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LA TERNURA ,UNA FUERZA SOBRENATURAL 

Como cada domingo en la misa de Catedral, estaba la fila larga para comulgar, pero en eso, una joven señora, venía con su hija en silla de ruedas, en extremo estado de discapacidad, y me la acerca para que le dé la comunión. Yo partí la hostia consagrada, e intenté, con la ayuda de su mamá, introducirla en su boca, pero no pude, saliendo la parte de la hostia, toda mojadita de la boca de la niña de 9 años, la cual deposité sobre la patena que sostenía el monaguillo, sin saber exactamente qué iba a hacer con ella. En eso, la parto aún más, y logro que la niña la reciba en su boquita. Es entonces cuando la mamá me dice, con toda naturalidad, deme a mi por favor, la parte que quedó de la hostia que no pudo comulgar mi hija. Así que la tomé y se la día comulgar a la mamá, quedando estupefacto ante la escena, que quizá para muchos sea normal y natural, pero para mi fue impactante, al verla en vivo y a todo color.


Esto me recordó una entrañable experiencia vivida cuando era seminarista, allá por el año 1996, en la que me tocó ser testigo de una boda en artículo mortis, al sur de la Ciudad de México, la cual se llevó a cabo en el departamento de un edificio ubicado por la zona de Picachos. Ahí estaba el novio, postrado en su cama, enfermo de sida, y su novia, a su cabecera, diciendo que sí al sacerdote que en ese momento los casaba. A los días murió este joven esposo. A los tres meses, me tocó ir al hospital a hacer oración a esta joven viuda, también contagiada de sida, quien murió pocas semanas después. También fui a su funeral, y estando ya en el panteón, el cual tenía espacios abiertos y árboles que algo mitigaban la luz del incandescente sol, y justo antes de ser depositada en la tumba, cuyas losas estaban tendidas en el suelo, los sepultureros, abrieron el ataúd para que los familiares se despidieran. Cuál fue su sorpresa que al destapar la caja mortuoria, el cuerpo de la joven mujer, estaba todo movido. Los sepultureros, asustados, se hicieron para atrás, no queriendo acomodarla por temor a contaminarse, quedando el ataúd abierto y solo. Todo mundo se paralizó, el instante se hizo eterno, nadie sabía qué hacer. De repente una mujer, despacio, caminó poco a poco, dirigiéndose hacia el ataúd, y con toda serenidad, casi diría ternura, y al mismo tiempo, sin expresar el menor asco ni temor, tomó a su hija, y la acomodó, como quien acuesta a un bebé en su cuna, para que pudiera descansar dignamente en su tumba, en espera de la resurrección.

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