En el año de 2019, la ONU aprobó una resolución para celebrar, cada 22 de agosto, el día internacional de las víctimas de la violencia por motivos religiosos. Sin embargo, una tal conmemoración parece completamente extraña a nuestra moderna sociedad “secular” que, desde los tiempos de Hegel, Nietzsche y Dostoievski, declaró la “muerte de Dios”. Si “Dios ha muerto”, por qué habrían de seguir persiguiéndose y matándose entre sí quienes, habiéndole dado sepultura, alzaron luego, la bandera de la mutua “tolerancia” como valor sagrado de nuestra cultura global.
Lo cierto es que, en la historia de la “civilización” humana, las llamadas “guerras de religión” no sólo tienen qué ver con la guerra de “los ochenta años” y la posterior de “los treinta años”, verificadas entre 1568 y 1648. Antes de estas fechas, muchos otros crueles conflictos han sido penosamente protagonizados por las tres grandes religiones monoteístas: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Más lamentablemente aún es el hecho de que los enfrentamientos sanguinarios por diferencias confesionales se hayan prolongado hasta nuestros días.
Según datos estadísticos, al menos, unos trescientos millones de cristianos son actualmente perseguidos y desplazados. Pero incluso, entre los mismos cristianos se han dado dolorosas luchas, no sólo en Oriente medio y Europa del Este. También en nuestro país, el estado de Chiapas, por ejemplo, ha sido escenario de lamentables pugnas fratricidas que han sido provocadas con el pretexto de las diferencias entre las confesiones cristianas.
Justamente, el 22 de agosto de 2022, en el marco del Día Internacional de las víctimas de la Violencia por motivos de religión, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) «recordó la tragedia que, en los años setenta, padecieron más de 30 mil indígenas tsotsiles, quienes fueron expulsados del municipio de San Juan Chamula, sólo por su pertenencia a confesiones distintas a la religiosidad tradicionalista.»
Esta triste y larga historia de violencia religiosa, que ha causado la muerte de muchas víctimas inocentes, es la que finalmente, ha provocado también la “muerte de Dios”. El anti testimonio que representan las divisiones y guerras entre los creyentes ha puesto bajo sospecha la existencia de un Dios bondadoso, creador de todos. Después de tantas y frecuentes guerras de religión, no resulta extraño que el “secularismo” sea la notable característica de una sociedad en la que muchos se preguntan: ¿Para qué anhelar un “cielo” tan alejado de esta tierra o vivir horrorizados por la amenaza de un futuro castigo en el infierno, si aquí y ahora no vivimos en paz? ¿Por qué, más bien, no darle a la paz, una oportunidad?
“Give peace a chance” (Darle a la paz una oportunidad) fue precisamente el nombre de la canción con la que, en 1969, el famoso músico británico John Lennon, preludiaba aquella otra aparecida, en 1971, con el título de “Imagine”.«Imagina que no hay cielo», dice la letra de la primera estrofa, y luego continua, «ni infierno bajo nosotros, ni tampoco religión, nada por lo que matar o morir» (“nothing to kill or die for and no religion too”).
Pero, si los creyentes no podemos “imaginar” un mundo sin religión, en cambio, quienes no creen pueden pensar que la religión es producto de la “pura imaginación” humana; más aún, de una imaginación no precisamente sana, sino patológica. De hecho, Richard Dawkins, conocido como “el rey de los ateos”, suscribe ampliamente el parecer del escritor y filósofo estadounidense Robert M. Pirisg, quien afirma, sin titubeos, que «cuando una persona sufre alucinaciones se llama “locura”; pero cuando muchas personas padecen alucinaciones se llama “religión.”»
A esta mordaz crítica se suma la fina ironía con la que el escritor portugués, Jose Saramago, premio Nobel de literatura, argumenta: «Si le dijera a un cristiano o a un musulmán que en el universo hay más de 400.000 millones de galaxias y que cada una de ellas contiene más de 400.000 millones de estrellas, y que Dios, sea Alá u otro, no podría haber hecho esto, me responderían indignados que, para Dios, sea Alá, sea otro, nada es imposible. Excepto, añadiría yo, por lo visto, establecer la paz y conciliar a la más desgraciada de las especies animales que dice haber nacido de su voluntad (y a su semejanza), la especie humana, precisamente.»
Para los creyentes, es muy sano dejarnos confrontar por quienes, a causa de nuestra incoherencia, ponen en tela de juicio nuestra fe en Dios y nos tachan de fanáticos. Sin embargo, ante dichas acusaciones, no cabe como respuesta el simplismo de afirmar que lo más importante es amar sin importar la religión que cada cual profese. Ciertamente, todas las confesiones religiosas, como las personas mismas que las sostienen, deben ser absolutamente respetadas. Las personas van siempre respetadas, los argumentos pueden ser discutidos, precisamente para no justificar el odio homicida. Como bien decía el emperador bizantino, Manuel II Paleólogo, citado por Benedicto XVI, en su discurso de la Universidad de Ratisbona (2006): « La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. “Dios no se complace con la sangre; no actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios.” »
