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¿POR QUÉ HACEMOS LO QUE NO QUEREMOS?

En la quinta sesión del concilio de Trento, celebrada el 17 de junio de 1546 quedó aprobado el decreto sobre “pecado original”. Los errores de Lutero a este respecto habían dado ocasión para que los obispos, como maestros de la fe, propusieran oportunamente, como auténtica verdad de fe, una doctrina que, mil años atrás, habían hecho ya común, tanto los escritores de la primera era cristiana (padres de la Iglesia), como los sínodos de Cartago (411, 416, 418) y de Orange (529).

En el s. V, san Agustín había alertado contra la manera tan optimista con la que el monje Pelagio concebía la voluntad humana. Según Pelagio, a nuestra voluntad le fue dada por el Creador, el poder querer y hacer el bien. Por eso, no consideraba necesaria la ayuda de la gracia redentora de Cristo para hacer las obras que merecen la salvación.

Pero para san Agustín era claro que, sin tal ayuda, sería imposible que la voluntad quedara liberada de la esclavitud a la que la había sometido el pecado de Adán. Por ello, defendía la idea de que todo ser humano, al nacer, era incapaz por sí mismo de desear y hacer el bien que Dios manda. Tal incapacidad, entendida como una enfermedad o herida, justificaba la necesidad de bautizar a los niños.

Por su parte, los obispos del norte de África, en los tres sínodos realizados en Cartago, confirmaron que era ajeno a la fe de la Iglesia, sostener, como Pelagio, que la gracia consistía en el poder y querer con el que el Dios había dotado la voluntad humana desde el momento de crearla.

Mucho tiempo después, tratando de seguir las enseñanzas de san Agustín, pero de una manera más radical, Lutero comenzó a enseñar que la voluntad humana no sólo había sido herida por el pecado, sino que había sido absolutamente aniquilada. Pero tal afirmación no es sólo contraria a la fe, sino al puro sentido común, pues cualquiera se da cuenta que, si el ser humano no posee, en absoluto, voluntad alguna, entonces ni es un ser humano, ni puede ser responsable de ningún acto, ni mucho menos de un pecado.

Al sostener Lutero la absoluta incapacidad de la voluntad humana para querer y poder hacer lo que Dios le manda, no sólo se oponía al optimismo de Pelagio, sino que defendía un completo pesimismo que tampoco era enseñanza de la Iglesia. Por ello, el primero de los cinco cánones del Decreto tridentino sobre el pecado original, definió que el pecado de Adán no sólo lastimó al cuerpo, causándole la muerte, sino que también lastimó la voluntad del alma.

La muerte del cuerpo a causa del pecado es una enseñanza que explícitamente se propuso en los tres sínodos celebrados en Cartago (s. V). Pero fue hasta el s. VI, cuando en el sínodo de Orange, se defendería que el pecado de Adán no sólo había sido causa de la muerte física, sino también causa de la herida que la voluntad padeció, haciéndose esclava y, por tanto, incapaz de querer y hacer el bien saludable.

El sínodo de Orange tuvo lugar un 3 de julio del año 529. En esa ocasión, catorce obispos concurrieron en aquella ciudad del sur de Francia para la consagración de una Iglesia. San Cesáreo, Obispo de Arlés, aprovechó la circunstancia para que dichos obispos aprobaran algunas enseñanzas de san Agustín sobre la necesidad que la voluntad humana tiene de la gracia redentora de Cristo para poder creer y hacer lo que Dios pide.

San Cesáreo juzgó conveniente dicha aprobación por parte de aquellos obispos, ya que, en el sur de Francia, los monjes practicantes de sacrificios y penitencias, por una parte, no negaban que, como decía Agustín, la gracia redentora de Cristo era necesaria para querer y hacer lo que él manda. Sin embargo, por otra parte, afirmaban, como Pelagio, que la voluntad humana, por sí misma, era capaz, al menos para creer en Dios y sus mandatos. Este razonamiento de los monjes dio lugar a que Próspero de Aquitania, un laico conocedor de los escritos de san Agustín, difundiera y defendiera las enseñanzas que sancionaría el sínodo de Organge.

Desde aquel 3 de julio, el sínodo de Orange definió que el pecado de Adán había lastimado la voluntad humana, haciéndola incapaz de querer y hacer libremente lo que Dios manda. Sin embargo, tal herida, de ninguna manera, habría implicado la completa destrucción de la voluntad, como luego, creyó Lutero. Y en efecto, es innegable que tenemos una voluntad propia, como lo demuestra el hecho de que no todos queremos lo mismo, ni de la misma manera. Pero que tal voluntad está debilitada por la herida del pecado, lo demuestra el hecho de que, aunque queremos el bien, como dice san Pablo, no lo hacemos y, aunque aborrecemos el mal, sin embargo, lo actuamos. (cf. Rom. 7, 14 -20).

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