SAN FRANCISCO Y LA VIDA DE ORACIÓN

Es verdad que muchas cosas nos preocupan y que todos hemos sentido más de una vez la necesidad de muchas cosas, y hemos tenido dificultades a lo largo de nuestra vida. También es verdad que hemos experimentado muchos, un respiro y una fortaleza al confiar y al dialogar con Dios. Pero también es verdad que son pocos los que en las dificultades o en las alegrías recurren a la oración.

 

Quiero compartir con ustedes algunas reflexiones acerca de la vida de oración de nuestro padre San Francisco, y como este nos motiva a hacer de la oración una forma de vida, un camino para abrirnos al Evangelio y testimoniar la esperanza con entusiasmo, en estos momentos complicados de nuestra sociedad.

 

Sabemos que la oración es el elemento central en la vida de cada bautizado, y más aún en la experiencia de una persona que ha abrazado la vida religiosa; pero vemos con tristeza muchas veces que la realidad no confirma esta apreciación.

San Francisco de Asís no escribió ningún tratado sobre la oración. Tampoco se preocupó demasiado en enseñar a sus hermanos un método de oración.  Sin embargo no le impidió ser un ejemplo, un testimonio para todos incluso en estos tiempos sobre lo importante que es la vida de oración.

 

En la biografía de Tomás de Celano se describe con una imagen, la oración de San Francisco: “No era tanto un hombre orante, sino más bien él mismo transformado en oración” (2Cel 95). Lo esencial en San Francisco de Asís, sobre la oración, se halla contenido en la siguiente frase de la Regla bulada: “Los hermanos por encima de todo deben anhelar: tener el espíritu del Señor y su santa operación” (2 R 10,8-9).

 

La oración, según San Francisco de Asís, es ante todo ese gran anhelo, esa búsqueda incesante del Espíritu del Señor y de su acción en nosotros. Muchas veces en nuestra vida experimentamos que no sabemos orar como es debido. para San Francisco de asís, hacer oración es aprender a decir «Padre». Y eso sabemos que sólo es posible gracias al. Espíritu del Señor es el gran iniciador en la vida de oración. Por eso debemos anhelarlo por encima de todo y dejarle actuar en nosotros. Y esto es precisamente a lo que San Francisco nos invita, a dejarnos guiar por el Espíritu, a convertirnos en hombres y mujeres que tomemos decisiones fundadas en la oración.

 

San Francisco de Asís es consciente de que muchas veces no nos dejamos guiar espontáneamente por el Espíritu del Señor, sean cuales fueren las circunstancias de nuestra vida. Muchas veces pareciera que por estar participando en la comunidad (Apostolado, misión, grupo parroquial, coordinación) nos estamos dejando guiar por el espíritu, cuando pudiera ser que no, muchas veces sin saberlo, nos dejamos guiar en todo ello por algo muy distinto del Espíritu del Señor.

 

¿Cómo podemos dejarnos guiar por el Espíritu? ¿Cómo podemos reconocerle?

Ante todo debemos de orar con un corazón puro. El mismo San Francisco de Asís inmediatamente después de exhortar a sus hermanos a anhelar por encima de todo tener el Espíritu del Señor, les invita a “orar continuamente al Señor con un corazón puro” (2 R 10,9).

 

Quien tiene un corazón  está consciente de su pobreza, tan importante en San Francisco, y de este modo se vuelve humildemente hacia el Señor, un corazón puro reconoce que sólo Dios es santo, y esto llena de tanta alegría que lo hace salir de sí, lo hace ser humilde, abrirse a los demás y salir de su egoísmo. Así reconoceremos el Espíritu y nos dejaremos guiar por él. Para crecer en el amor.

 

San Francisco es un testigo vivo de cómo crecer en el amor, en nuestra manera de comprender la vida cristiana y cómo profundizar en nuestra relación con Cristo. San Francisco de alguna manera renovó la espiritualidad cristiana centrándolo todo en el amor a Dios, la pobreza y la alegre fraternidad.

 

Por eso hoy los y las invito a rezar juntos esta oración que sintetiza al hombre hecho oración:

 

¡Oh alto y glorioso Dios!, ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para que cumpla tu santo y veraz mandamiento.   (Oración de San Francisco ante el crucifico de San Damián) Amén.

 


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