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NO APTO PARA TODO PÚBLICO

Muy apreciado lector, antes de avanzar en el desarrollo de estas líneas, considero importante aclarar que el presente contenido no es apto para todo público. Por tanto, su clasificación, como en el caso de algunos programas de televisión, es restringida. Ciertamente, el tema a tratar puede herir la susceptibilidad de más de alguno. Si usted se dedica, por «oficio», a la política, le recomiendo no seguir adelante con la lectura. No precisamente porque aquí se vaya a mal hablar de los servidores públicos, sino justamente porque de sus errores ya se ha hablado “bastante mucho demasiado”.

 

Y pido disculpas por el pleonasmo, pero no tengo la culpa de que la Real Academia de la lengua no haya admitido una expresión parecida para designar los excesos que se padecen en la realidad. Lo que, más bien, parece incorrecto, en este caso, no es un mero asunto de lenguaje, sino de actitud. El problema no es de lenguaje, sino de lengua, pues como se dice popularmente “de lengua, me como un taco”; es decir que en cuestión de política, podemos hablar mucho y hacer poco. Me refiero a ese comportamiento ciudadano que gasta tiempo, energía e ideas para gritar, a los cuatro vientos, un mal tan obvio que no sólo necesita ser señalado con palabras, sino que requiere ser combatido con hechos. El contenido de este texto, está pues dirigido a los que, como adultos, no sólo se quejan de los otros y reparten culpas, sino que buscan soluciones.

 

No es pues que se quiera ocultar aquí la evidente descomposición moral del sistema político mexicano porque tal intento resulta simplemente imposible. Más bien, el propósito consiste en advertir que, aunque el «oficio político» sólo lo ejercen algunos, la «cuestión política» debe ser del interés de todos. Esta advertencia resulta pertinente, sobre todo, de cara a la histórica jornada electoral a celebrarse el próximo 6 de junio. Como sabemos, en este ejercicio democrático habrá que elegir simultáneamente a los representantes de cargos federales y locales, en 32 entidades federativas del país.

 

A un mes de haber arrancado las campañas para la gubernatura en nuestro estado, como en San Luis Potosí, Sonora, Colima y Guerrero, este 5 de abril arrancan también las campañas para la elección de 300 diputaciones por el principio de mayoría relativa y 200 por representación proporcional. Ante el dramático desequilibrio socioeconómico que enfrentamos ahora como nación, no podemos darnos el lujo de cruzarnos de brazos para ver qué futuro nos decidirán otros o, peor aún, cuál futuro nos deparará la suerte. Por tanto, conviene caer en la cuenta que difundir, lo mismo que leer, en las redes sociales, los memes y mensajes de quejas y lamentaciones, hasta el grado de la mofa y el sarcasmo, sobre funcionarios públicos y candidatos en campaña, son quizá un liberador desahogo. Pero estos no son tiempos para buscar, por esta sola ruta, la personal y privada “tranquilidad emocional”.

 

Ciertamente, es preocupante que, aún en estos tiempos de pandemia, los feminicidios y la delincuencia organizada sigan creciendo y engordando, simplemente, al ojo de las cómplices omisiones de las Instituciones, responsables de garantizar la estabilidad social. Pero ante esta crisis, acrecentada por el COVID-19, es necesario tomar conciencia de que no basta la abierta indignación en las redes o en las calles, pues aunque las manifestaciones en la vía pública y en el espacio electrónico son un derecho civil, no son suficientes.

 

Es preciso reconocer que los protagonistas de la política no son sólo «los políticos», sino todos nosotros ciudadanos y, más aún, los que nos confesamos creyentes. No se puede simplemente denunciar la corrupción política, sin caer en la cuenta de que la política la hacemos todos, activa o pasivamente. Es urgente convertirnos en ciudadanos responsables, conscientes no sólo de nuestro derecho a quejarnos, sino también de nuestro deber de respetar y hacer respetar las instituciones.

 

Sin duda que, a la hora de votar, la honestidad no es sólo una exigencia para los árbitros electorales, sino también un imperativo para las motivaciones de nuestra elección política. Pero la democracia no sólo se juega en las elecciones del próximo 6 de junio porque lamentablemente, incluso el derecho al voto, puede estar secuestrado por las injustificadas opciones ofertadas por los partidos. Por ello es necesario que transformemos el coraje, la impotencia y el descontento social en motivaciones e ideas, generadoras de civilidad.

 

Lo que a México le urge no son sólo políticos honestos y responsables, sino también una auténtica ciudadanía independiente y políticamente activa. A nosotros, los ciudadanos de a pie, a los que nos obliga sin distinción, el cumplimiento, ya no digamos de las leyes de la Constitución mexicana, sino el pago de los impuestos y hasta el reglamento de tránsito, a nosotros también corresponde el deber de construir, poco a poco, una cultura de la legalidad. Sumergidos ya en una global cultura mediática, no podemos condenarnos a ser sólo consumidores del espectáculo porque divertirse es una distracción, pero no una solución. Por eso, no deja de llamar la atención que, en este proceso electoral 2021, no pocos actores, deportistas, cantantes y otros famosos estén contendiendo por un cargo público.

 

Está por demás claro que, si «la política» es una responsabilidad de todos, el «oficio» de la política no es apto para todo público, sino sólo para aquellos ciudadanos que saben someterse, con responsabilidad, a las leyes (no siempre justas en su estipulación y en su aplicación), pero sobre todo, a los valores que exige una sociedad democrática.  

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