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LAS SANTAS ENFERMERAS QUE CUIDARON AL PAPA FRANCISCO EN SU JUVENTUD

Por Juan Pablo Vázquez Rodríguez
Monterrey, N.L. (www.pastoralsiglo21.org).- 24 de noviembre 2020

“Cuando contraje una enfermedad grave a la edad de 21 años, tuve mi primera experiencia del límite, del dolor y de la soledad. Cambió mis coordenadas”.

Es el testimonio que comparte el Papa Francisco, un fragmento anticipado del libro Volvemos a soñar, escrito por el Pontífice (que estará disponible en diciembre) ha sido anticipado por el periódico La Repubblica en la edición de hoy donde el Papa comparte sobre su enfermedad en l infancia.

“Durante meses no supe quién era, si moriría o viviría. Ni siquiera los médicos sabían si lo lograría. Recuerdo que un día le pedí a mi madre, abrazándola, que me dijera si iba a morir. Yo estaba asistiendo al segundo año del seminario diocesano en Buenos Aires”, compartió el Papa.

“Recuerdo la fecha: era el 13 de agosto de 1957. Fue un prefecto quien me llevó al hospital, al darse cuenta de que no tenía el tipo de gripe que se trata con aspirina. Primero me sacaron un litro y medio de agua del pulmón, luego estuve luchando entre la vida y la muerte. En noviembre, me operaron para quitarme el lóbulo superior derecho del pulmón. Sé por experiencia cómo se sienten los pacientes con coronavirus cuando luchan por respirar en un respirador”.

“Recuerdo a dos enfermeras en particular de esos días. Una era la jefa de enfermeras, una monja dominicana que había sido profesora en Atenas antes de ser enviada a Buenos Aires. Más tarde supe que, después de que el médico se fuera tras el primer examen, les dijo a las enfermeras que duplicaran la dosis del tratamiento que él había prescrito -basado en la penicilina y la estreptomicina- porque su experiencia le decía que me estaba muriendo. La hermana Cornelia Caraglio me salvó la vida. Gracias a su contacto habitual con los enfermos, sabía mejor que el médico lo que los pacientes necesitaban, y tuvo el coraje de usar esa experiencia”.

“Otra enfermera, Micaela, hizo lo mismo cuando yo tenía mucho dolor. Ella me dio secretamente dosis extra de tranquilizantes fuera de las horas. Cornelia y Micaela están en el cielo ahora, pero siempre estaré en deuda con ellas. Lucharon por mí hasta el final, hasta que me recuperé. Me enseñaron lo que significa usar la ciencia y saber ir más allá, para responder a necesidades específicas”.

“De esa experiencia aprendí otra cosa: lo importante que es evitar el consuelo barato. La gente venía a verme y me decía que estaría bien, que nunca más sentiría todo ese dolor: tonterías, palabras vacías dichas con buenas intenciones, pero que nunca llegaron a mi corazón. La persona que más me conmovió, con su silencio, fue una de las mujeres que marcó mi vida: Sor María Dolores Tortolo, mi maestra de niño, que me había preparado para la Primera Comunión. Vino a verme, me tomó de la mano, me dio un beso y se quedó callada un rato. Entonces me dijo: «Estás imitando a Jesús». No necesitaba añadir nada más. Su presencia, su silencio, me dio un profundo consuelo”.

“Después de esa experiencia tomé la decisión de hablar lo menos posible cuando visitaba a los enfermos. Simplemente tomé su mano”.

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