¿QUÉ PASA DESPUÉS DE LA MUERTE?

Por Pbro. Dr. Alberto Anguiano García

Cuando nacemos, todo nos resulta desconocido, hasta nuestro propio llanto; somos simplemente un amasijo de sensaciones incómodas y placenteras que no tienen significado. Sin embargo, de aquella fecha de la que solo tienen memoria los demás, hacemos un festejo año tras año, aunque, en realidad, de ese día, uno no sabe absolutamente nada. 

Algo semejante sucede con el día en que alguien se va para siempre porque es también una fecha de la que solo los otros tienen memoria; no obstante, se trata en cambio, de una experiencia de la cual los otros, que quedan con vida, no saben absolutamente nada. ¿Cómo alguien experimenta su muerte? Es esta una pregunta cuyo carácter paradójico y misterioso se aprecia mejor, solo si se pregunta ¿cómo se vive la muerte?

La muerte es siempre un hecho ajeno y solo podemos contar cómo sucede, pero no cómo se vive. Cuando se vive la muerte, entonces ya no es posible narrarla. Y es esta absoluta ignorancia la que tanto asemeja al morir con el nacer. Por eso, morir nos devuelve al misterio de nacer. Entre el nacer y el morir, se coloca la vida, como un despertar a la conciencia de nosotros mismos y de lo que experimentamos. Pero con el morir, a la conciencia le pasa lo mismo que con el dormir, callamos e ignoramos lo que nos pasa.

Si bien es cierto que no sabemos cómo alguien vive su muerte, cada cual sabe que el dolor por la muerte de otro tiene el sabor de la propia. Dicen que “nacemos llorando y llorando nos despiden”; el dolor por la separación de un ser querido es inédito, tan original e irrepetible como nuestra huella digital. Podemos decir cómo pasó la muerte de otro, pero nada sabemos de cómo vivió su muerte. De igual manera, aunque ciertísimamente sabemos lo que nos duele la muerte de quien queremos, es imposible que los otros sepan cómo nos duele esa separación por más que se los contemos. Cuando nos hemos golpeado la cabeza, alguien puede imaginar nuestro dolor, si le ha pasado lo mismo, pero el sufrimiento es completamente personal.

En este 2 de noviembre, conmemoración de todos los fieles difuntos, cada cual sentirá su propio dolor, pero a diferencia de otros noviembres, en este 2020, quizá podamos sentirnos menos solos o mejor aún, un poco más cercanos en la pena. En este año, la crudeza de la muerte se ha asomado en más de un millón de víctimas del covid 19. En nuestro país, la suma de los fallecidos asciende por encima de las ochenta mil personas. La cifra puede ser impresionante para todos, pero son más de un millón, los familiares y conocidos que, en el mundo entero, sufren como ninguno la irreparable pérdida de sus seres queridos.

La terrible pandemia que nos aqueja ha obligado a los deudos a evidenciar materialmente la tragedia de la separación. Han sido muchos los que, a causa de este virus letal, han tenido que morir en completo aislamiento, sin la compañía afectuosa de los suyos. Y muchos otros que han muerto por otras causas no han podido ser llorados con los ritos sociales y religiosos que expresan el duelo. En esta crítica circunstancia, a la pena de la pérdida se ha agregado la no menos dolorosa pena de “aceptar” que mueran solos, a la distancia nuestra o que no podamos llorarles públicamente. Aunque dolorosa y dramática, esta separación nos debe enseñar que la vida es este misterioso y paradójico juego de acercarnos y alejarnos de aquellos que, con su amor, no sólo nos han dado vida, sino un sentido que nos identifica singularmente como un Yo.

En el inicio de nuestra personal existencia, estuvimos íntimamente cercanos a la madre que gestó nuestra vida, pero si nos hubiéramos quedado en su seno, habríamos perecido y tal vez, ella con nosotros. La vida exige separación y la muerte es la más grande separación, exigida para una más grande vida. La muerte de nuestros seres queridos es un doloroso parto; ellos parten para otro mundo, desconocido para los vivos, como el espacio uterino, desconocido para los que tienen conciencia de haber nacido. 

Separarnos de aquellos a quienes amamos, debe ser, en medio del llanto, un gozoso alumbramiento porque a la luz de su muerte, conocemos un poco más la propia, y entonces, sabemos que el juego de la vida, por doloroso que parezca, se gana cuando se pierde (cf. Jn. 12, 24 -25). Para vivir es imperativo aprender de nuestras pérdidas. En definitiva, el secreto de la vida consiste en no temer, ni resistir el diario morir. No sirve maquillar la arruga, disfrazar la enfermedad o intentar parar de sufrir porque la vida es así, vulnerable y mortal; pasar el día y cada día, resistiendo y temiendo, no es vivir. Por eso, no te preocupes por saber qué pasa después de la muerte, ocúpate de que ahora pase lo que quisieras atesorar toda una eternidad.

Por Pbro. Dr. Alberto Anguiano García

Profesor de la UPM


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