Cuenta la leyenda que, después de ser torturado, Valentín murió decapitado, un 14 de febrero del año 270. El santo habría sido martirizado por haberse opuesto al decreto por el que el emperador, Claudio II, prohibía a los jóvenes varones contraer matrimonio, bajo el argumento de que manteniéndose solteros serían más aptos para la guerra. Pero como Valentín consideró injusta semejante ley, fue sorprendido mientras, en secreto, casaba a jóvenes enamorados. Por eso se dice que, más tarde, en el año 494, el papa Gelasio I instituyó, en su memoria, el día de san Valentín, con la intención de sustituir la fiesta pagana de las “Lupercales” ya que, mediante esta festividad, los romanos pretendían purificar la ciudad y atraer la fertilidad, antes de la llegada de la primavera.
El 14 de febrero estaba pues, originalmente dedicado a la memoria religiosa del sacrificio de san Valentín. Al parecer, fue hasta finales del s. XIX cuando el día del santo pasó a ser la fiesta de los enamorados en recuerdo de la defensa del matrimonio como causa de su martirio. Pero fue hasta hace unos sesenta años, cuando esta celebración incluyó también a los amigos, como el otro de sus motivos. Sin embargo, el énfasis práctico y comercial que se le ha dado al 14 de febrero parece haber regresado esta efeméride a su original sentido histórico de ser sólo y exclusivamente la fiesta de los enamorados. De hecho, en 2011, la ONU resolvió designar el 30 de julio, como la fecha propia y exclusiva para rememorar el día internacional de la amistad.
Por tanto, aunque, en coherencia con su origen histórico, es completamente adecuado reservar el 14 de febrero sólo para celebrar el vínculo entre los enamorados, no obstante, este hecho resulta ser una ilustradora imagen de cómo, en nuestro tiempo, el amor de amistad ha sido disuelto por el amor del noviazgo. En términos griegos, lo que el 14 de febrero ejemplifica es un desplazamiento del amor como «filía», propio entre los amigos, al amor como «eros», característico de una pareja. El asunto ilustrado por esta efeméride no consiste simplemente en una celebración que ya no incluye la amistad como un motivo para festejar. La cuestión es más bien, la de una sociedad en la que, según Daniel Cox, académico del American Enterprise Institute, la amistad ha entrado en un estado de “recesión”, es decir, en una fase de encarecimiento, semejante a lo que sucede en la economía de una nación.
La «recesión de la amistad» no es simplemente un neologismo o una palabra inventada, sino una manera de designar una nueva realidad sociológica que resulta de lo que también algunos han llamado la cultura «Cátsup». El nombre de esta salsa de tomate, debido a su consumo mundial, se ha vuelto el símbolo de la «fast food» o la «comida rápida» que identifica, tanto como el microchip, a la era contemporánea. La rapidez no sólo tiene qué ver con la forma de preparar e ingerir la comida, sino con un estilo de vida, dominado por una desarrollada tecnología de movilidad y de comunicación. La alta velocidad que ha alcanzado la vida cotidiana incrementa las exigencias de productividad laboral y de «rendimiento» económico, mientras decrecen los períodos para los «pasatiempos», llevando a las personas al agotamiento y al «rendimiento» afectivo.
Y a la vez que escasea el amor de amistad, el amor de los novios se vuelve dramáticamente comida de rápido consumo. «Me dejaste como la papa sin “cátsup”» dice la popular composición de César Lazcano Malo, interpretada por la regiomontana Gloria Trevi, para retratar, como en un ícono, la tragedia de eso que, con otras metáforas, Lipovetsky llamó la «era del vacío», Bauman, «la sociedad líquida» y Byung-Chul Han, «la sociedad del cansancio». El poeta, como el sociólogo y el filósofo comparten el mismo diagnóstico: los vínculos interpersonales están enfermos a causa de individualismo extremo. El aislamiento de cada cual se nutre de un consumismo compulsivo que, al mismo tiempo que promete la satisfacción inmediata con el menor esfuerzo, castiga con la exigencia de un alto rendimiento que conlleva la pena de una ansiedad desesperada.
Paradójicamente, en esta era de la interconexión global, las personas estamos menos vinculadas afectivamente. En un mundo económicamente más caro y con una comunicación instantánea, la relación entre las personas se empobrece y se vuelve puramente funcional y comercial. Para los papás, agobiados por las demandas de una cultura consumista, se encarecen los espacios físicos y los tiempos más prolongados que requiere la convivencia familiar para poder gestar y hacer madurar la personalidad humana. No extraña por ello que, al menos en México, el índice de embarazos en adolescentes vaya al alza. Y esto, no sólo por la comercialización del erotismo que domina la relación social, sino más precisamente porque esta erotización del afecto se convierte en la desesperada solución con la que los adolescentes buscan satisfacer las carencias del vínculo con sus padres y demás familiares. Para un gran porcentaje de niños y adolescentes no existe ya la relación de amistad, sino sólo la del noviazgo. Pero la crisis del noviazgo encuentra su causa en la crisis de otros lazos afectivos más fundamentales como los de la amistad.
Por eso, aunque el 14 de febrero es el día de los enamorados, vale la pena recordar aquel desafiante diálogo con el que zorro y el Principito nos revelan el secreto para hacer amigos. «Domestícame» fue la súplica del zorro que argumentaba que su vida era «muy monótona». Y ante la objeción «no tengo tiempo» del Principito, el zorro aseveró: «Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!»
Rector de la Universidad Pontificia de México