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LA CASA DE LA COMUNIDAD XXIII

La iluminación. Primera parte. 

En esta serie de artículos acerca de la casa de la comunidad no busco de modo alguno dar aspectos meramente técnicos, ya que inclusive no cuento con la preparación técnica para ello, mas bien el objetivo es poner en la mesa temas para nuestra consideración a la hora de planear, diseñar, dar mantenimiento, etc. a la casa de reunión de la comunidad eclesial. Así los invito a considerar este mes el tema de la iluminación del templo. 

Parece un tema sencillo, pero no lo es. 

Comencemos por señalar que el templo tiene que estar bien iluminado tanto en su exterior como en su interior. 

Pensemos en la iluminación exterior del edificio. Iluminar el exterior puede buscar varios objetivos dependiendo del estilo y de las características del templo. Por un lado hay que buscar siempre la seguridad de los fieles, visitantes, empleados, ministros, etc. Recuerdo una parroquia de esta Arquidiócesis en la cual existe un pasillo largo que durante el día se vuelve un poco “intimidante” dado que por tener construcciones a los costados la iluminación natural casi no llega a incidir y el pasillo se vuelve un poco “lúgubre” pero al mismo tiempo llega a dar la impresión de inseguro. Ahí ciertamente falta dotar de luz artificial que dé seguridad al visitante y esto durante el día.

En otras ocasiones el tema será la oscuridad de la noche, hora en la cual en muchas parroquias hay reuniones laicales o es la hora a la cual concluye la misa en la época invernal, etc. Que aquello no sea “una boca de lobo” y que no sea el espacio propicio para que alguien sea víctima de los amantes de lo ajeno. La iluminación, ya sea en la noche o en el día, debe de dar seguridad al visitante. 

Caso muy distinto será el de aquella parroquia que por ser un monumento histórico o por ser un edificio de belleza artística sea del interés de la comunidad. Este tema es todo un tema: iluminar un edificio valioso no es sólo “poner un foco”. Iluminar un edificio histórico es obra de expertos y cuando alguien ilumina un templo sin saber qué busca o cómo subrayar su riqueza arquitectónica, se nota y se nota mucho… lamentablemente. 

Pensemos ahora en el interior del templo. 

El interior debe de ser un espacio iluminado adecuadamente tanto de día como de noche. 

Pensemos de entrada en que aprovechar la luz natural traerá como consecuencia un ahorro energético que será de mucho beneficio para las cuentas eclesiales. Ejemplo notable de ello son los edificios del Seminario de Monterrey en San Pedro Garza García (Corregidora 700) que fueron pensados para tener mucha luz durante el día sin gasto en luz eléctrica. 

La iluminación del templo debe de ser suficiente para que en el caso de los fieles puedan participar de las actividades eclesiales o de la Eucaristía, además de la característica de la seguridad que ya hemos subrayado, que puedan leer cómodamente su misal o la hoja dominical. 

Tiene especial importancia el ambón y el altar. En los dos altares del templo, de la Palabra y de la Eucaristía, los lectores o ministros deben tener luz suficiente para poder leer ya sea el misal romano y/o el leccionario.

Será también importante el que el lector pueda ser visto, y no sólo que él pueda leer bien: son asuntos distintos. De igual manera el celebrante. Y no por que se quiera ser protagonista, esto no es un show de televisión. No. Es que el pueblo debe de poder ver de un modo adecuado a quien ejerce una función en la liturgia.  

Dejemos por ahora aquí el tema y retomémoslo el próximo mes. Mientras tanto observa tu parroquia y/o capilla; ¿qué tan bien iluminada está?

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