LA CARIDAD Y LA SOLIDARIDAD EN TIEMPOS DE RETOS SOCIALES

TIEMPOS DE RETOS SOCIALES

La situación de pandemia, con sus contingencias sanitarias y sus etapas de confinamiento voluntario nos han hecho revisar en qué tenemos puesta nuestra seguridad, y en quiénes podemos confiar para desarrollar en nosotros las habilidades y actitudes requeridas para superarla.

 

A inicios del 2020 veíamos el porvenir con optimismo, seguros de que los avances en la ciencia y en la tecnología nos abrirían caminos de progreso, confort, salud, multiplicación de recursos. Sin embargo, la presencia del coronavirus trastornó estas seguridades y nos hemos visto inmersos en un torbellino de noticias y eventos que no ofrecen la certidumbre de soluciones próximas y nos piden mantener la esperanza y la paciencia hasta que se encuentre la manera de contrarrestar esta enfermedad.

 

Si la ciencia y la tecnología nos tienen en un compás de espera, ¿cómo alimentar la esperanza y la paciencia? Si la situación parece prolongarse indefinidamente, ¿cómo comportarnos ante los retos sociales de estos tiempos?

 

Nuestra fe cristiana nos ayuda a pasar de las seguridades de este mundo a la confianza en Dios, Padre bueno, providente y cercano. Tenemos la seguridad, si recordamos la Carta a los Romanos (8,31-39), de que nada nos puede apartar del amor de Cristo, y que, si sufrimos situaciones contrarias, de todas ellas saldremos victoriosos por el amor que nos tiene. La confianza en Dios no es un paliativo imaginario, sino una experiencia cierta y sólida que nos mantiene atentos para responder conforme a la vocación divina a la que hemos sido llamados. La caridad es el aporte de quien confía en Dios.

 

Ahora bien, estamos en una recesión en todas las dimensiones de la existencia humana. Todos los recursos humanos van a la baja, o están ya comprometidos en auxiliar y sanar la pandemia. Las cosas accesorias o superfluas no tienen lugar ya en nuestros presupuestos, hemos de invertir en lo que verdaderamente nos da vida. Y la caridad, expresada en obras concretas de misericordia, es la mejor inversión para dar vida según el deseo de Cristo.

 

Y aquí, nuevamente, nuestra fe cristiana nos abre el horizonte de confianza al pasar de nuestras solas fuerzas humanas a poner en manos de la Providencia Divina los recursos limitados que tenemos. Como en el relato de la multiplicación de los panes que escuchamos en la liturgia dominical de hace algunas semanas (Mateo 14,13-21), los creyentes en Cristo multiplicamos los recursos que tenemos gracias a la caridad de Cristo con nosotros. No hay lugar para el “negocio” que enriquece de manera egoísta, sino para la caridad solidaria que enriquece a la familia de los hijos de Dios.

 

LA CARIDAD Y LA SOLIDARIDAD

 

Tuvimos una Cuaresma prolongada y una Pascua atemperada. Nuestros tiempos fuertes nos ayudan a superar los tiempos de retos sociales. Nuestra vivencia litúrgica como cristianos no se reduce al cumplimiento cultual de ciertas fechas, sino que es una experiencia espiritual que fecunda nuestra personalidad de modo que reproducimos en nosotros la vida el Espíritu que nos ofrece Cristo Resucitado. Si hemos muerto con Él, resucitamos con Él, y nos mueve su Espíritu para que nuestros ambientes sean transformados por los valores del Reino que hemos aprendido de Jesús.

Practicar lo que nos da identidad como hijos de Dios es en definitiva lo que nos hace discípulos y misioneros de Cristo. Es aquí donde la caridad y la solidaridad se convierten en los signos distintivos de quienes nos sentimos amados por el Señor y deseamos comunicar ese mismo amor a los demás. Las iniciativas que se esperan de los hijos de Dios en todos los ambientes de la vida social deben estar marcadas por el amor ágape, que ya hemos recibido y que espera ser reproducido y comunicado especialmente a los más necesitados.

 

Los retos sociales nos piden a los creyentes inteligencia creativa para encontrar soluciones, voluntad entusiasta para mantener el ánimo motivado para el compromiso, sensibilidad empática para colaborar en la superación de los retos, y espiritualidad experta en la caridad y la solidaridad para que los proyectos de sanación lleguen efectivamente a quienes más están sufriendo. Dejemos en nuestro mundo la huella de Cristo con el testimonio creíble y sincero de quienes ya hemos sido marcados por su amor.


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