Un primero de mayo, pero del año 418, cerca de doscientos obispos se reunieron en la ciudad de Cartago, al norte de África (ahora, Túnez), para definir lo que, según la fe, se puede considerar como revelado por Dios respecto a la muerte de Adán y de toda la descendencia humana.
Aclarar ¿por qué morimos? fue algo que se hizo necesario, cuando alrededor del 411, un monje de probable origen británico, llamado Pelagio y que había vivido largo tiempo en Roma, se trasladó, junto con su discípulo Celestio, al norte de África. Ahí empezó a motivar la práctica de la virtud y la penitencia, enseñando que cuando Dios creó al ser humano, le dio la “gracia” de una “voluntad”, capaz de decidir y de hacer cosas buenas. Y aunque, en principio, esta manera de pensar parecía muy aceptable, los obispos africanos advirtieron no pocas dificultades para conciliar tal idea con la enseñanza paulina de que «el pecado había entrado en el mundo a causa de un solo hombre, y por el pecado había entrado la muerte, de modo que también la muerte se propagó a todos, por cuanto todos pecaron.» (cf. Rom. 5, 12). En consecuencia, si “todos pecaron”, ¿cómo se podría afirmar que la voluntad humana no habría sido debilitada por la transgresión del padre de todos?
Sin embargo, los cuestionamientos que suscitaba la doctrina pelagiana tenían qué ver, sobretodo, con la confesión central de la fe cristiana, según la cual, Cristo murió para redimirnos del pecado y resucitó para liberarnos de la muerte. Pero, si a juicio de Pelagio había que llamar “gracia” a la “voluntad” con la que Dios creó a Adán, entonces ¿en qué consistiría la “gracia” de la redención de Cristo? Y si una persona podría salvarse por la natural voluntad de desear y hacer buenas obras, entonces, ¿para qué habría muerto Cristo en la cruz? ¿no acaso para liberarnos del pecado a causa del cual la muerte dominó a todos?
Para los obispos, no había duda de que la esperanza cristiana consistía en participar de la nueva vida de Cristo resucitado, mediante el bautismo, precisamente por la convicción creyente de que la muerte había sido la consecuencia del pecado. Por eso, juzgaban necesario que, incluso los niños recién nacidos, recibieran tal sacramento que, con razón, era administrado bajo la fórmula «Yo te bautizo para remisión de tus pecados», pues el pecado sería la raíz y causa de la muerte.
Aunque Pelagio no se oponía a la práctica del bautismo de infantes, su discípulo Celestio alegaba que era “incoherente” bautizar a los niños con esa fórmula, ya que los recién nacidos no podían todavía hacer uso de su voluntad y, por tanto, eran incapaces de pecado, pues por definición, todo pecado es siempre un acto libremente decidido.
Por lógico que pareciera el argumento de Pelagio y Celestio, su razonamiento amenazaba la fe de la Iglesia en la “universalidad” de la redención de Cristo, así como la fe en la consecuente necesidad que “todos” tenemos de recibir el bautismo. El mismo san Agustín se preguntaba ¿cómo podría llamarse a Cristo redentor de los niños, si se suponía que ellos eran inocentes; por tanto, si los infantes no tenían pecado ¿de qué habrían sido redimidos?
Fue así que ya en el año 411, los obispos africanos se reunieron, por primera vez, en Cartago, para definir que, eran contrarias a la fe cristiana, las siguientes afirmaciones: a) la muerte física es natural, de modo que aunque Adán no hubiera pecado, comoquiera habría muerto; b) el pecado de Adán no es causa de la muerte, ni afectó a todo el género humano, de manera que los niños nacen inocentes; c) por su buena voluntad, todos tiene la gracia de poder no pecar y la posibilidad de alcanzar la vida eterna, observando la ley de Moisés o el evangelio; d) Por eso, antes de Cristo, hubo justos que no pecaron porque obedecieron los mandamientos.
Pese a todo, las advertencias del primer sínodo de Cartago no fueron suficientes, pues tanto Pelagio, como Celestio abandonaron África y se desplazaron al oriente, donde la discusión era poco conocida. Así, Celestio logró ser ordenado sacerdote en Éfeso y por su parte, Pelagio consiguió que, en el 415, un sínodo reunido en Jerusalén y otro, en la ciudad de Dióspolis de Cesarea, le absolvieran de toda acusación. Estas resoluciones provocaron que, un año más tarde (416), los Obispos africanos convocaran un segundo sínodo en Cartago y otro más, en Milevi para refrendar sus condenas. El Papa Inocencio aprobó sus determinaciones, pero murió en marzo del 417 y cuando su sucesor, el Papa Zósimo levantó las censuras a los dos acusados, los africanos realizaron el tercer sínodo de Cartago, un primero de mayo del 418. Después de este sínodo, Zósimo haría circular la carta “tractatoria”, confirmando las sentencias que los Obispos habían impuesto contra Celestio y Pelagio.
Rector de la Universidad Pontificia de México