No puedo dejar de hablar sobre una imagen que circuló en redes sociales el pasado 19 de abril, en la que un soldado israelí, golpeaba directamente, con un grande y pesado mazo, el rostro de Jesús crucificado, de una figura de cuerpo entero clavado en una cruz de madera, que había sido derribada del centro de un jardín de una casa familiar cristiana en el sur del Líbano, y que ahora yacía inerme sobre la tierra y las piedras. Imagen que muy triste y dolorosamente nos recuerda el mismo hecho sucedido hace más de 2000 años.
El sentimiento fue tan impactante que, apenas me di cuenta de la foto, la pasé tan rápidamente como pude, sin apenas mirarla, por el shock y el estremecimiento inmenso que me causó. Inmediatamente el pensamiento que me vino a la mente fue el de: una vez más Cristo en la Cruz, con los brazos abiertos, es golpeado brutalmente por un soldado del mismo pueblo, 2000 años después.
Pero por encima de este hecho, lo que más me duele, no son los golpes escandalosos e infames de ese soldado, sino los propios golpes que yo le sigo infringiendo a mi amado Jesús.
Quiera Dios que algún día, judíos, musulmanes y cristianos, alcancemos la paz, y podamos vivir unidos como hermanos que somos, hijos de un mismo Padre Dios.
+Alfonso G. Miranda Guardiola