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SAN ISIDRO LABRADOR ¿QUITA EL AGUA Y PON EL SOL?

El 15 de mayo, fiesta del patrono de Madrid, san Isidro labrador, va precedido por el día mundial de las aves migratorias (14 de mayo) y seguido por el día mundial del reciclaje (17 de mayo). Aunque ni la Iglesia ni la ONU se propusieron esta coincidencia entre el calendario litúrgico y el ambiental, no deja de ser curioso y significativo que la memoria de un santo agricultor esté flanqueada por estas fechas que apelan a cuidar nuestra casa común. Esta serie de efemérides parece querer decirnos que quien cree verdaderamente en la vida futura del cielo, no puede desentenderse de su responsabilidad presente, aquí en la tierra. El llamado a ser responsables con nuestro medio natural es más claro que el agua, incluso para quien no cree, pero tiene una conciencia rectamente formada por el juicio imparcial y objetivo de la razón.

Sobre este compromiso tanto de creyentes como de no creyentes nos habla la encíclica «Laudato Si’», firmada por el Papa Francisco, nada más y nada menos que un 24 de mayo de 2015. Aunque ya después del concilio Vaticano II, los papas se habían referido al preocupante asunto ecológico, sin embargo, ninguna encíclica había abordado el tema de manera tan exclusiva. El carácter inédito de la «Laudato Si’» se puede apreciar, por ejemplo, en la reacción que provocó entre algunos católicos de la esfera política, apenas se hizo su presentación ante la prensa.

Un día después de la publicación de la encíclica, el diario español El País, en su versión digital del 18 de junio, recogía algunas críticas reacciones, suscitadas en los Estados Unidos. Comenzaban entonces, las campañas internas de los partidos para elegir a su candidato presidencial. Entre los cinco aspirantes republicanos, además de Trump, que resultaría electo, se encontraban dos católicos, Marco Rubio y Jeb Bush. Como muchos de su partido, que niegan o ponen en duda el consenso científico sobre las causas humanas del cambio climático, el hijo de presidente y hermano de otro, dijo esperar no ser reprendido por su párroco, debido a que él no hacía depender sus políticas económicas de lo que dijera su obispo o el Papa. 

Parodiando un conocido versículo evangélico, se argumentaba que hay que dar «al Papa lo que es del Papa y al rey lo que es del rey» (cf. Mt.22,21), con la pretensión de relativizar y marginar el llamado ecológico de Francisco. De entrada, la encíclica fue juzgada como una intromisión, por parte de quien no sólo no tendría competencia política, en materia ecológica, sino tampoco científica. En este sentido, otro republicano católico, Rick Santorum, quien fuera precandidato a la Casa Blanca, en 2011, afirmó que «la Iglesia se había equivocado en cuestiones científicas en varias ocasiones, y [por eso sería] mejor que [los clérigos dejaran] la ciencia a los científicos, para así poder centrarse en cuestiones de teología y moral».

Las anteriores opiniones retratan ejemplarmente una mentalidad según la cual, la cuestión ecológica es de la incumbencia exclusiva de políticos y científicos, pero no de los creyentes. Se tendría la impresión de que el credo cristiano haría referencia a una realidad divina, abstracta y etérea que, de suyo, sería completamente ajena a la circunstancia histórica de la fe. En consecuencia, los valores morales, que expresan el compromiso de los creyentes con el mundo, estarían destinados a guiar la vida privada de los individuos, pero de ninguna manera, podrían considerarse como una referencia razonable para discernir sobre el bien común de una sociedad. Está más claro que el agua que a quienes sólo se instruyen con las «fast news» (noticias chatarra) de una «dark web», les ha pasado de noche, enterarse de las serias discusiones entre creyentes y no creyentes, preocupados por el bien común, como los diálogos entre el filósofo J. Habermas y el teólogo J. Ratzinger sobre «las bases morales prepolíticas del estado liberal», o el intercambio epistolar entre el literato Umberto Eco y el cardenal Martini.

La conciencia de habitar un mismo planeta nos debe ayudar a reconocer que lo que favorezca o perjudique a nuestro entorno común, no puede ser asunto exclusivo de la ciencia y la política. De ahí que tanto creyentes como no creyentes estamos obligados a contribuir, desde la propia tradición, a acrecentar la conciencia de nuestra responsabilidad frente al bienestar del conjunto. Por el bien de todo el entorno natural y social, debemos evitar pensar en términos de exclusión: ni el cuidado ecológico es un asunto puramente político y científico, ni las confesiones religiosas deben restringir su incidencia práctica al atrio del templo o de la sacristía.

Para muestra un botón: Isidro labrador fue un ejemplar creyente de finales del s. XI y comienzos del XII que además de cultivar la tierra, se dedicó a explorar pozos de agua en las tierras de la entonces naciente ciudad de Madrid que era azotada por una fuerte sequía. La aportación del humilde campesino a la fundación de la ahora capital española ha sido venerada por reyes, constructores, poetas, y toda una nación camina bajo su liderazgo. Por eso, aunque en los posteriores tiempos de fuertes temporales, la invocación más común fue pedir al santo “quita el agua y pon el sol”, la original oración invertía el orden, rogando por la retirada del extremo sol que provocaba el estiaje. El vaivén de la súplica al sencillo agricultor constata que, en efecto, el cambio climático no es exclusivo de nuestra época, pero su aceleramiento por causas humanas es, sin duda y lamentablemente, efecto de la actividad industrial de los países cuyos gobiernos y poblaciones se profesan tradicionalmente cristianos.

La crisis del agua es tan sólo uno de los más dramáticos y preocupantes efectos de dicho cambio climático. Particularmente, en Nuevo León, desde 1985, viene flagelando, cada vez con mayor violencia, a los más pobres. De cara a los más desfavorecidos y frente al planeta, ciertamente que gobiernos e inversionistas tienen una peculiar responsabilidad, pero no menor que tenemos los ciudadanos de a pie y los fieles creyentes que confesamos que la maravilla de la creación es tan grande como la responsabilidad que tenemos de cuidarla.

Rector de la Universidad Pontificia de México

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