(Cf. Mc. 16, 1-7; Jn.20, 1-9)
En este 2024, el “domingo de pascua” coincide con el último día del mes de abril. Sin embargo, para la tradición cristiana, el domingo es el primer día de la semana, no sólo porque sucede al sábado que es el séptimo y último día en el cómputo hebreo. Más bien, para los cristianos, el domingo es el día primero porque en él se cumple la promesa de Cristo: “Al tercer día, resucitaré” (Mt.17,23; Mc.9,31) y ese tercer día es el día primero al que designamos con el nombre latino de “dominicus” que viene de la expresión “Dies Domini”, es decir, el “día del Señor”.
Efectivamente, tanto en el evangelio de san Marcos (16, 1-7), proclamado en la noche de la vigilia pascual, como en el evangelio de san Juan (20,1-9), leído en el domingo de pascua, se nos cuenta igualmente que «pasado el sábado, «primer día de la semana«» las piadosas mujeres, que seguían a Jesús, fueron al sepulcro muy de madrugada para ungir el cuerpo de Jesús, pero sólo encontraron removida la piedra que cubría el sepulcro. «Él no estaba ahí, entre los muertos» (Mc.16,6; Lc.24,6). Y desde entonces, junto con las mujeres y los apóstoles, la Iglesia entera viene anunciando el testimonio de aquél primer día; un día que nos debe hacer pensar, no sólo en nuestro día final, el de nuestra muerte, sino en cada día de nuestra vida.
Pensemos en tantos “primeros días” de nuestras vidas, como aquél en el que nacimos y fue, por ello, el primero de la historia de nuestra existencia. Pero después de ese primer día siguieron muchos otros, como el primer día en que tomamos alimento sólido, el primer día en que caminamos, el primer día en que hablamos. Un primer día es siempre un día especial porque se trata de ese momento marcado por la diferencia entre un antes y un después.
Pero lamentablemente, al paso del tiempo, el “día primero” puede perder su primacía para convertirse, luego, en un día como cualquier otro, uno de tantos; el segundo, el tercero y otro más en una enfadada serie de días porque ha perdido ya su novedad. Y es así como del primer día en que aprendimos a leer pasamos a la rutina de estudiar; del primer día de trabajo pasamos a la monotonía del quehacer; del primer día en que conocimos a la persona amada, la amiga, el hijo, la hermana, el cónyuge, pasamos luego, al tedio de la relación. El trato con los padres, entre los esposos, con los demás familiares, los compañeros de trabajo o de estudio y otros conocidos se va volviendo un “pesado deber” que, como una gran lapida funeraria, nos parece imposible «remover» (cf. Mc. 16,3).
Rendidos ante el agobio de una relación que ha muerto, dejamos sepultado el entusiasmo, las ganas por una mejor convivencia. El vacío y el silencio de la tumba se vuelven cotidianos; el otro ya «no está aquí» (cf. Mc 16,6) porque ya no lo vemos, no le hablamos, ni lo sentimos, lo hemos perdido. La persona a nuestro lado, está como muerta porque no parece aquella que conocimos, un primer día; aunque, a decir verdad, nuestro amor de aquel primer día por esa persona, también ha ya desaparecido (cf. Ap. 2,4)
Y es así, como nuestra vida se convierte en un camino al sepulcro (cf. Mc.16,2) y la muerte nos alcanza mientras todavía respiramos, y todo se convierte en una aburrida obligación, incluso la religión, el precepto dominical y hasta el mismo descanso en casa. Cuando la monotonía hiede necesitamos embalsamar la vida, aceitarla con ungüentos para aliviar los dolores; y todo esto lo hacemos, como intentando momificar y preservar los fugaces encantos de su belleza. Cuando el otro apesta como un cadáver, necesitamos «preparar perfumes» para mitigar su intolerable presencia (cf. Mc.16,1). Desde que amanecemos, una mortal tristeza eclipsa el brillo nuevo de cada día. No extraña por ello que las estadísticas estimen que cerca de un 90 % de las personas no tengan motivo para levantarse cada mañana.
Pero Cristo se ha levantado del sepulcro, y la oscuridad de cada amanecer promete la novedad de otro día; un día iluminado por la claridad de una fe que hace siempre memoria de la Palabra de Vida y olvida, en cambio, el peso del pasado. Si nos levanta la fe, no hay ya motivo para olvidar al otro como se olvida a los caídos en el cementerio. Si creemos y confiamos no hay razón para dejar al prójimo sepultado bajo la tierra de sus miserias. ¿Por qué dejarnos envolver sólo por el luto de un pasado doloroso?
¿Por qué «asustarnos» ante los vacíos que tantas pérdidas van dejando en nuestro interior? (Cf. Mc.16,6) ¿No podríamos descubrir ahí, en esos vacíos interiores, la luz de un nuevo día, el renacer de otra vida? Desde el vacío interno que sepulta nuestra esperanza, una voz nos interpela a tener el coraje de no creer muerto al que está vivo entre nosotros (cf. Lc.24, 5). De la monótona y mortal vida de todos los días se puede pasar a vida que se hace plena al compartir. Hagamos de cada mañana un domingo, un primer día que comience siempre en Cristo, el Principio por el que todo fue hecho (Jn. 1,1). ¡Muy feliz y provechosa Pascua!
