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LA EPIFANÍA DE NUESTRA UNIVERSAL FRATERNIDAD

La fiesta del 6 de enero, popularmente conocida como de “los reyes magos”, se celebra, en el calendario litúrgico, el domingo 3 de enero de este 2021, como la “epifanía del Señor”, es decir, “la manifestación del Señor a todos los pueblos de la tierra.” Coincidiendo con esta solemnidad, este tres de enero, se cumplen ya tres meses de la publicación de la tercera encíclica del Papa Francisco, “Fratelli tutti”, firmada precisamente, el 3 de octubre de 2020, en la víspera de la memoria de san Francisco de Asís.

 

Este reciente documento pontificio se compone de 287 numerales, repartidos en ocho capítulos. Su título, “Fratelli tutti”, corresponde a la expresión italiana con la que se inicia el texto, evocando las palabras que san Francisco de Asís utilizaba, en su escrito llamado “Admoniciones”, para proponer a los frailes un modo concreto de vivir el evangelio.

 

En el número 3 de la encíclica, el Papa argentino que ha tomado el nombre del “pobrecillo de Asís”, recuerda que el ejemplar santo se atrevió a hacer un largo y peligroso viaje a Egipto para encontrarse con el sultán Malik-el-Kamilk, en un momento en el que cristianos y musulmanes se disputaban la Tierra Santa, con sangrientas guerras. Pero, además, el Papa también recuerda que él mismo, en febrero de 2019, sostuvo un encuentro con el líder musulmán, el gran Imán Ahmad Al-Tayyeb para firmar conjuntamente el documento sobre “La fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común” (n.5).

 

Apoyado en estos eventos del pasado remoto y reciente, el Papa explica en el n. 6 que el objetivo de su encíclica «no es resumir la doctrina sobre el amor fraterno, sino detenerse en su dimensión universal, en su apertura a todos.» A reglón seguido, aclara que, aunque escribe desde sus convicciones cristianas, pretende que su reflexión se abra al diálogo con todas las personas de buena voluntad, incluso con las no católicas. Considera que este diálogo entre todos es aún más urgente y necesario, luego de que la pandemia del Covid-19 ha “revelado” nuestras falsas seguridades y “ha manifestado” nuestra incapacidad para actuar conjuntamente a favor del bien de todos.

 

Pero pese a haber aclarado que su pretensión no era exponer doctrina católica para católicos, “algunos católicos” han reaccionado, no sólo crítica, sino ásperamente en contra esta encíclica, desde que fue publicada. Estas reacciones se han manifestado en las redes sociales por parte de algunos youtubers, blogueros o periodistas católicos, como Tylor Marshall, Luisella Scrosati y Sandro Magister. En particular, éste último sostiene, en su sitio denominado “Settimo cielo”, que «a pocos días después de su publicación, la encíclica “FT” ya ha sido archivada, vista la ausencia de la más mínima novedad respecto a las anteriores y archiconocidas alocuciones del papa Francisco sobre los mismos temas.» Después de este juicio sumario, se cuestiona «¿si no sería esta interminable predicación franciscana sobre la ‘fraternidad’ la que diera vida a un ‘cristianismo distinto’, en el que ’Jesús no fuera más que un hombre’?»

 

En el fondo, opiniones como la citada se lamentan que el Papa Francisco proponga una fraternidad universal, pero sin confesar a Cristo, explícitamente y de cara a otras religiones, como divino salvador único y universal. Pero es a propósito de este cuestionamiento que cabe recordar que la fiesta de la epifanía es la fiesta de la inclusión de todos los pueblos de la tierra, pese a la diversidad de sus creencias religiosas. “Los magos del Oriente” de los que nos habla el evangelio de san Mateo (2,1 -12), representan precisamente la “gentilidad”, es decir, a aquellos que, sin pertenecer al pueblo escogido de Israel, no quedan excluidos, sino invitados a contemplar la “epifanía”, la “manifestación” de Dios en los más pobres, en los débiles e insignificantes, como el pequeño niño nacido en Belén (cf. Mt. 25,40).

 

Si una estrella ha guiado a los magos de Oriente hasta Belén es porque un mismo Dios se revela en un único universo; por eso las estrellas que lo pueblan deberían iluminar nuestra mente para comprender mejor nuestra fraternidad universal. Con razón, José Saramago se pregunta, en un artículo publicado en el diario español, El País (2005), cómo es que musulmanes y cristianos dicen creer en un Dios omnipotente que pudo haber creado más de 400 mil millones de estrellas, en cada una de las 400 mil millones de galaxias del universo, y sin embargo, semejante Dios todopoderoso “no ha podido” lograr que cristianos y musulmanes se reconcilien.

 

Si hay un horóscopo válido y verdadero que revelen las estrellas, ése es el de nuestro común destino de fraternidad universal, pues nuestro propio cuerpo, no obstante, su diversidad de razas y colores, está conformado, literalmente, por “polvo de estrellas”, de modo que una misma y única materia química nos hermana. De ahí la necesidad, dice el Papa, de «constituirnos en un “nosotros” que habita la casa común» (n.17).  Esa casa común es aquella en la que, según san Mateo, “entraron” los magos para adorar al niño (2,11), superando así, la ley judía que prohibía la entrada de paganos en casa de israelitas.

 

Esta re-unión, en una misma casa, de los pueblos que antes eran enemigos (cf. Ef 2, 14 -18) es la antigua, pero siempre actual novedad del evangelio. Si Sandro Magister puede decir que en la encíclica de Francisco “no hay nada nuevo” será cierto sólo porque, en ella, el Papa denuncia el mismo viejo y lacerante contraste entre muchos que tiene poco y pocos que tienen mucho. La verdadera pregunta que nos hace la encíclica del Papa no consiste en saber si es posible un cristianismo sin Dios, sino si es posible creer en el Dios Padre, revelado por Cristo, pero sin convivir como verdaderos hermanos. También la fiesta de la epifanía nos revela que todos somos hermanos, pero a la vez, nos cuestiona si, en verdad, tratamos a los demás como a nuestros hermanos.

 

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