MENSAJE MONS. JUAN CARLOS ARCQ GUZMÁN MISA CONSAGRACIÓN EPISCOPAL

Monterrey, N.L. (www.pastoralsiglo21.org).- 17 de diciembre del 2020

Muy queridos hermanos y hermanas todos, en Cristo Jesús.

Muy queridas hermanas y hermanos en Cristo, a los pies de la Virgencita linda, la Guadalupana, me presento como San Juan Diego, temeroso ante el llamado y envío a la misión de edificar una casita sagrada, una Iglesia donde todos, pero en especial los pequeños, los pobres, excluidos de la sociedad y los pecadores, nos sintamos en verdad en nuestra casa. Confieso que, como Juan Dieguito, el mensajero de la Señora del cielo, me siento poca cosa, escalerilla, cola, en mis palabras incapaz de responder a la nueva misión a la que he sido llamado. También, como él, he tratado de huir y esquivar el llamado. Cuando después de mi encuentro con Jesús comencé a servir en mi parroquia, al sentirme tan feliz evangelizando, y al reconocer que estaba dispuesto a consagrar mi vida a Cristo y a su pueblo, ponía una condición: Aceptaría, siempre y cuando no fuera sacerdote, menos diocesano decía, y mucho menos en Monterrey. Pero las oraciones de mi bella y hermosa madre en la tierra y la intercesión de la Virgencita chula, junto con mi santo favorito, Francisco de Asís, lograron que como Juan Diego, yo no lograr escaparme por otro camino.

Cito textualmente las palabras de mi madre que dejó escritas durante un retiro en el seminario: “Aún antes de tener nosotros a nuestros hijos, le dijimos al Señor, que de los hijos que Él nos mandara, si quería escoger a todos para su servicio, nosotros estaríamos felices… de diferentes formas les llega el llamado del Señor. VEN Y SÍGUEME, te necesito, para que me sirvas y sirvas a los demás, que renuncies a todo por mí… los sacerdotes serán otros cristos en la tierra, sacrificando su cuerpo y su sangre para alimentar al mundo”.

Desde el primer día en el Seminario me sentí muy feliz y desde entonces, nunca dude que ser sacerdote, diocesano y en Monterrey era un llamado de Dios. Pero esa felicidad no se limita a sentirse llamado, nuestra alegría también se fundamenta en las personas a las que servimos, y por ello bendigo a Dios nuestro Padre, que, en su Hijo, por el Espíritu Santo, nos ha hecho a todos hermanos, y porque la promesa: ‘Todo el aquél que deje padre, madre, hijos, tierras, herencias por mi y por el evangelio recibiría el ciento por uno en esta vida’, se ha hecho en mi vida realidad. No podría contar, como no se pueden contar las estrellas del cielo y las arenas del mar, el número de personas que he conocido y las que amo como verdadera familia, incluyendo por supuesto a mi familia de sangre, mis amigos de la infancia, mis compañeros de grupo juvenil y tantas personas de mis apostolados en el seminario y de los destinos donde he sido enviado como sacerdote. Como laico, luego como presbítero y ahora como obispo, el Señor ha multiplicado y lo seguirá haciendo, mi nueva familia y puedo afirmar hoy como Jesús, mirando a mi alrededor en esta casita sagrada a las personas que asistieron presencialmente a esta ordenación y las que están conectadas en línea en representación de sus comunidades: ¡Estos son mi madre y mis hermanos!

La pregunta del santo de Asís, de quien nuestro actual Papa ha tomado el nombre y programa de vida, me la hago a mi mismo cada vez que soy enviado a un nuevo destino y encomienda: ¿Es posible aquí y ahora vivir el Evangelio? Y cuando concluyo ese servicio me pregunto ¿He sido fiel al evangelio? Y con realismo reconozco que no del todo, pero me consuelo con la certeza de que, aun desde mi mediocridad, por gracia de Dios, todavía permanece en mí el deseo de seguir a Jesús y el ideal vivir el evangelio y construir el Reino.

En este nuevo llamado a ser obispo, que se da en tiempos pandemia, mucha gente que hubiéramos deseado que estuviera aquí, como es el caso mi papá a quien tanto amo y admiro, mi hermana, su familia y la familia de mi hermano, que no han podido asistir, tanto por recomendación médica y porque algunos estuvieron expuestos al contagio y con heroica caridad y responsabilidad, para cuidar a la gente aquí presente, se han sacrificado permaneciendo en su casa, lo que admiro, agradezco y me enorgullece.

Si me pusiera a nombrar y agradecer ahora a todas las personas que aprecio y que han colaborado en mi conversión y vocación, no terminaría pues son muchísimas. Por eso simplemente digo: Gracias a Dios y a su pueblo, a los agentes de pastoral, a las hermanas y hermanos consagrados, a los diáconos, presbíteros, y a mis hermanos obispos. Oren por un servidor, para que sea fiel al evangelio y para que, con mi vida y ministerio, sea un signo de la presencia de Jesús hoy en el mundo y pueda así, como dice mi lema episcopal: evangelizar en espíritu y en verdad.

Gracias Señor por este llamado que me haces, gracias Señora del Cielo, madre de los pequeños y enfermos, como el discípulo amado, aquí estoy hoy al pie de la cruz unido al dolor del mundo entero, y también unido a la fe y esperanza de tanta gente de mi linda Iglesia Católica, de otras iglesias y religiones, y de los que aunque piensan no creer, son personas de buena voluntad que sin saber, colaboran a su modo en la construcción de la casita sagrada de puertas abiertas a la fraternidad universal y de la tierra, nuestra casa común. Amén.

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