En el santoral de la Iglesia católica, el 15 de noviembre corresponde a la memoria de san Alberto magno, patrono de los “científicos”. Y precisamente, este 2024, la fecha coincide con el último día de la semana internacional de la “ciencia y la paz”. Pero, el 15 de noviembre coincide también con “el día mundial sin alcohol”, establecido por la Organización mundial de la salud (OMS). Esta efeméride tiene la finalidad de ayudarnos a “tomar conciencia” de que “tomar”frecuentemente alcohol, conlleva el riesgo de la “adicción” y ésta provoca daños irreparables en nuestra salud física y mental.
El propósito de un “día sin alcohol” es, sin duda, loable, pero no faltará alguno que recuerde la picardía del conocido refrán que reza: «el que a este mundo “vino”, pero no toma “vino”, entonces, ¿a qué “vino”?». Pese a su sabor sarcástico, el dicho popular ofrece una pista para responder a la compleja pregunta de ¿qué es el hombre? Y es que sencillamente se puede decir que “el hombre es hambre”, o más precisamente “sed”, porque no hay persona que llegue a este mundo sin tener un hambre que, primero, se ha de saciar “tomando” la natural bebida materna que es la leche.
El “hambre” es comúnmente universal a todo “hombre”, pero también a todo animal. La animalidad no es ajena a nuestra condición humana. En primer y último lugar, somos animales porque nacemos como tales y lo seguimos siendo hasta el final. Sin embargo, a diferencia del resto de los mamíferos, además de tener hambre por instinto, los seres humanos “aprendemos” a beber y, más tarde, a comer. Y el bebé “aprende”, no porque alguien le “enseñe” a sentir la natural necesidad, sino porque al satisfacer su apetito, “aprende” el “modo” como ha logrado tranquilizarse. Y ¿cómo lo ha logrado? si no es que de manera “mágica”. Al infante le ha bastado llorar para que su deseo se convierta en realidad. Desde muy temprano, “aprendemos” a “fantasear” que somos así de “omnipotentes”, que “todo lo podemos” tan sólo con imaginar y gritar.
Con el beber y el comer aprendimos la fantasía de que somos dignos de ser atendidos y amados. Que cierto es que “no sólo de pan vive el hombre” (cf. Dt. 8,3; Mt.4,4) porque crecemos con la sed y el hambre de “satisfacer” nuestro deseo de ser amados. El cachorro humano no sólo “necesita” alimento, sino que “desea” ser alimentado por alguien que, con sus gestos y cuidados, le haga saber que le importa el hambre que él es. Pero a lo largo de nuestra vida, ¿cuántas veces queda insatisfecha esta sed? ¿Cuántas ocasiones queda sin saciarse nuestra hambre? ¿Cuántos ayunos y privaciones de amor padecemos? En realidad, muchos de nuestros desórdenes en el beber y en el comer no tienen qué ver con una “necesidad”corporal, sino con un “deseo” emocional.
Desde la primera infancia, nuestra mente ha aprendido a “asociar” el alimento con aquello que necesitamos no sólo para vivir, sino para “sentirnos vivos”. Por eso, es natural que muchas veces, comamos y bebamos sin límite, como para “probar” así, la satisfacción y el sabor que no encontramos en el trato con nuestros semejantes. Esta es la razón por la que fácilmente nos entregamos a un consumismo compulsivo. Incapaces de consumar nuestra sede de amor, caemos en los vicios y los desórdenes o patologías del gusto, como el alcoholismo, la gula, la drogadicción, pero también la bulimia y la anorexia. Otras veces, buscamos “probar” el sentido de nuestra vida, intentando “poder” hacer “todo” lo que queremos, sin respetar a nadie, ni nada. Esta inmadura “omnipotencia infantil” está en el origen de todos los vicios y desórdenes de nuestra relación con las cosas y las personas; o sea, es la raíz de todo tipo de “abuso”.
Ciertamente, las causas de las adicciones son multifactoriales, pero la psicología, expresada en la lírica de las canciones populares, manifiesta que tras del apego al alcohol, hay un deseo de afecto insatisfecho: «Por tu amor que tanto quiero y tanto extraño que me sirvan otra copa y muchas más; que me sirvan de una vez pa´todo el año que me pienso seriamente emborrachar.» Pero no sólo las canciones, sino también las estadísticas dan cuenta del factor humano como causa de las toxicomanías. Por ejemplo, durante la pandemia, se registró un aumento en el consumo de alcohol, por parte de los jóvenes, mientras que las personas, que estaban en proceso de dejar de beber, tuvieron recaídas por el confinamiento.
No es pues raro que, en el pasado s. XX, el alcoholismo haya empezado a considerarse una “enfermedad”, así como la causa principal de la muerte de 3.5 millones de personas, al año. Además, el alcoholismo fue identificado como causa de múltiples padecimientos en la condición física y mental de unos 50 millones de individuos. Por eso, a la hora de levantar y estrechar la copa para brindar y decir “salud”, conviene que no nos “tomemos” a la ligera estos alarmantes datos. Mejor “tomemos” conciencia de que nuestra “salud” estará en riesgo, si con ingenuidad suponemos que nuestras hondas carencias personales las podremos “llenar”, ahogándolas en el fondo de unas botellas, repletas de alcohol, pero vacías del afecto del que verdaderamente tenemos sed.
Rector de la Universidad Pontificia de México