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Historia de Mons. Alfonso MirandaArtículos

EL PROFETA DEL PUEBLO

En uno de esos barrios conflictivos que no faltan en nuestros pueblos, y en plena junta de papás de niños del catecismo, los feligreses le reclamaban airosamente al nuevo párroco, el por qué había cambiado las formas en que la Iglesia había trabajado durante tantos años. Y le  insultaban y lo amenazaban por las rigurosas reglas que ahora estaba imponiendo en la Iglesia, para que los párvulos recibieran los sacramentos: qué escándalo, tres años de clases en lugar de uno; traer a los niños a misa los domingos; recibir pláticas de formación los papás y padrinos; encargarse de vender un talonario de la rifa pro remodelación del viejo templo; ah!, y por si fuera poco, encargarse de las enchiladas en la kermesse (habrase visto); a lo que el joven Cura sin inmutarse y gallardamente les contestó: a ver a ver queridos papás, escuchen bien lo que les voy a decir: si yo como sacerdote la riego, el 100 % de sus reclamos son para mi porque me atonté y me equivoqué, y los merezco; pero, si yo cumplo con lo que marca la Iglesia y que me pide mi obispo, y yo les digo y ustedes no me hacen caso, el 25 % de sus insultos son para mí, que los recibo con gusto, el 25 % son para mi querido obispo que no supo a dónde ni con quién me mandaba; peeero el otro 50 %, esos sí son para Dios, y ahí con Él se arreglan. 

Con esto que dijo, los ánimos caldeados de los papás que tanto reclamaban poco a poco se fueron amainando, todos fueron cediendo y luego ya más tranquilos se despidieron. No faltaron incluso algunos que hasta una carnita asada le ofrecieron. 

Y así se extendió la fama de este valiente cura hasta que se hizo viejo, que defendiendo su rifa y las enchiladas, salvó su pellejo.    

+Alfonso G. Miranda Guardiola 

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