LA SEGURIDAD
– “¡Habrase visto! ¿A dónde hemos llegado?”- diría la señorita piadosa de la parroquia.
Pues sí, a esto hemos llegado. Hace algunos años ni nos lo hubiéramos imaginado, pero es una realidad: este es un asunto que cada vez tenemos que analizar con más frecuencia, el asunto de la seguridad.
Comencemos por lo peor, el colmo de la inseguridad es cuando los amantes de lo ajeno roban a los feligreses ¿cuántas veces no hemos visto videos de cámaras parroquiales que narran visualmente cómo una feligresa perdió su bolso mientras rezaba y alguien arrodillado atrás de ella se lo llevaba furtivamente? O robos a los sacerdotes cuando llegan a la casa parroquial en la noche después de haber ido a visitar un enfermo… este es un problema real. El problema es muy amplio, pero centremos nuestra atención no en el robo a las personas, que lamentablemente es común a todo espacio privado o público, sino centremos nuestra atención en la seguridad del patrimonio eclesial: edificios, obras de arte, objetos de culto, etc.
Comencemos. Lamentablemente, pero es una realidad, en ocasiones personas cercanas a la parroquia roban, y esto es una realidad vergonzosa, pero es una realidad. Sí dinero u objetos. Recuerdo las negras historias que se contaban en una iglesia del centro de Monterrey… se recogía la colecta, se llevaba a la sacristía y ahí, sobre un escritorio, se pasaba a un costalito, pero en ese preciso instante los billetes desaparecían de la economía de la iglesia, o mejor dicho ni alcanzaban a entrar en ella, e iban a parar al bolsillo del que hacía esa operación, y ya que el billete había cambiado de dueño ahora sí el costalito iba a dar al lugar “seguro”. Sí muy seguro ahí en su destino final, pero muy rebajado en el camino hasta ese punto. Otras negras historias narran como empleados de “confianza” de pronto sacaban hasta candelabros o vasos sagrados para venderlos como baratijas o al “kilo de metal usado” o en el mejor de los casos, como antigüedades. Que pena, pero así está la cosa.
A veces los amantes de lo ajeno, aunque católicos, lamentablemente, entran a la Iglesia a llevarse lo que no es suyo ¿Cuántos videos hemos visto de cámaras de seguridad en los cuales el “ladrón piadoso” se persigna antes de cometer un robo?
Y es que, en muchas ocasiones, pecamos de confiados… sí, pecamos de exceso de confianza… capillas con puertas cerradas con un alambrito recocido al que se le da vuelta y se abre la iglesia, llaves de sagrarios “escondidas” debajo del mantel que está ahí a un ladito, pinturas que son verdaderas obras de arte colgadas al alcance de cualquiera y pendiendo de un clavito. No se diga el amor que sienten los amantes de lo ajeno por los micrófonos, las bocinas y todos los equipos de sonido del templo y del coro que son vendidos al día siguiente en el mercado sobre ruedas de la colonia.
Y es que tendemos a confiar, confiar, confiar, pero lamentablemente hay que también tener una visión capaz de desconfiar razonable y prudentemente. Sabiendo que lo que custodiamos son objetos que no nos pertenecen, no son nuestros exclusivamente, son de todos “…como ovejas en medio de lobos… prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas” (Cfr. Mt 10,16).
¿Cómo proteger el patrimonio de la Iglesia?
A veces no atendemos estos aspectos hasta que nos dan un susto, hasta que “ahogado el niño” hay que “tapar el pozo”. Y ahora sí, ya que sucedió lo que nadie se había imaginado antes, ahora sí, hay que ver qué hacer.
Proteger lo más valioso. Que esté bien guardado. Bajo llave. A veces hasta en una ubicación poco conocida en el templo, dónde sólo los clérigos y miembros del Consejo Parroquial sepan de dónde están las piezas, y tener mucho cuidado con las llaves. Quien las tiene, quien las administra.
La instalación de cámaras es cada vez más frecuente, no se diga la instalación de alarmas sonoras que alerten de lo que sucede en el templo, y esto de día, y no se diga de noche. Instalación de cajas fuertes en el templo y en la oficina. Modernizarse y dejar de usar aquellos objetos que eran propios de otras épocas… los monaguillos de alcancía de yeso y madera por algo dejaron de colocarse en las iglesias… los ladrones los destruían sin piedad para llevarse unos centavos, literalmente hablando.
Otro tema relacionado con todo esto es el tema de la iluminación adecuada, tema ya tratado en esta serie de artículos.
O sí o sí, no queda de otra. Hay que cuidarse de los amantes de lo ajeno.
– “¿Qué le vamos a hacer?”– diría la señorita piadosa de la parroquia.
