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FRUTO DE LA ORACIÓN DE LA IGLESIA

Siempre es importante, cuando se toma una decisión muy grande, mirar hacia atrás para reflexionar acerca del pasado. Y no para quedarnos ahí, sino para fijar metas hacia el futuro. Hoy, que me encuentro de pie, delante de una gracia que me sobrepasa, como lo es el diaconado, me doy cuenta que Dios es quien en verdad llama y que en su infinita misericordia no nos deja abandonados, al contrario, camina con nosotros, acompañándonos por este camino.

Me doy cuenta de que no soy solo yo quien se presenta con una opción por delante, sino que soy también el fruto de la oración de la Iglesia y eso, lejos de enorgullecerme, me interpela a corresponder al llamado que Dios me hace con mayor responsabilidad y dedicación. Y es que desde que uno opta por este camino se adentra en un misterio en el que la mayor parte es la gracia del Señor, manifestada por el Espíritu, otra parte, como ya lo dije, es la oración de los fieles y la otra, no por menos importante, el esfuerzo y la pequeñez del joven seminarista.

Si me preguntan, ¿Cómo es que te sentiste llamado a seguir al Señor en esta vocación? Puedo responder que en lo ordinario de la vida, ¿Cómo lo descubrí? gracias a las personas y circunstancias que había a mi alrededor y también gracias a mi familia que siempre han sido soporte y garantía del mismo llamado.   

Yo provengo de la comunidad parroquial de Santa Filomena en la colonia la Alianza en Monterrey, mi historia vocacional como tal, la descubrí ahí. En aquel tiempo, 2009-2010, era una comunidad en construcción. Y con  ella mi vocación también se iba construyendo, se iba formando. Pasaba grandes lapsos de tiempo dedicándolos al servicio de la comunidad, entre los grupos de adolescentes, la catequesis infantil, la liturgia, creía que me faltaba mucho por aprender, mi entusiasmo por las cosas del Señor iba en aumento. Los Juegos, risas, convivencias, compartir la vida con amigos que sentían lo mismo que yo fue marcando mi corazón y el de ellos también. Tuve, gracias a Él, demasiadas personas que me presentaban a Jesús como un amigo y que de una u otra manera me proponían el camino que había de seguir. Entre eso y la misma evolución parroquial, me daba cuenta que quería estar del lado de los que presentan a Jesús como compañero del camino, comencé a pensar en la falta de sacerdotes en la Iglesia y a mí cortado edad de 14 años, ya estaba con la idea de que ser sacerdote es lo que me faltaba. Surgieron preguntas, el cómo, dónde, por qué. Todas esas las he ido respondiendo una vez que entré al seminario en el año 2010.

El día de hoy, a 11 años de esa decisión, me encuentro frente a un Ministerio más grande que yo, un Ministerio que uno no merece, un Ministerio que le pertenece a la Iglesia y que Dios lo distribuye en quienes llama. El diaconado, como saben es el orden que en su totalidad se le confían los tres tesoros más preciados de la Iglesia: el Pan de la Eucaristía, el Pan de la palabra y los pobres. ¿Cómo me siento ante esto? En primer lugar, pequeño, consciente de mis debilidades y por otro lado, confiado. Confiado por la oración y aprecio que tiene la Iglesia por nosotros que seremos ordenados, y confiado en que Dios es siempre fiel y vendrá en ayuda nuestra.

Soy consciente de que este Ministerio no lo recibo por ser yo, sino lo recibo como regalo para la Iglesia, que tanto ha pedido por sacerdotes Santos. Y ante esto, también conozco la exigencia de esa petición. Pide por un servidor para ser el diácono, futuro sacerdote que el pueblo de Dios merece, no uno más, sino un gran Santo diácono, futuro Santo sacerdote.

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