El 11 de junio de 1999, en la visita a su natal Polonia, san Juan Pablo II celebró el centenario de la consagración de todo el género humano al Sagrado Corazón de Jesús. La consagración fue hecha, cien años antes, el 11 de junio de 1899 por el papa León XIII y fue establecida para toda la Iglesia con la carta apostólica «Annum sacrum», firmada el 25 de mayo del mismo año. Esta última fecha llama la atención porque en un día como éste, pero del corriente 2026, el Papa León XIV presentó su primera encíclica cuyas dos primeras palabras latinas «Magnifica humanitas» (“Magnífica humanidad”) dan nombre al entero documento.
Sin embargo, aunque presentada el 25 de mayo, la primera encíclica del primer papa estadounidense, nacionalizado peruano, lleva la fecha del 15 de mayo. Esta otra fecha es igualmente significativa porque corresponde al mismo día, en el que ciento treinta y cinco años atrás, en 1891, el Papa Lugi Pecci firmó la célebre encíclica «Rerum novarum» (“Sobre las nuevas cosas”). Con esta Carta, sin precedentes, León XIII inauguraba el magisterio social de la Iglesia. Por primera vez, un texto pontificio se pronunciaba, no para ilustrar la doctrina católica o para prevenir errores contra ésta, sino para reivindicar la dignidad humana de los obreros y su derecho a un salario justo, así como a condiciones laborales seguras. La novedad del llamado pontificio se comprende a la luz de la novedad social que supuso la revolución industrial. La nueva forma de producción en serie consolidó un sistema de trabajo que convertía a los trabajadores en meras herramientas. El valor humano quedaba desplazado por la utilidad económica que demandaba dar prioridad a la eficiencia.
Más de un siglo después, nos encontramos ahora, frente a «nuevas cosas» suscitadas por otra revolución, esta vez, de índole «informática» y que, como tal, exige dar prioridad a la eficiencia del algoritmo por encima del derecho humano. Por eso, en la presentación de su primera encíclica, el mismo Prevost afirmaba: «Como el anterior «León«, siento la llamada de contemplar esta otra gran transformación con los ojos de la fe y con la lucidez de la razón. Hoy en día, las “nuevas cosas” representan una transformación de dimensiones similares a las de aquella época industrial, pero con consecuencias quizás aún mayores. La inteligencia artificial ya afecta muchas áreas de nuestras vidas y afecta a las decisiones que moldean la convivencia humana. También está cambiando dramáticamente la forma en que se conduce la guerra. La AI ahora debe ser «desarmada», liberada de la lógica que la transforma en un instrumento de dominación, exclusión y muerte.»
El desafío que la AI representa para la «magnífica humanidad» viene descrita, en el numeral uno, apenas comenzada la encíclica, en términos bíblicos y teológicos, como la disyuntiva de levantar una torre de Babel o construir la ciudad de Dios. En realidad, no se trata de un nuevo desafío, pero sí de una nueva circunstancia histórica en la que la voluntad humana es puesta “nuevamente” frente a la “vieja” tentación de poder y de dominio. Debe quedar claro que la apelación a «desarmar la AI», no la hace el papa, bajo el supuesto de que ésta es sujeto de responsabilidad moral. Por el contrario, León XIV afirma, de modo claro y tajante, que la responsabilidad moral no se puede delegar a los sistemas artificiales, usados para la guerra, por ejemplo. (cf. MH. 200). Desarmar la inteligencia artificial es responsabilidad de la inteligencia humana.
El límite moral de la nueva tecnología inteligente, señalado por el Papa, fue también reconocido por Christopher Olah, cofundador de Anthropic (empresa de AI) y quien también participó en la presentación de la encíclica. Según el canadiense, experto en interpretabilidad de algoritmos, la pregunta por el modo cómo debe interactuar la AI con el medio humano reclama la contribución de humanistas, filósofos y líderes religiosos. El compromiso moral es lo que autoriza al Papa a mirar con los ojos de la fe, la nueva transformación que conlleva el uso de la AI. En este sentido, la encíclica busca aclarar, una vez más, que aunque cambian las épocas y los instrumentos que las sociedades se inventan para sobrevivir, no pierde su novedad ni actualidad la advertencia de Jesús: «¿No saben que nada de fuera puede contaminar al hombre, sino sólo lo que sale de su corazón?» (Mt. 15, 16 -20; Mc. 7, 14-20).
El asunto fundamental de la inteligencia artificial, no es artificial, sino moral. En la Sagrada Escritura, inteligencia y responsabilidad están estrechamente ligadas, ya que el centro de las decisiones y, por tanto, de la responsabilidad moral es el «corazón», precisamente porque éste es el asiento de la inteligencia. Con razón, el número 44 de la «Magnifica humanitas» recuerda que, ante la descomposición del tejido social y la «guerra mundial a pedazos», el Papa Francisco, en su encíclica «Dilexit nos», sostuvo que « la respuesta más auténtica al amor del Corazón de Jesús es el amor concreto hacia los hermanos, pues “no hay mayor gesto que podamos ofrecerle para devolver amor por amor.”» Pidamos pues, en este 12 de junio, solemnidad del Sagrado Corazón, que arrancando de nosotros el corazón artificial, indiferente y superficial (cf. Ez. 36,26), nos dé un corazón tan inteligente que sea por ello, también indulgente y humilde como el suyo.
Rector de la Universidad Pontificia de México