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¿INDEPENDENCIA O INDIFERENCIA?

Raúl Hilberg, historiador austriaco de origen judío, no sólo fue un estudioso de la barbarie que significó la segunda guerra mundial, sino que experimentó sus horrores, en primera persona. Un año después de que su padre fue liberado por los nazis, tuvo que huir a América, junto con su familia. Sus investigaciones sobre el holocausto judío ayudaron a exhibir la maquinaria de extermino diseñada por el nacionalsocialismo. Pero además de documentar la perversa estrategia del genocidio, Hilberg sostuvo una postura autocrítica, considerando que, ante los crímenes de la Shoá, la resistencia judía había sido nula o poco relevante, a excepción del caso danés. 

Se cuenta que el 29 de septiembre de 1943, cuando se filtró la noticia de una inminente deportación de los judíos de Dinamarca a los campos de concentración, el rabino Marcus Melchior dijo a los congregados: «no podemos seguir rezando; el peligro está cerca; tienen ahora dos cosas que hacer: huyan de sus hogares y vayan a contar a otros lo que ya saben para evitar la desgracia.» Fue así que la comunicación solidaria entre los vecinos hizo posible que, al menos, unos 7 mil judíos migraran a Suecia para escapar al perverso plan de su liquidación.

Judy Glickman Lauder, quien retrató las escenas del rescate, cuenta con admiración que ciudadanos comunes hicieron lo extraordinario, lo que ningún otro país europeo logró para evitar la eliminación sistemática de inocentes. La conocida fotógrafa sostiene, en su libro “Más allá de las Sombras”, que la resistencia danesa representa una excepción a lo que Hilberg denominó las tres categorías de personas, durante el régimen nazi: los victimarios, las víctimas y los espectadores.  Aquel 29 de septiembre de 1943 se convirtió en una fecha memorable para Dinamarca, gracias a la advertencia del rabino Marcus Melchior y a la reacción responsable de la ciudadanía.

Para nosotros en México, septiembre también es un mes histórico porque el llamado de otro religioso, como el cura Hidalgo, la madrugada del 16 de septiembre, inició la lucha de la independencia que se consumaría el 27 del mismo mes, pero de 1921. Pero a más de 200 años, los mexicanos podemos preguntarnos cuál es la independencia que motiva nuestras fiestas y celebraciones. El elevado índice de desempleo y la extrema inseguridad, por citar dos indicadores, son tan lastimosos efectos como los provocados por la explotación de un imperio. La impunidad judicial que, en complicidad con los delincuentes, los deja actuar libremente, también deja al descubierto lo poco que nos queda por festejar.

Después de un histórico proceso electoral, en una peculiar coyuntura de narcoviolencia y crimen organizado, ¿qué papel estamos desempeñando los ciudadanos de a pie? ¿Estamos sólo destinados a ser víctimas de los malhechores? ¿Vamos a sumarnos a los corruptores o nos quedaremos sólo como indiferentes espectadores? ¿A caso hemos asumido cómodamente que la independencia es sinónimo de indiferencia? Perderse en las pantallas, refugiarse en el entretenimiento de las plataformas y los espectáculos, ¿no es a caso otra forma de narcotizar nuestra conciencia? ¿Por qué empeñarse en maquillar una triste realidad que para cambiarla, más bien, hemos de afrontarla solidariamente y no negarla, buscando cada quién sus propias soluciones? Centrar la atención en la “casa de los famosos”, mientras volteamos la cara a lo dolor de la gente anónima es una falsa y temporal salida que tarde o temprano se revelará como una auténtica trampa, como emboscada de nuestra libertad.

Mientras unos “buscan” huir del peligro que representa nuestra vulnerada paz social, otros nos dan ejemplo de cómo “buscar” enfrentar al poder de los malhechores. Las resistencias inteligentes y pacíficas no solo son cosa del pasado y de otras latitudes. Aquí mismo, en nuestro país y en nuestros días, ante la alarmante cifra de más cien mil desaparecidos, las “madres buscadoras” son lección y ejemplo para todos. Frente a los llamados “cinco poderes” de nuestro tiempo y dentro de las tres categorías de ciudadanos de Hilberg, las “madres buscadoras” pertenecen a esa “cuarta categoría” de ciudadanos que se rehúsan a ser víctimas quejosas y demandantes. También se niegan a creer en el absurdo de que para acabar con la violencia hay que “matar a los asesinos.” No, para ellas la solución no consiste en permanecer víctimas ni en volverse victimarios, pero tampoco en ser ingenuos e indiferentes espectadores.

Después de dos siglos de la gesta de independencia, no podemos cruzarnos de brazos ante la desgracia ajena. Hay que superar la globalización de la indiferencia, como dice el Papa Francisco. Como las madres buscadoras, a “pico y pala”,pero sobre todo con voluntad solidaria, hay que ser intransigentes en buscar como sí es posible sortear la dificultad y dispar la oscuridad de cualquier inhumana dependencia. La “indiferencia” es la mayor amenaza de nuestra “independencia.”

Rector de la Universidad Pontificia de México

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