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MÁS QUE MIL PALABRAS

Traía muchos asuntos atorados en su pecho, y no había podido sacarlos, tanto que parecían ahogarla. No había tenido tiempo de visitar alguna Iglesia, y meterse al Santísimo y desahogarse con el Señor.


Sin embargo, ese día, había salido de su trabajo, de cuidar a una señora muy mayor, apenas a tiempo para llegar aunque fuera a la última parte de la procesión del Corpus Christi, a su colonia donde se celebra la misa los domingos, en una placita a falta de templo. Su casa se ubicaba a varios municipios distante del lugar donde trabajaba, y ella andaba en camión. Llegó apenas acabada la misa, e iniciada la procesión, pero en eso, como era servidora del altar, le dijeron sus compañeras, sabes, sobró un poquito de las hostias consagradas, ¿te podrías quedar a cuidarlas en el cuartito donde guardamos las bancas, mientras nosotros hacemos el recorrido? A lo que Silvia, sin titubear respondió: por supuesto que sí, por lo que tomó el pequeño copón envuelto en un corporal, lo asió firme pero tiernamente a su pecho, y lo llevó al pequeño cuartito, donde a media luz, lo colocó entre sillas y bancas, en una mesita al centro, donde quedó para ella sola, y estando ahí, se conmovió al extremo, y comenzó a contemplarlo en silencio, luego le platicó de sus cuitas y de sus afanes, lo escuchó interiormente y le cantó con profundo fervor por espacio de dos horas, que se le hicieron nada, recibiendo del Señor, el hermoso regalo de su consolación, y de su dulce e íntima compañía, la cual inundó su corazón.


¿Cómo te fue? Le preguntaron al llegar sus compañeras. Sus ojos húmedos y su arrobamiento hablaron más que mil palabras…

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