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EL PODER DE DIOS

Domingo de Ramos

“No temas, hija de Sión, mira que tu Rey viene montado en pollino de asna. Él destruirá los carros de Efraín y los cabellos de Jerusalén; romperá el arco del combate y él proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar y desde el río hasta los confines de la tierra.” Zac 9,9-10.

En un mundo, en el que los seres humanos luchan por imponer su voluntad unos sobre otros como ejercicio de su poder, Jesús llega a Jerusalén sin poder mundano, sino como Príncipe de paz. En las puertas de la Ciudad, lo reciben pocas personas, en medio de la muchedumbre congregada para las fiestas de la pascua judía. Sólo quienes lo habían escuchado predicar, quienes habían sido testigos de su amor y cómo intervenía en la vida de las personas que le abrían su corazón, sólo ellas tomaron las ramas de palma y los ramos de olivo, símbolos de la vida y de la paz del Mesías esperado.

No fue una entrada triunfal en la que el héroe camina en medio de porras y canciones, levantando una trofeo, con música marcial de fondo, no fue un desfile para mostrar armamento ni una fiesta de festejo por un triunfo. Fue el cumplimiento de una profecía, aquella que anunciaba el poder del Mesías, montado en un pollino de asna, sin arcos, sin lanzas, sin carros ni caballos.

Jesús lleva a Jerusalén como hombre plenamente libre. Su triunfo fue sobre las tentaciones del demonio. Llega habiendo librado noblemente el combate espiritual: no renunció ni intercambió la misión que el Padre le encomendó, no la devaluó ni la vendió… Jesús es el Hijo de Dios, plenamente libre, Señor de sí mismo, protagonista de la propia historia, sin ceder al placer, al dominio sobre los demás, a la seducción de los valores de este mundo. Ha combatido el buen combate, ha resultado vencedor. Pero, como enseña a sus discípulos, “no quieran gozar de que los demonios se postren ante ustedes; alégrense porque sus nombres están escritos en el cielo” (Lc 10,20), la misión no era “sólo” vencer las tentaciones y sentirse triunfador, la misión era mostrar “todo” el Amor de Dios hacia los seres humanos. Jesús llega a la hora de Jerusalén plenamente libre.

La hora de Jerusalén es llevar a término la misión encomendada. Tal vez, si el ser humano hubiera acogido al Hijo de Dios con todo su corazón, la obra de la redención se hubiera realizado por la donación de Jesús en su Espíritu de Amor a todos los corazones, pero los hombres no lo reconocimos ni lo recibimos (Jn 1,10-11). La manifestación del Amor de Dios implicó para Jesús tener que entregar la propia vida a la voluntad de los hombres para hacer resplandecer el poder de Dios, la redención obrada por Cristo implicó renunciar a la imposición de la propia voluntad para que brillara la voluntad de Dios: que todos conociéramos la Verdad, fuéramos bautizados al Amor, viviéramos en Libertad de los hijos de Dios, llevando al prudencia, la templanza, la fortaleza y la justicia humanas a su perfección por la fe, la esperanza y la caridad. Jesús realiza la obra redentora renunciando al poder de este mundo y entregándose al poder de los hombres signado por el pecado y cuya victoria es la muerte del mismo hombre, para vencer al pecado, a la muerte y a su autor por la fuerza del Amor Divino. Pero la condición para todo esto era que permaneciera libre, sin mancha, en su camino por el mundo.

Jesús llega a Jerusalén habiendo obedecido en todo al Padre, libre para entregar su vida a la muerte y vencerla por la fuerza del Amor de Dios. Nos invita también a nosotros a recorrer la vida, realizando el buen combate de la fe contra las tentaciones de este mundo. El fruto del buen combate es la libertad. ¿Recuerdas a tu papá, tu mamá, tus abuelitos o alguien que te estimara cuando te decía “pórtate bien”? Ese “pórtate bien” guarda detrás de sí, el deseo de que mantengas tu libertad, que fue ganada por Cristo derramando su sangre y resucitando de entre los muertos. “Portarse bien” es todo un combate, es el combate de la fe, cuyo fruto es la libertad de los hijos de Dios, es la condición para perseverar en el amor, es la posibilidad de poder amar con todo el corazón, con toda el alma, con toda tu mente, amar a Dios y al prójimo al extremo de ti mismo. Cristo nos ha alcanzado la libertad para amar, para amar como Él nos amó, por su entrega al Amor del Padre.

Jesús entra a Jerusalén como hombre totalmente libre, habiendo vencido en el combate espiritual las tentaciones del demonio. Llega libre para realizar la redención de todos, libre para abrirnos las puertas del Reino de los cielos, libre para vencer a la muerte, al pecado y a su autor, libre para amar al extremo, libre para llamarnos a la alegría perfecta, libre para recorrer el camino de la Cruz, libre para resucitar, libre para derramar sobre todos el Espíritu de su Amor. Por ello levantamos nuestros ramos, ramos de palma, símbolo de su sangre derramada, ramos de olivo, símbolos de la paz mesiánica; levantamos nuestros ramos aprendiendo de Él a caminar en un burrito, sin arco, sin flecha, sin carros ni caballos, sin deseos de poder de este mundo, sólo con el deseo de ser sus libres, fieles y entregados discípulos.

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