HAMBRE Y SED DE DIOS

Mi nombre es Alejandro Guadalupe Jiménez Arias, tengo 42 años y 15 años de haber sido ordenado presbítero. Durante 7 años he ejercido mi ministerio en la Parroquia Juan Pablo II en García N.L.

Agradezco la oportunidad de compartir mi experiencia vocacional en el contexto del año jubilar sacerdotal al que nos ha convocado Don Rogelio Cabrera López, arzobispo de Monterrey.

En el año de 1992 participé, junto a otros jóvenes del proceso vocacional, en las misiones de Semana Santa en el pueblo de Los Garzas, Agualeguas, N.L. El miércoles de esa semana, lo recuerdo bien, nos invitó una señora a comer unas albóndigas de papa con atún, sopa de arroz y una limonada bien helada. Mientras degustábamos esos alimentos, ella se dirigió a nosotros con las siguientes palabras: “Muchachos: que bueno que ustedes vinieron a visitarnos y a compartirnos la Palabra de Dios ya que nuestro sacerdote difícilmente puede venir con frecuencia a celebrarnos la Misa y aquí hay mucha gente hambrienta y sedienta de Dios”.

A mí me llamaron mucho la atención sus palabras, tanto que, cuando por la noche uno de los seminaristas que nos acompañaba, hoy monseñor Alfonso Miranda, nos preguntó en la evaluación, qué fue lo más significativo que habíamos vivido en el día, yo respondí: – Las palabras de la señora que nos invitó a comer: “Aquí hay mucha gente hambrienta y sedienta de Dios”. – Y por qué te llamaron la atención sus palabras, me dijo el seminarista. – Porque no entiendo cómo es eso de que la gente tiene hambre y sed de Dios. A lo cual me respondió: – La gente necesita la gracia de Dios, su Palabra y la Eucaristía que dan fuerza para la vida. – ¿Y cómo puedo ayudar a saciar su hambre y sed de Dios? le pregunté. – Siendo sacerdote, me respondió. -cuando escuché esas palabras sentí un calor en mi corazón y cómo si Dios mismo me lo estuviera diciendo. Eran como las 10:00 de la noche.

A lo largo del tiempo que Dios me ha permitido servirle en las distintas comunidades me he encontrado mucha gente con hambre y sed de Dios manifestada al menos de tres formas:
1. Hambre de espiritualidad: de conectar con algo o Alguien que les dé la fuerza interior para afrontar la vida, encontrar paz y libertad; necesidad de sentir a Dios cercano, nutrir el alma, entrar en contacto con lo sagrado como una experiencia sensible, espiritual y con implicación con su vida.
2. Hambre de ser sanados: muchos se sienten heridos, maltratados y rotos, necesitados de sanación no solo física, sino también emocional y espiritual, de tal manera que buscan espacios y experiencias donde se sienten amados, perdonados, donde sea escuchada su voz y legitimado su ser, pensar y sentir.
3. Hambre de pertenencia: de ser uno con Dios, consigo mismos, con los demás y con su entorno. De pertenecer a un grupo humano, a una comunidad eclesial donde se comparta la vida con la confianza de ser acogidos e incluidos con respeto para vivir fraternalmente como Jesús nos propone.

Una cosa que ha enriquecido mi ministerio es interactuar con personas que me han compartido una visión más amplia de la vida, de Dios, de la religión, incluso de cómo ven el sacerdocio. He tenido la oportunidad de expandir mi ministerio a través de disciplinas y aprendizajes a través de las cuales puedo servir de una manera más efectiva a las personas dándole un valor agregado a mi ministerio como facilitador de desarrollo humano, coach ontológico, acompañante espiritual, aclarador de panoramas y pregonero del perdón, siento que todo ello ha sumado para bien del pueblo de Dios que se me ha confiado y me han dado la oportunidad de crecer y aprender a ser humano.

Confío que Él me siga acompañando e inspirando para seguir sirviendo con alegría y entrega generosa. Convoco a los jóvenes a que conozcan a Jesús de Nazaret y descubran cómo su estilo de vida y su proyecto del Reino inspiran nuestro ser y orientan nuestras acciones para realizarnos plenamente en el diario vivir.

Pbro. Alejandro G. Jiménez Arias
Párroco de Juan Pablo II, en García.


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