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PARA SUBIR AL CIELO SE NECESITA…

Hace ya un año, el 9 de mayo de 2024, el papa Francisco, de feliz memoria, firmó la bula con la que convocaba al presente año jubilar. La fecha coincidía, entonces, con la fiesta litúrgica de la «Ascensión del Señor» que los evangelistas describen como la «subida al cielo» del Resucitado. (Cf. Mc. 16, 19; Lc.24, 51; Hech. 1, 9 -12). El «cielo» es el nombre con el que la Biblia se refiere, en general, a la «morada de Dios». En particular, la tradición cristiana ha usado comúnmente la palabra «cielo» para hablar del misterio de la «vida futura». Por ello, no extraña que la expresión «cielo» se haya convertido en sinónimo de «salvación».

Y puesto que la «salvación» es el corazón de la literatura bíblica, toda la enseñanza de la Iglesia trata, obviamente, de ella. Así, por ejemplo, en la misma bula de convocatoria del jubileo, el papa manifiesta el deseo de que «el año santo pueda ser para todos un momento de encuentro vivo y personal con Jesús, puerta de salvación» (cf. Jn. 10, 7.9). En este conocido pasaje de san Juan, citado por Francisco, Jesús se identifica como «puerta de salvación». Y se puede notar, entonces, cómo «puerta», al igual que «cielo», son dos sustantivos que designan realidades concretas, mientras que la «salvación» alude a la abstracción de una «vida futura».

Ahora bien, dado que «cielo» y «puerta» apuntan a nociones muy específicas, resulta muy comprensible que estos términos, en lugar de explicar qué es la «salvación», muchas veces, acaban más bien, sustituyendo literalmente su significado. En consecuencia, se piensa lógicamente que la «salvación» es un lugar o un espacio celeste, por encima de la tierra, al que se puede ir, después de esta vida, y al que se puede entrar por alguna «puerta» de la que san Pedro tiene las llaves. De este modo de hablar tan concreto de algo tan abstracto, se sigue también que, a propósito de las «indulgencias», más de uno se pregunte, si para conseguirlas o ganarlas, basta con atravesar la «puerta santa» de alguna de las cuatro basílicas mayores, además de cumplir con los requisitos básicos (1. confesión, 2. comunión y 3. oración por las intenciones del Papa). 

Pero si alguien nos advirtiera que la sola puesta en práctica de los mencionados requerimientos no fuera, de suyo, suficiente, ¿qué se necesitaría, entonces, para obtener la «salvación»? o ¿qué se necesitaría para «ir al cielo»? Y si el cielo fuera una morada en las alturas, a la inquietante pregunta se podría responder, al ritmo del pegajoso estribillo de la “bamba”, diciendo que «se necesita una escalera grande y otra chiquita». Desde luego que, en el caso de esta melodía popular, todo mundo entiende que ni el «cielo» al que se quiere subir ni la «escalera» que se necesita para lograrlo son las realidades materiales que tales palabras indican. Se trata, más bien, de otra cosa que no es una cosa.

Sin embargo, con las palabras-imagen que remiten al misterio de la salvación parece que no sucede lo mismo que con el cielo y la escalera de la bamba. Y esto, tal vez porque, como decía el papa Francisco en su homilía del 22 de octubre de 2013, al comentar el capítulo cinco de la Carta a los Romanos, «lo que san Pablo dice a propósito de la salvación “se entiende sólo de rodillas, en la contemplación; no únicamente con la inteligencia” porque “cuando la inteligencia quiere explicar un misterio, enloquece siempre.» 

Por eso, ya en la víspera del jubileo del año dos mil, el papa Juan Pablo II aclaró, en su catequesis del 21 de julio de 1999, que «el “cielo” no es un lugar físico entre las nubes, sino una “relación”, un “encuentro vivo y personal” con la santísima Trinidad.» Y si el cielo no es un lugar al que se va después de la muerte, entonces, el “encuentro vivo y personal” con el Dios trino debe ser una experiencia que se puede probar ya, desde ahora, en esta tierra, especialmente, en una circunstancia temporal como el «año santo» que, en la bula de convocatoria, Francisco ha descrito, justamente, como «un momento de encuentro vivo y personal con Jesús, puerta de salvación.»

 La peregrinación a una basílica, el ingreso por la puerta santa, la confesión, la comunión y la oración por el papa, no son simples «requisitos» a cumplir, sino «condiciones» espacio temporales que, en razón de nuestra natural «condición física», estimulan nuestros sentidos para «elevar», más allá de este mundo, nuestra experiencia corporal a un estado de conciencia que hace posible la conversión de nuestra manera de pensar y de actuar, es decir, la transformación de nuestro modo personal de ser. 

En consecuencia, las «indulgencias», que se pueden «ganar» durante el año santo, no son tampoco una especie de salvoconducto para poder ingresar en un supuesto lugar llamado «cielo». Las «indulgencias» son esas experiencias de «purificación y restauración interior» que logran, en nosotros, una conciencia más dispuesta e intensa del amor que Dios nos tiene, ya que como dice el papa Francisco «Dios no nos salva sólo mediante un decreto, con una ley; nos salva con ternura, nos salva con caricias, nos salva con su vida por nosotros». En este sentido, las locuciones «cielo», «salvación» y «puerta» forman parte de un vocabulario cuyo significado gira en torno a nuestra personal relación con Cristo. El año santo es la oportunidad propicia para disponernos a esta relación de encuentro personal que nos salva.

Rector de la Universidad Pontificia de México

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