El 23 de mayo de 1707 nació, en Rashult, Carlos Linneo, el médico y botánico sueco cuyo innovador sistema de clasificación natural, a tres siglos de su invención, sigue vigente hasta nuestros días, permitiendo la identificación y denominación de cada ser vivo, en nuestro planeta. Fue este excepcional naturalista quien, en la décima edición de su obra «Systema naturae» (“Sistema de la naturaleza”), bautizó a la “manada humana” con el nombre de «homo sapiens» (“El que piensa”).
La etiqueta dada por Linneo a nuestra raza no se basó en los rasgos anatómicos, sino en la singular capacidad de “pensar”. No obstante, en su taxonomía, el ser humano quedó incluido dentro del reino animal, perteneciente al filo de los vertebrados, en la clase los mamíferos y en el orden de los primates.
Antes de esta catalogación, los humanos eran integrados genéricamente en el rubro de los «cuadrúpedos». Pero, fue Linneo quien notó que había otros animales como las lagartijas y los cocodrilos que, pese a tener cuatro extremidades, eran muy diferentes a nosotros. Además, observó que existían otros animales como las ballenas y los delfines que, aunque no tenían “cuatro patas”, a semejanza nuestra, alimentaban a sus crías, del mismo modo que nosotros. Bajo la categoría de «mamífero» se agrupan otras 5,500 especies, desde la pequeña musaraña hasta la ballena azul. Por tanto, el médico sueco utilizó la palabra latina «mamma» (“pecho”) para crear el término taxonómico de «mammalia».
Para designar a un animal como «mamífero», Linneo se enfocó en la lactancia como una forma característica de alimentación en entre otras. En efecto, las glándulas mamarias producen la leche, gracias a dos hormonas: la prolactina y la oxitocina. Esta última sustancia química es la responsable de generar el vínculo afectivo por el que la madre y su cachorro se buscan mutuamente.
«Mamífero», en español, es el resultado del compuesto de dos palabras latinas («Mamma» y «ferre») que conjuntamente quieren decir «llevar mama». Curiosamente, los lingüistas consideran que «mamá» es una palabra “natural” y común, al menos en las lenguas romances, porque es uno sonido que casi espontánea y fácilmente puede emitir un bebé. A este respecto es oportuno recordar que las “mamás” son motivo de un sentido homenaje, en este mes de mayo.
El origen moderno de la fiesta de las mamás se remonta al decreto firmado, el 9 de mayo de 1914, por el presidente estadounidense Woodrow Wilson. Por este documento presidencial quedó establecido que el segundo domingo de mayo sería el día para honrar a las madres. Sin embargo, en México, esta conmemoración se debe, más bien, a la iniciativa de Rafael Aldacin, fundador del «Excélsior». El periodista poblano, apoyado por José Vasconcelos, entonces secretario de instrucción pública, logró que se reconociera el 10 de mayo como la fecha oficial para festejar a las mamás. También es obligado decir que la extendida tradición católica de dedicar el mes de mayo a la Madre de Dios fue un factor importante para que, en nuestro país, se consolidara la celebración del día de las madres.
En la encíclica «Mense Maio» (“El mes de mayo”), publicada el 29 de abril de 1965, el Papa Pablo VI recuerda cómo sus predecesores promovieron la piadosa costumbre de consagrar el mes de mayo a la Santísima Virgen María. Pero en particular, al notar que, aquel año, la intensificación del bombardeo de Estados Unidos en Vietnam había elevado la tensión entre las superpotencias, el Pontífice juzgó oportuno aprovechar el mes mariano para urgir a los católicos a que pidieran la intercesión de la Madre de la Iglesia, en favor de la paz a la que aspira toda la humanidad. En el mes de mayo de este 2026, el escenario mundial no parece ser distinto al de 1965. La sombra de la guerra sigue oscureciendo la razón y amenazando los frágiles vínculos entre los individuos de nuestra especie.
Aunque nuestro planeta existe desde hace unos 4 500 millones de años, el mamífero humano tiene una antigüedad aproximada a los 300 000 años. Esta cifra equivale apenas al 0.007 % de la existencia de la tierra. La humanidad se cuenta entre uno de los 2 millones de especies conocidas con respecto a un total estimado en 8 millones. De estas sumas millonarias, la ONU calcula que anualmente desaparecen entre 1,000 y 5,000 especies.
Paradójicamente, el “progreso” de la extinción en masa de las especies data del s. XVI, justo en los inicios del “progreso” industrial. No menos paradójico resulta el hecho de que en los 440 millones de años de la historia animal y de los 2 millones de especies conocidas, nunca como hasta ahora, ninguna otro ser vivo como la única especie «pensante» ha tenido la capacidad de aniquilarse a sí misma y a cualquier otro organismo, en cuestión de minutos con un conflicto nuclear.
Por eso, como Pablo VI, en aquel mes de mayo de 1965, el estadounidense y nacionalizado peruano, Robert Francis Prevost quien eligió para sí, el nombre de “León”, el 8 de mayo de 2025, apareció en la logia de san Pedro, apenas elegido sucesor de Francisco para pedir al mundo «una paz desarmada y desarmante; humilde y perseverante.» Que santa María, reina de la paz y Madre de la humanidad acoja nuestras oraciones por la paz.
Rector de la Universidad Pontificia de México