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Historia de Mons. Alfonso MirandaArtículos

El infiltrado

Regresábamos a Nueva Rosita y Piedras Negras, de un viaje que hicimos a Saltillo, para celebrar la misa exequial de la mamá de un querido sacerdote nuestro. Como a eso de las 5 de la tarde, de ese 13 de mayo, llegamos a un retén que está al inicio del municipio de Progreso, circulando por la carretera 57. Ahí, con su mano, nos hace un alto un joven soldado bien uniformado de la Guardia Nacional, por lo que nos detuvimos y abrimos la ventana del coche, 

– ¿Quién viene? 

– Venimos tres personas, una laica, un sacerdote y un obispo. 

– Así con que son de la Iglesia, – enarcó las cejas, y nos habló con tono amenazante. 

– Así es señor, – volvió a contestar ahora un poco nervioso, el sacerdote que venía manejando. 

– Pues vamos a ver si es cierto…  

Se acercó a la ventanilla y con mucho aplomo, nos espetó en la cara: 

– A ver, ¿cuál es el objetivo de su religión y de todas las demás religiones? 

– Ahí le hablan jefe, me dijo el despavorido padre conductor.  

En eso, me le quedo viendo a los ojos al soldado y le respondo sin titubear: 

– La salvación.  

– No señor, más abajito, aquí en la tierra, – empezó a doblar. 

– La felicidad, que sólo Jesús da, martilleo.

– Bueno, se las voy a dar por buena, – nos dice, como si apenas hubiéramos pasado el examen, – pueden irse… 

– Gracias joven, le contesta el aliviado padre, arrancando el coche.

– Yo fui seminarista… 

Lo alcanzamos a escuchar, y en eso el padre volvió a frenar, y se regresa.

– ¿Ah si? – Le pregunté. – Y ¿dónde estudiaste? 

– En el seminario de Guadalajara 

– Ah! Muy reconocido tu seminario. ¿Y terminaste? ¿Eres teólogo?  

– Bueno, sólo estuve 15 días.  

Suficientes para tener esos arrestos y preguntarnos con tanta osadía, sólo lo pensé, pero lo que sí le dije, fue: 

– ¿Le puedo decir algo? 

– Sí, adelante 

– Un amigo mío militar, me ha pedido que cuando vea a un soldado por las calles, cumpliendo con su deber, lo bendiga, porque ustedes arriesgan todos los días su vida por salvar las nuestras. Así que, si me lo permite, le daré mi bendición: que el Señor lo proteja y lo bendiga. 

– Gracias señor, realmente lo necesitamos mucho, Dios los bendiga a ustedes también. 

– ¿Y si lo invitamos al seminario? – Me dijo el sacerdote al volante, todavía impactado. 

– Él ya es soldado, sólo que de otro Regimiento… 

Alfonso G. Miranda Guardiola

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