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SINODALIDAD Y SALUD MENTAL

Del miércoles 2 de octubre al domingo 27 de este mismo mes, se celebra en Roma, la segunda sesión de la XVI Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos. La primera sesión tuvo lugar el pasado año 2023, durante las semanas del 4 al 29 de octubre y contó, por primera vez, con la participación de laicos, hombres y mujeres, religiosos, diáconos y sacerdotes, provenientes de todo el mundo. 

Precisamente, con esta inédita convocatoria de un sínodo que involucra, además de los obispos, a todos los miembros de la Iglesia, el Papa Francisco ha querido que todos hagamos un ejercicio de diálogo y escucha recíproca para discernir, si estamos “caminando juntos” (“sinodalidad”) o, por el contrario, estamos “haciendo carrera”, compitiendo unos contra otros. El sínodo sobre la sinodalidad busca cuestionarnos, si entre los bautizados priva una relación salvaje de “sobre-vivencia”, motivada por deseos de poder. O, si más bien, se da entre nosotros una relación de “con-vivencia”, motivada por un fraterno deseo de comunión. Por eso, «¿cómo ser una iglesia sinodal misionera?» es la pregunta que da título al instrumento de trabajo (“instrumentum laboris”) que guía el desarrollo de esta segunda sesión de la Asamblea general del sínodo.

Para responder a la pregunta sobre “cómo” ser una Iglesia sinodal y misionera, conviene interrogarse, primero, “por qué” la sinodalidad y la misión son dos exigencias propias del ser de la Iglesia. Este cuestionamiento nos permite aclarar que la Iglesia es una comunidad que se constituye, como tal, a partir del llamado de Cristo. La finalidad de este llamado consiste en seguir los pasos de Jesús, y en tal seguimiento radica la identidad del discípulo. Sin embargo, no se puede ser discípulo en solitario, sino sólo caminando con los otros discípulos (sinodalidad) que también han sido llamados por Cristo. Por tanto, en el seguimiento de Cristo, no existe el discípulo “en singular”, sino sólo “en plural”. Más aún, el discípulo se hace tal, no simplemente caminando tras las huellas de Jesús, sino más precisamente, caminando con los demás “discípulo-s” (sinodalidad). Y justamente, este modo de caminar (sinodalidad) es lo que debe interpelar a otros (misión) que caminan solos para que se agreguen a esta marcha en conjunto. 

Sin embargo, la “sinodalidad”, entendida como este “caminar juntos”, puede ser sólo una bella metáfora de la esencial dimensión social de nuestra vida personal.  No obstante, a la luz del evangelio, “caminar juntos” supone recorrer la senda de la madurez humana. De hecho, los evangelios pueden comprenderse, en síntesis, como el compendio de todo lo que Jesús dijo e hizo, mientras transitaba el camino de Galilea a Jerusalén. “Cuando subían a Jerusalén”, Jesús advertía a sus discípulos acerca del “cruel” destino que le esperaba en la ciudad santa de la “paz.” (cf. Mc. 10, 32 -34). Pero “mientras iban por el camino”, los discípulos discutían acerca de quién sería, entre ellos, el primero (Mc. 9, 33-34). Enterado de semejante conflicto, Jesús reprende a sus discípulos y los amonesta, diciéndoles: «saben que los gobernantes de este mundo, dominan a las naciones como si fueran sus dueños; pero entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos.» (Mc. 10, 42-44)

Hacer del camino de nuestra vida, una “carrera” competitiva es, sin duda, un dictado inscrito en nuestra propia naturaleza animal. Como mamíferos que somos, los individuos humanos tendemos naturalmente a defender un lugar propio en el grupo y a combatir con los otros miembros del conjunto. Sin embargo, reconocer que las pugnas por el poder, entre los “seres humanos”, tienen un origen naturalmente “animal” no puede justificar nuestra conducta salvaje. A diferencia de los animales, los seres humanos hemos sido “llamados” a que “entre nosotros no sea así.” (Mc. 10, 43)

 “Caminar juntos” (sinodalidad) no es pues, una bella “metáfora”, sino el “real” imperativo que pone en tensión el natural deseo humano de competencia y sobrevivencia para que “salgamos” de nosotros mismos y vayamos al encuentro de los demás, no para someterlos ni dominarlos, sino para servirlos. El camino del discipulado no es el recorrido de un trayecto geográfico, sino un desplazamiento hacia la madurez de una humanidad tan divina como la de Cristo. “Este caminar” debe estar motivado y tensionado por el llamado a «no ser así», es decir, a «no ser» como lo dicta el mero impulso natural de autodefensa y guerra contra el otro. El discipulado es un llamado a ir más lejos, más allá, del propio interés porque como dice el proverbio africano: «si quieres llegar rápido, camina solo, pero si quieres llegar lejos, camina con otros.»

Debemos reconocer que “el poder enferma y el no poder enferma aún más.” Por eso, el camino sinodal debe perseguir la “saludable” meta de reconocer nuestros animales instintos de poder para “convertirlos” en impulsos de amor que nos conduzcan a cuidar y proteger a los más débiles. Pero, el cuidado del otro sólo comienza con el cuidado de las propias emociones instintivas. Esto significa que la exigencia sinodal de “caminar con otros”, resulta imposible sin el autocuidado mental y emocional. Curiosamente, mientras la Iglesia celebra, en octubre, el sínodo sobre la sinodalidad, el 10 de este mes, el mundo celebra el “día internacional de la salud mental.”

