Este 24 de diciembre se cumple un año de la apertura de la puerta santa de la Basílica de san Pedro. Con este gesto, el Papa Francisco inauguró el «año jubilar de la esperanza» que concluirá ya el próximo 6 de enero. La «esperanza» es el nombre y tema del gran jubileo porque la bula para su convocatoria lleva precisamente, como título, la afirmación paulina «Spes non confundit» (la esperanza no defrauda: Rom. 5,5). En este documento, el pontífice pedía que, al inicio de este tiempo de gracia, los obispos celebraran una eucaristía, en sus catedrales, y que anunciaran al pueblo de Dios, la «indulgencia jubilar». Y luego, más adelante, en el n. 21 aclara uno de los más importantes motivos para buscar esta indulgencia:
«La indulgencia jubilar, en virtud de la oración, está destinada en particular a los que nos han precedido, para que obtengan plena misericordia, dado que el mal realizado necesita ser purificado para permitirnos el paso definitivo al amor de Dios. En razón de ello, se comprende la necesidad de rezar por quienes han finalizado su camino terrenal; solidarizándose con ellos, mediante la intercesión orante que encuentra su propia eficacia en la comunión de los santos que nos une con Cristo.»
La exhortación papal a la oración por los difuntos confirma así, lo que el concilio de Trento ya había enseñado sobre el purgatorio y las indulgencias, con base en la doctrina sancionada por el segundo concilio de Lyon (1274) y por Florencia (1439). En la sesión XXV del 3 y 4 de diciembre de 1563, los obispos conciliares aprobaron un decreto sobre el purgatorio y otro sobre las indulgencias. En el primero, sostuvieron la necesidad de satisfacer, en este mundo o en el purgatorio, a causa de la culpa y de la pena, merecida por los pecados cometidos después del bautismo. Pero además, declararon que las almas, en el purgatorio, pueden ser ayudadas eficazmente por los sufragios de los fieles. Y precisamente, en el segundo decreto, aunque condenaron el abusivo comercio de las indulgencias, ratificaron su uso como necesario y saludable, e implícitamente reivindicaron también su beneficio, como eficaz sufragio, en favor de la salvación de los difuntos.
Pero no obstante que después de haber condenado la venta de las indulgencias denunciada por Lutero, Trento legitimó su práctica como necesaria y saludable, en nuestro tiempo, no parece fácil superar la imagen del purgatorio como un lugar en el que se “pagaría” con la pena de un fuego purificador lo que no se pudo saldar en esta vida. Pero, si con un lenguaje menos simbólico, se entendiera, en cambio, el purgatorio como aquella intensa experiencia en la que el alma es aquilatada por el amor de Dios, ¿cómo se podría conciliar esta descripción del purgatorio con la enseñanza de una indulgencia que, como sufragio, conseguiría eficazmente la liberación de este estado? ¿Cómo entender la necesidad de ganar indulgencias en favor de los difuntos sin que una tal eficacia parezca ser el efecto instantáneo de un ritual mágico?
Para responder a estas inquietudes habría que percatarse que, más allá de las imágenes, lo que está en juego en la enseñanza católica sobre el purgatorio y las indulgencias es la coherencia entre las verdades de la fe con las verdades acerca de nuestra propia naturaleza humana. Si, desde un razonamiento antropológico, es completamente cierto que la vida y el desarrollo humano resulta, en absoluto, imposible sin la ayuda de los demás, también es totalmente cierto, desde la mirada de la fe que Dios no ha querido santificar y salvar al ser humano de una manera aislada, sin conexión de unos con otros, sino en la «comunión» de un único pueblo (cf. LG. 9).
Por tanto, el razonamiento sobre el esencial carácter social de la naturaleza humana encuentra su eco y su culmen en la fe católica sobre la «comunión de los santos». Y que esto sea así, es algo que se puede apreciar en el hecho de que la íntima conexión entre los seres humanos se realiza a través de gestos y palabras que materialmente hacen posible comunicar a una persona aquella misteriosa realidad que hay en el interior de otra. Gestos y palabras no sólo expresan una información o un contenido lógico, sino ante todo, son la expresión de la singular identidad de una persona. Es esta comunicación de amor y afecto personal la que hace posible la auténtica vida humana.
Todos somos conscientes, por ejemplo, del impacto que tienen en nuestra auto estima y salud emocional, las palabras de aprecio o desprecio que lo demás nos dirigen. Pero, aún antes de nacer y del uso consciente de la razón, investigaciones actuales han constatado que los bebés, en el vientre materno, son capaces de percibir y reaccionar ante la voz y el tacto de personas externas. Si creyéramos que pensar y desear el bien de los demás sería algo indiferente e innecesario, entonces no tendría sentido que manifestáramos nuestros deseos de bienestar para otros.
La fuerza y el poder de las palabras se retratan en la curación del ciego Bartimeo, a quien Jesús no habló directamente, sino por medio de quienes lo rodeaban. Y el pobre invidente, de un salto se puso de pie para ir al encuentro del Maestro y llenarse de dicha en su visión, cuando los acompañantes del Nazareno, le dijeron: «ánimo, levántate, él te llama» (10, 49). Se podrá, entonces imaginar cómo unos ojos, habituados a la oscuridad, no pudieron, primero, no ser cegados y lastimados por la intensidad de la luz que brilló ante él, para después permitirle ver. Por eso, volviendo al lenguaje místico de las imágenes, ahora que, este 14 de diciembre, celebramos a san Juan de la Cruz cabe recordar dos de sus bellos poemas: «Noche obscura del alma» y «Llama de amor viva». Se trata de dos bellas rimas que expresan la experiencia purgativa del alma, que después de la iluminación, alcanza la visión beatífica y la anhelada unión con Dios.
