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Cuando pensamos en referirnos a la fraternidad en el hogar, nos preguntamos si se puede hablar de fraternidad al interno de la familia. Es claro que el término es aplicable en la relación que se da entre los hijos de un matrimonio… pero, ¿se puede pensar en una relación fraterna en la familia?.

El término fraternidad deriva de frater, que significa, hermano; lo que a su vez refiere el parentesco (sanguíneo y otras múltiples interconexiones) entre dos personas y que tiene su origen en la familia; lugar donde, además, nace la experiencia de ser hermano y donde se reconoce al otro como tal. Por otra parte, desde nuestra fe, del reconocimiento de Dios como Padre de todos, deriva el reconocimiento entre nosotros, los creyentes (y todos los hombres y mujeres), como hermanos y hermanas. Les invito a pensar dos cosas:

Primero, en el inmenso valor que la familia tiene en el corazón de Dios: 1) Al ser Cristo la fuente de la gracia del sacramento del matrimonio, con el cual los esposos son capacitados para representar y testimoniar la fidelidad de Dios a su alianza; 2) Al ser la familia cristiana ‘iglesia doméstica[1]’, comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo; cuyas relaciones entrañan una afinidad de sentimientos, afectos e intereses que provienen del mutuo respeto de las personas; donde los miembros de la familia son iguales en dignidad; los padres son llamados a mirar a los hijos como hijos de Dios y respetarlos como a personas humanas, educarlos en la fe, enseñarlos a orar y descubrir su vocación de hijos de Dios; y los hijos, llamados a respetar a sus padres con docilidad y obediencia verdaderas, a prestarles ayuda material y moral en sus necesidades; y entre hermanos, llamados a soportarse en la caridad; con humildad, dulzura y paciencia; 3) Al ser el hogar la primera escuela de vida cristiana, en la que se aprende la paciencia, el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso y reiterado; y donde la ternura el respeto, la fidelidad y el servicio desinteresado son norma[2].

Segundo, en la cualidad de relación fraterna que la Persona de Cristo instaura y se vuelve criterio de identidad para cada hijo e hija de Dios: “todos ustedes son hermanos” (Mt 23,8), y que se establece como amor supremo: “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).  Lo que distingue el amor de Dios, ofrecido a nosotros en Cristo y por Él, va más allá las relaciones de afecto y sangre de familia, pasando al amor de caridad, que subraya y cualifica el amor con las notas de gratuidad, desinterés, universalidad, incondicionalidad; y que, vivido radicalmente, lleva hasta la propia negación de uno mismo. 

Con este mismo amor creyente estamos llamados a amar a Dios, a nuestra familia, a nuestros amigos, a los necesitados, a nuestro prójimo. No amamos con un corazón a papá, con otro a mamá, con otro a mis hermanos, con otro a mis amigos, y con otro al resto de las personas. 

Por esto, podemos afirmar que sí se puede hablar de una relación fraterna en el hogar, entre los miembros de la misma familia. Desde el Amor con que Dios nos ha amado, se iluminan y se fundamentan todas las demás relaciones: matrimonio, familia, amistad; y de ahí brota el llamado a amarnos con el amor con que Jesús nos ha amado a todos y a cada uno. Desde Dios, el amor en familia viene llevado hasta el extremo del propio sacrificio en bien del otro; y, si bien esto podría llegar a definirse de un verdadero amor maternal y paternal, no se afirmaría de la misma manera entre el amor de hermanos; no por la situación ideal, sino por la realidad existencial y cotidiana. Considerar nuestro amor en familia desde Dios, como hermanos, puede cualificar la relación, haciendo patente y explícita la dignidad, identidad y autonomía de la persona, de frente a la fragilidad de nuestra condición humana de querer manipular, limitar, posesionarnos del otro o de la otra (miembro de mi familia).  

Vivir esta dimensión de la fe no es algo complicado, bastaría que asumiéramos el Evangelio, y la experiencia de fraternidad brotará en nuestro hogar y de ahí, a toda la comunidad; pues el llamado que Jesús nos hace en Él consiste precisamente en amarnos como Él: sin límites, sin condiciones, sin diferencias, gratuitamente… con todas las fuerzas, con toda el alma, con todo el corazón. Quien decide amar como Cristo, amará plenamente a su papá, a su mamá, a su hermano y hermana; e igualmente, amará con todo su corazón a cualquier otra persona, haciéndole todo el bien posible, aún por encima del propio, como lo mostró Jesús en la Cruz.

[1] Su espacio vital podría transformarse en sede de la Eucaristía . Cfr. Papa Francisco, Amoris Laetitia, 15

[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1642-1657; 2204-2227

 


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