Este junio de 2024 será, sin duda, un mes memorable porque apenas al empezar, con el domingo 2, se inicia también el proceso político, derivado de la jornada electoral más grande en la historia de la democracia mexicana. Veinte días más tarde, el 22 de junio, el calendario litúrgico celebra la memoria de Tomás Moro, un santo que no fue religioso ni sacerdote, sino un laico que, aunque vivió en el s. XVI, ha dejado una gran enseñanza que sigue siendo válida, especialmente, para los políticos y servidores públicos.
Nacido en 1478, Tomás Moro se dedicó al estudio de las leyes, la filosofía, la teología, la literatura y la poesía. Se desempeñó con gran éxito en varios cargos públicos y diplomáticos hasta que fue nombrado “lord canciller” en la corte de Inglaterra. Conocido por su amplia cultura, Tomás fue muy apreciado por destacados humanistas, como Erasmo de Rotterdam y el cardenal Juan Fisher. Pero si su ciencia le ganó la buena fama entre los intelectuales, su honestidad, rectitud y caridad lo hicieron merecedor del respeto y cariño de su pueblo. Ni su rol político ni sus muchos conocimientos le apartaron jamás de su fe, como tampoco la amenaza de muerte pudo hacer que renegara de la Iglesia católica. Sabiéndose servidor del rey, pero primero de Dios, en 1534, con ejemplar coherencia aceptó morir decapitado, antes que reconocer a Enrique VIII, como jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra.
Que en algún “lugar” de este mundo haya existido una persona tan erudita y, a la vez, tan virtuosa como Tomás Moro, parece una “utopía”, o sea, algo prácticamente imposible, no sólo en nuestra época, sino también en otras anteriores. Y efectivamente, el clima social de la Inglaterra del s. XVI no fue para nada favorable, sino que estuvo marcado por vergonzosos conflictos, originados por la corrupción del poder político y religioso. Fue en este turbio contexto histórico en el que apreció la célebre obra de “Utopía”, escrita por Tomás Moro, en 1516. Por eso se puede decir que la “Utopía” fue escrita con la vida edificante del mártir y rubricada con su propia sangre. El político inglés no fue sólo el autor de un texto, sino de un género literario destinado a hacer historia, y el inventor de un neologismo, es decir, de una “nueva palabra”, compuesta por dos términos griegos que, en conjunto, significan: “sin” (u) – “lugar” (topos).
“Utopía” es precisamente el nombre del famoso libro porque en éste se plantea la pregunta de si es posible que, en algún “lugar” del mundo, exista un gobernante justo y benevolente. La pregunta recibe respuesta positiva sólo en “Utopía”, una isla descubierta por un navegante, en un viaje ficticio. Es ahí, en este imaginario lugar, ubicado más allá del ecuador, donde se encuentra un estado con un gobernante ideal. Con esta representación fantástica, el autor critica las formas de gobierno de su tiempo, a la vez que, reflexiona sobre varios temas como la propiedad común de los bienes, en contraste con la propiedad privada. Propone también, de manera innovadora, la elección de las autoridades por el voto popular, pero no con base en el ideario de un partido, sino según las virtudes de los candidatos.
Y si ya en aquella época parecía imposible encontrar, sobre la faz de este mundo, un “lugar” con un líder no deshonesto, las esperanzas no mejoran en nuestro tiempo. Según una encuesta, realizada, en 2022, por “Mexicanos contra la corrupción y la impunidad”, «el 56% de los encuestados considera que hay mucha corrupción en las autoridades electorales mexicanas, mientras que el 73% piensa que hay mucha corrupción en los partidos políticos.» Es alarmante, pero evidente que el oficio de político y de servidor público no goza de buena fama ahora, aquí en México, pero tampoco en la Inglaterra del s. XVI, ni en los tiempos de Jesús. Sin embargo, por utópico que parezca, no olvidemos que hace dos mil años, Mateo, el recaudador de impuestos (cf. Mt.9,9), lo mismo que Zaqueo, el publicano, (cf. Lc. 19, 1-9) fueron llamados a la conversión. Ese llamado a no explotar ni “zaquear” a los conciudadanos, sino a servirlos hasta el extremo de dar la vida (cf. Mc.10, 42 -45), es una vocación actual y necesaria en nuestra sociedad mexicana.
Por ello, el Papa Francisco, evocando un discurso de Pío XI recuerda que, «pese a estar tan denigrada, la política es una altísima vocación y una de las formas más preciosas de la caridad porque busca el bien común» (cf. EG. 205). «Un individuo puede ayudar a una persona necesitada, pero cuando se une a otros para generar procesos sociales de fraternidad y de justicia para todos, entra en “el campo de la más amplia caridad, la caridad política.”» (FT. 180).
Ahora, que una nueva etapa comienza en la historia política de nuestro país, eduquemos a las nuevas generaciones, no sólo en ciencia, sino también en virtud. Promovamos en ellos, el desarrollo de hábitos solidarios, la capacidad de pensar la vida de un modo más integral y la actitud de no ser indiferentes ante los abusos de los poderes económicos, tecnológicos, políticos y mediáticos (Cf. FT. 167). Oremos también para que siguiendo todos, el preclaro ejemplo de santo Tomás Moro y, por su intercesión, ¡Dios «nos regale más políticos a quienes les duela, de verdad, ¡la sociedad, el pueblo y la vida de los pobres!» (cf. EG. 205).
Rector de la Universidad Pontificia de México