El último día del pasado 2022 fue la fecha de la lamentable muerte del querido Papa emérito, Benedicto XVI. Un Papa que, entre otras muchas cosas, será recordado por haber sido, después de Celestino V (1294) y Gregorio XII (1415), el tercer pontífice que ha presentado su renuncia. Una peculiaridad semejante nos hace recordar también, en este mes de febrero, al Papa Pío IX ya que, en la larga historia de los 266 sucesores de Pedro, su pontificado se caracteriza por haber sido el segundo más largo. En efecto, su papado sumó un total de 31 años, desde el 16 de junio de 1846 hasta el 7 de febrero de 1878, día de su muerte. No extraña, por ello, que el 7 de febrero fuera designado como el día propio para la celebración litúrgica de su beatificación.
Pero además de su largo pontificado, Pío IX también es recordado por ser el primer papa que hizo uso de la prerrogativa de la infalibilidad papal, al declarar, de modo «ex cathedra», el dogma de la inmaculada concepción de María, el 8 de diciembre de 1854. La expresión latina «ex cathedra» significa literalmente “desde la cátedra”, en cuanto remite a la enseñanza que el maestro (“magister”) hace “desde su sede”. Por eso, en el lenguaje teológico, la declaración de un dogma, de modo «ex cathedra» supone tres cosas: a) que el Papa habla y enseña, no sólo a título de Obispo de Roma, sino en cuanto cabeza de la Iglesia Universal; indica también que b) su enseñanza se refiere no a cualquier ámbito de conocimiento, sino sólo y estrictamente a aquél que corresponde al de la fe y la moral de la Iglesia; y finalmente que c) tal enseñanza es propuesta a los fieles de modo definitivo e irreformable.
Conviene recordar que un «dogma» es todo aquello que el “Magisterio” de la Iglesia (los Obispos en comunión con el Papa) propone a los fieles para ser creído como una verdad, revelada por Dios para nuestra salvación. En este sentido, los Obispos convocados y reunidos, en concilio, por el Papa, pueden definir juntamente con él, un dogma. Sin embargo, también es posible que aún cuando los Obispos no estén reunidos en concilio, con el papa, éste, en comunión con ellos, proponga un dogma, al declarar explícitamente que habla «ex cathedra». Justamente, una primera declaración de este tipo fue la que hizo Pío IX sobre la Inmaculada concepción.
Si una declaración «ex cathedra» implica que la enseñanza del papa debe ser creída como una verdad revelada por Dios, entonces, tal declaración presupone que quien enseña no se puede equivocar, es decir, que es “infalible”. La “infalibilidad” del romano pontífice fue definida como un dogma por el concilio Vaticano I, en el capítulo IV de la Constitución «Pastor aeternus» (18 de julio de 1870). Con este dogma de la “infalibilidad” quedó garantizado que la enseñanza del Papa y los Obispos, en materia de fe y costumbres, es una verdad que podemos creer en orden a nuestra salvación.
Pero la doctrina de la infalibilidad será completada, años más tarde, por el concilio Vaticano II (1962-1965). En la Constitución «Lumen Gentium» (Luz de las naciones), el concilio sostiene que, en realidad, la “infalibilidad” es una cualidad espiritual del entero cuerpo de la Iglesia y que se manifiesta en el “hablar” del Papa, como su cabeza visible. El conjunto de los bautizados conforma todo el organismo de la Iglesia al que anima el Espíritu Santo, como su propia alma. Es este Espíritu quien asegura que todos los fieles puedan reconocer siempre a Cristo, su Maestro, además de recordar sus Palabras e identificar su saludable verdad. Es a este carisma de los fieles, a lo que el Vaticano II ha llamado el «sentido de fe».
La correspondencia entre la doctrina de la «infalibilidad» del Magisterio (el Papa y los Obispos) y la del «sentido de fe» de todos los bautizados quedó igualmente patente en el caso de la Inmaculada ya que, aunque este dogma no fue definido por un concilio, sino por una declaración «ex cathedra» del Papa, ello no significó que fuera una decisión individual o arbitraria del Pontífice. Por el contrario, mucho antes que el Papa, habían sido los mismo fieles, movidos por su “sentido de fe”, quienes desde el siglo VII, en Oriente, y desde el s. IX en Occidente, confesaban que María había sido concebida sin pecado. Esta confesión de los fieles se sostuvo, pese al distinto parecer de algunos santos y destacados doctores de la Iglesia, pero sólo hasta el s. XIX, dicha creencia fue declarada como una verdad revelada. El «sentido de fe» de los fieles laicos consiste en la fe y confianza que tienen en lo que enseñan sus maestros y pastores, del mismo modo como, en una familia, los hijos creen, con obsequiosa devoción y respeto, todo cuanto sus padres les enseñan. Aún cuando los hijos tengan grados universitarios que los padres no poseen, éstos son dignos de fe por el sólo hecho de que sus enseñanzas contienen conocimientos y valores para una vida conveniente y saludable. De igual modo, sucede que los padres tienen tal fe y confianza en lo que sus hijos dicen que acaban aceptando la verdad de sus palabras, aunque puedan no consentir en su comportamiento.
Rector de la Universidad Pontificia de México