Del miércoles 2 de octubre al domingo 27 de este mismo mes, se celebra en Roma, la segunda sesión de la XVI Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos. La primera sesión tuvo lugar el pasado año 2023, durante las semanas del 4 al 29 de octubre y contó, por primera vez, con la participación de laicos, hombres y mujeres, religiosos, diáconos y sacerdotes, provenientes de todo el mundo. 

Precisamente, con esta inédita convocatoria de un sínodo que involucra, además de los obispos, a todos los miembros de la Iglesia, el Papa Francisco ha querido que todos hagamos un ejercicio de diálogo y escucha recíproca para discernir, si estamos “caminando juntos” (“sinodalidad”) o, por el contrario, estamos “haciendo carrera”, compitiendo unos contra otros. El sínodo sobre la sinodalidad busca cuestionarnos, si entre los bautizados priva una relación salvaje de “sobre-vivencia”, motivada por deseos de poder. O, si más bien, se da entre nosotros una relación de “con-vivencia”, motivada por un fraterno deseo de comunión. Por eso, «¿cómo ser una iglesia sinodal misionera?» es la pregunta que da título al instrumento de trabajo (“instrumentum laboris”) que guía el desarrollo de esta segunda sesión de la Asamblea general del sínodo.

Para responder a la pregunta sobre “cómo” ser una Iglesia sinodal y misionera, conviene interrogarse, primero, “por qué” la sinodalidad y la misión son dos exigencias propias del ser de la Iglesia. Este cuestionamiento nos permite aclarar que la Iglesia es una comunidad que se constituye, como tal, a partir del llamado de Cristo. La finalidad de este llamado consiste en seguir los pasos de Jesús, y en tal seguimiento radica la identidad del discípulo. Sin embargo, no se puede ser discípulo en solitario, sino sólo caminando con los otros discípulos (sinodalidad) que también han sido llamados por Cristo. Por tanto, en el seguimiento de Cristo, no existe el discípulo “en singular”, sino sólo “en plural”. Más aún, el discípulo se hace tal, no simplemente caminando tras las huellas de Jesús, sino más precisamente, caminando con los demás “discípulo-s” (sinodalidad). Y justamente, este modo de caminar (sinodalidad) es lo que debe interpelar a otros (misión) que caminan solos para que se agreguen a esta marcha en conjunto. 

Sin embargo, la “sinodalidad”, entendida como este “caminar juntos”, puede ser sólo una bella metáfora de la esencial dimensión social de nuestra vida personal.  No obstante, a la luz del evangelio, “caminar juntos” supone recorrer la senda de la madurez humana. De hecho, los evangelios pueden comprenderse, en síntesis, como el compendio de todo lo que Jesús dijo e hizo, mientras transitaba el camino de Galilea a Jerusalén. “Cuando subían a Jerusalén”, Jesús advertía a sus discípulos acerca del “cruel” destino que le esperaba en la ciudad santa de la “paz.” (cf. Mc. 10, 32 -34). Pero “mientras iban por el camino”, los discípulos discutían acerca de quién sería, entre ellos, el primero (Mc. 9, 33-34). Enterado de semejante conflicto, Jesús reprende a sus discípulos y los amonesta, diciéndoles: «saben que los gobernantes de este mundo, dominan a las naciones como si fueran sus dueños; pero entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos.» (Mc. 10, 42-44)

Hacer del camino de nuestra vida, una “carrera” competitiva es, sin duda, un dictado inscrito en nuestra propia naturaleza animal. Como mamíferos que somos, los individuos humanos tendemos naturalmente a defender un lugar propio en el grupo y a combatir con los otros miembros del conjunto. Sin embargo, reconocer que las pugnas por el poder, entre los “seres humanos”, tienen un origen naturalmente “animal” no puede justificar nuestra conducta salvaje. A diferencia de los animales, los seres humanos hemos sido “llamados” a que “entre nosotros no sea así.” (Mc. 10, 43)

 “Caminar juntos” (sinodalidad) no es pues, una bella “metáfora”, sino el “real” imperativo que pone en tensión el natural deseo humano de competencia y sobrevivencia para que “salgamos” de nosotros mismos y vayamos al encuentro de los demás, no para someterlos ni dominarlos, sino para servirlos. El camino del discipulado no es el recorrido de un trayecto geográfico, sino un desplazamiento hacia la madurez de una humanidad tan divina como la de Cristo. “Este caminar” debe estar motivado y tensionado por el llamado a «no ser así», es decir, a «no ser» como lo dicta el mero impulso natural de autodefensa y guerra contra el otro. El discipulado es un llamado a ir más lejos, más allá, del propio interés porque como dice el proverbio africano: «si quieres llegar rápido, camina solo, pero si quieres llegar lejos, camina con otros.»

Debemos reconocer que “el poder enferma y el no poder enferma aún más.” Por eso, el camino sinodal debe perseguir la “saludable” meta de reconocer nuestros animales instintos de poder para “convertirlos” en impulsos de amor que nos conduzcan a cuidar y proteger a los más débiles. Pero, el cuidado del otro sólo comienza con el cuidado de las propias emociones instintivas. Esto significa que la exigencia sinodal de “caminar con otros”, resulta imposible sin el autocuidado mental y emocional. Curiosamente, mientras la Iglesia celebra, en octubre, el sínodo sobre la sinodalidad, el 10 de este mes, el mundo celebra el “día internacional de la salud mental.”

Rector de la Universidad Pontificia de México

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