Nestorio, tal apelativo mariano implicaba la errónea suposición de que el eterno Hijo de Dios habría tenido origen temporal de una creatura humana, como María. Aunque la advertencia de Nestorio parecía razonable, cerca de doscientos Obispos, convocados a Concilio, en el antiguo puerto griego de Éfeso (en la actual Turquía), en el año 431, proclamaron que «la Virgen María es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios.» Fue así que luego, los cristianos del lugar, portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte.»
En nuestra vida, no todo es lógico y razonable. Hay cosas que no conocemos y no entendemos. Nada sabemos del origen de nuestra existencia, ni del por qué de una enfermedad, accidente o muerte. Tampoco entendemos por qué una persona es capaz de engañar o traicionar, pero cuando la explicación lógica se cierra, sólo la fe se convierte en llave para entrar en la dimensión más genuina de nuestra existencia: el misterio. El misterio es otra coordenada, no gobernada por el conocido principio de no contradicción. En la dimensión del misterio reina, más bien, el principio de la paradoja, como esa bella y misteriosa paradoja de fe que proclama, como verdad, que una Virgen, sin dejar de ser tal, se ha convertido en madre, y en Madre del mismo Dios.
Al comenzar un nuevo año, la fe nos invita, más aun, nos reta, a no tratar de entender a las personas con la pura lógica de la razón, porque entonces nos parecerá que todo mundo es contradictorio, que nadie es coherente y que no se puede confiar en nadie. Para disfrutar el tiempo con calidad, hay que tener, como María, el coraje de creer en Dios y no dejarse vencer por la fragilidad de la propia humanidad, sino engendrar experiencias de vida que trasciendan hasta la eternidad.
Rector de la Universidad Pontificia de México